Escribió ayer Carlos Loret de Mola en El Universal: “Ayer —es decir, antier— la presidenta (Claudia Sheinbaum) estalló contra uno de sus más leales: su secretario de Seguridad, Omar García Harfuch. Encima, lo hizo delante de un buen número de personas que reaccionaron asombradas. Varios de los ahí presentes me lo contaron, pidiendo el anonimato para no sufrir represalias”.
Estamos ante uno de dos problemas: (i) de códigos éticos elementales de cultura organizacional que no se respetan, o (ii) de ausencia total de ética periodística.
El regaño, real o inventado por Carlos Loret —o inventado por gente del gabinete presidencial que detesta a García Harfuch—, es lo de menos: todas las personas con cargos de responsabilidad de vez en cuando trapean las oficinas con sus asistentes, inclusive con quienes son más útiles, como podría ser el caso de Omar, quien disciplinado por naturaleza y herencia familiar, entonces, si acaso el incidente se dio, se aguantó sin quejarse de que lo dejaran como lazo de cochino. No habría sido la primera vez ni sería la última.
Si en las empresas no necesariamente es una mala práctica corporativa reprender, frente al resto del equipo, a alguien que pudo haber cometido un error, en un gobierno la reprimenda puede tener mucha utilidad.
Claro está, si lo que ha dicho Loret es verdad —que varias personas del equipo de Sheinbaum le contaron lo del regaño a García Harfuch, sea real o un invento—, entonces se trata de un problema, grave pero superable, de entorno de trabajo altamente contaminado por la politiquería, lo que resta eficacia a cualquier institución. Solución: despedir a quienes se dedican a enviar chismes a la prensa, como los anónimos funcionarios citados en recientes notas de dos diarios estadounidenses, The New York Times y The Wall Street Journal.
En el caso de figuras con responsabilidades sumamente complejas, como Sheinbaum o cualquier persona líder de Estado, los regaños solo frente a gente del gabinete, suelen ser estratégicos: para enviar el mensaje de ‘aquí mando yo y no permito errores ni que nadie se crea parido por los dioses’.
En la política de muy alto nivel nada es improvisado. Si es verdad que la presidenta decidió trapear el suelo con alguien tan visible como García Harfuch, lo más probable es que haya sido un mensaje para el resto del gabinete. Una advertencia a los chismosos, o a las chismosas: ‘Si a él, que es mi secretario estrella, lo corrijo así, imagínense a ustedes’.
En el futbol sería la tarjeta amarilla, la que saca el árbitro antes de la expulsión de un jugador que insiste en actuar violentamente.
En conclusión, lo más probable es que Loret haya mentido. Pero si no mintió y le contaron el chisme del regaño a García Harfuch varias personas muy cercanas a Sheinbaum, lo que sigue es la tarjeta roja para alguien.
La presidenta es muy inteligente; debe tener perfectamente identificado al mayor chismoso del gabinete, que en este caso podría ser un enemigo interno de García Harfuch, alguien celoso de la ya muy alta popularidad del secretario de Seguridad. La tarjeta de expulsión se convierte en una razón de Estado, sobre todo si, como pudiera ser el caso, el regaño ni existió ni lo inventó Loret, sino que alguien más difundió tal falsedad solo para lastimar el prestigio del policía que ha hecho correctamente su trabajo.
¿Si todo fue un invento de Loret? No sería la primera vez que él actuara tan inmoralmente, ni sería la última; de hecho, la mentira es su modus operandi.
Este problema de ausencia de ética periodística no tiene remedio. El colaborador de El Universal ha demostrado ser un gran embustero, y no cambiará: no podrá porque quienes le financian esperan de él, precisamente, que difunda las mayores patrañas contra la 4T que su imaginación perversa sea capaz de generar.
La misión de Loret es dañar a la presidenta Sheinbaum. No lo ha logrado porque ya aburrió con sus revelaciones que son puro cuento, y por eso la ultraderecha mexicana pretende ahora reemplazarlo con el nuevo sitio de internet de Pablo Hiriart en el que colaboran políticos de tres gabinetes, dos del PAN y uno del PRI —de Fox, Calderón y Peña Nieto—.
La tragedia para los grupos conservadores es que Hiriart y sus analistas nomás no han dado ninguna nota de relevancia, y no se ve cómo vaya eso a cambiar. Lo mejor que han publicado han sido artículos intelectuales de Aurelio Nuño, que muy poca gente leerá porque si bien tienen cierto rigor neoliberal, son muy aburridos.


