La tradición que celebra a las madres parece un mosaico de las realidades que atraviesan a un México herido: la del abandono, la de la violencia, la de las que son celebradas un día y maltratadas los otros 364; la de las que reciben una flor, pero forman parte del porcentaje de madres sin prestaciones ni igualdad de sueldos; las que son vanagloriadas con fotos mientras justamente su maternidad les coloca en mayor riesgo de sufrir feminicidio; y otras tantas incongruencias de un sistema que romantiza la reproducción mientras castiga económica, social y laboralmente a quienes se han reproducido, imponiéndoles cargas de cuidados no reconocidos ni remunerados, así como brindándoles impunidad y obstáculos al buscar justicia o condiciones dignas de vida. También hay una realidad que se acerca a una interrogante de talla universal: ¿cómo se les llama a las madres que no son madres? ¿A las que maternan sin descendencia o a las que tienen descendencia, pero no pueden maternar?

Más allá si un día hace feliz a las madres, sería interesante repensar como sociedad cuantos días de la maternidad les permite a las mujeres sentir felicidad o la emoción más cercana a ella, que tal vez sea la tranquilidad. La maternidad es una institución que somete y lastima la salud emocional de muchas mujeres que se aventuran hacia ella creyendo en las anécdotas que prometen “la mejor experiencia de la vida”. No existe un espacio que se encuentre listo para la depresión de las madres o para su arrepentimiento, para el sinsabor de las pérdidas o para respetar a aquellas que deciden dar en adopción. En pleno siglo XXI, la expresión de la maternidad es su más agresiva mercantilización: vientres subrogados para cumplir “el sueño” de maternar, óvulos vendidos con cuerpos lastimados que se sometieron, por necesidad económica, a tratamientos invasivos para donar, la industria convincente que ofrece maternidades de película, los ansiolíticos y remedios para convencerse posteriormente y aceptar todos los días una sociedad que alienta la maternidad pero abandona a las madres. La salud mental de las madres es pretexto para quitarles a sus hijas e hijos, es pretexto para construir estigmas que impiden la contratación o la reconstrucción de la vida amorosa y también, la maternidad es el don al tiempo que es el martirio.

Maternar implica una exigencia diaria que las madres no-madres no pueden demostrar. Las que sí pueden, lo muestran y son juzgadas por ello: buenas o malas madres, dignas o indignas de la maternidad, se susurra en las comidas familiares o en los círculos escolares y de amistades.

Maternar implica, para la mexicanidad, un sacrificio que las madres no-madres tampoco pueden probar; ese sacrificio conlleva la despersonificación pura: Adriana ya no es Adriana, la mujer, sino la madre de Leonardo; María ya no es María, la mujer, sino la madre de Carla; el tiempo de Vanessa no es de Vanessa sino de la escuela o el doctor de sus hijos; el dinero de Laura no es para ella sino para las necesidades y recreación de sus menores. ¡Ay de aquella que se atreva a gastar en ella! Probablemente, sea criticada. Y si no gasta en su belleza, también lo será. Maternar es un camino directo a recibir críticas, algunas, de quienes maternan y otras de quienes no tienen idea. Las suegras juzgarán, pero algunas de las madres de las madres también. Que no se asusten, los hombres que no pueden maternar, lo harán y algunos de los grandes críticos serán esos mismos que no ejercen responsablemente su paternidad. Otras personas que no son madres seguramente lo harán. Aunque de eso sí, ni las que son no-madres se pueden salvar.

Hoy abrazo a las madres no-madres. A las que no cumplen con aquellos adjetivos impuestos para ser dignas de recibir alabanzas. A las arrepentidas, a las que decidieron no serlo, a las que son sin haberlo querido ser, a las que se los quitaron, a las que se les murieron, a las que los abortaron, a las que los dieron en adopción, a las que no son ni sumisas ni abnegadas, a las que se atrevieron a seguir con sus vidas, a las que no se sacrifican, a las que ponen límites, a las que cerraron la puerta de su casa a quienes las hieren, a las que están en prisión, a las que se reconstruyen y por si queda duda de quienes son las madres no-madres, son aquellas que han roto los mandamientos de la santidad que rodea a las que han parido, las que ya no se esfuerzan por ser perfectas ante los ojos juiciosos, las que están reclamando, las que han vivido violencia vicaria, a las que les han sustraído o desaparecido a los menores, las que son madres pero no pudieron maternar porque les arrebataron a sus hijos, las que los buscan, las que maternan con los brazos vacíos, las que se quedaron aquí sin saber mucho qué hacer en este día porque sus hijas o hijos ya han fallecido. Todas las que no están seguras de serlo, que por una temporada lo fueron y a las que son madres también, porque luchar y maternar en un país feminicida es de valientes, de completas y de dignas que no tendrían que ser sometidas bajo ningún escrutinio ni juicio.

Twitter: @ifridaita