“Los caciques locales son los peores enemigos de la democracia, porque disfrazan la tiranía con ropajes de cercanía popular.”
Manuel Azaña, político y expresidente de la Segunda República Española
En México, la alternancia suele venderse como ruptura: cambian los colores, se reciclan las promesas, se estrenan consignas y se invoca, cada seis años, la palabra transformación. Pero en no pocos estados hay una realidad más resistente que cualquier discurso: familias que han convertido el poder público en patrimonio político. Tlaxcala es un ejemplo normalizado de esa continuidad.
El caso de Lorena Cuéllar Cisneros, actual gobernadora de la entidad, permite mirar de cerca un fenómeno nacional: élites locales que sobreviven a todos los partidos, se acomodan a todos los tiempos y terminan presentándose como novedad aunque representen una vieja forma de ejercer el poder.
Cuéllar no llegó a la política desde fuera del poder. Llegó desde una de las familias con mayor arraigo en Tlaxcala. Sus dos abuelos fueron gobernadores: por la rama materna, Joaquín Cisneros Molina; por la paterna, Crisanto Cuéllar Abaroa. Su bisabuelo, Crisanto Cuéllar Angulo,también fue diputado local.
No se trata apenas de una nota genealógica. Si en la política mexicana los apellidos pesan, en los estados se evidencia todavía más. En territorios donde las redes familiares, los compadrazgos y los grupos localesadministran cargos, presupuestos y lealtades, el apellido funciona como llave y carta de presentación. La propia Cuéllar ha reconocido que se inició en la política dentro de su familia. En 1992 se afilió al PRI y, ese mismo año, su tío Joaquín Cisneros Fernández, entonces presidente municipal de Tlaxcala, la incorporó al gobierno municipal como presidenta del DIF.
Priista
Durante dos décadas construyó su carrera bajo las siglas del PRI: fue diputada local, presidenta municipal de Tlaxcala y coordinadora de la bancada priista en el Congreso estatal. Es decir, no fue una figura marginal del viejo régimen: fue parte de él. Pero el episodio que mejor retrata la lógica de este cacicazgo ocurrió en 2012, cuando la disputa por una candidatura exhibió que, detrás de las siglas, también se libran pleitos de familia.
Cuéllar ya había intentado ser candidata del PRI a la gubernatura en 2010, pero el partido postuló a Mariano González Zarur. Dos años después volvió a topar con la disciplina priista: buscó la candidatura al Senado, pero el PRI optó por su tío Joaquín Cisneros Fernández y por Anabell Ávalos. La puerta se cerró por dentro.
Entonces ocurrió la ruptura. Cuéllar renunció al PRI y fue postulada por el PRD al Senado. Ganó la elección con 32.23% de los votos, mientras su tío obtuvo 23.8%. Después se sumó a la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador. Su salida del PRI no ocurrió por una súbita conversión ideológica ni por una ruptura doctrinaria con el sistema que la formó, sino después de que el partido no la favoreció en una candidatura que buscaba. A partir de entonces cambió el recorrido partidista: PRD, Morena y, finalmente, la gubernatura en 2021.
Por eso vale la pena cuestionar no sólo a Tlaxcala, sino a buena parte del país: ¿qué cambia realmente cuando se eligen otras siglas partidistas, pero permanece intacta la misma estructura familiar?
La respuesta está en la trayectoria del poder local. Un estudio académico sobre las élites gobernantes de Tlaxcala sostiene que las alternancias partidistas no necesariamente desplazan a las familias políticas: los grupos de poder pueden cambiar de bandera y conservar su influencia. Cuéllar es la tercera integrante de su familia en ocupar la gubernatura.
Nepotismo
Diversas investigaciones han señalado el nepotismo característico de los grupos caciquiles que gobiernan, así como la presencia de familiares de Cuéllar en posiciones relevantes de la administración estatal. Entre los casos mencionados figuran sus hijas Mariana y Fernanda Espinosa de los Monteros Cuéllar, su cuñado Fabricio Mena Rodríguez y su ahijado Luis Antonio Ramírez Hernández. La designación de familiares y personas cercanas no es un detalle menor: implica influencia sobre áreas con presupuestos importantes y decisiones públicas que deberían estar blindadas frente a intereses de clan.
Los cuestionamientos a su gestión, similares a acusaciones que se han vuelto recurrentes contra algunos gobiernos de Morena, también alcanzaron a Tlaxcala. Algunas investigaciones nacionales han difundido señalamientos contra la gobernadora, incluidas acusaciones sobrepresuntos inmuebles en Miami y supuestos vínculos con recursos de origen ilícito.
También se le ha señalado por una presunta relación con redes de lavado de dinero y robo de combustible, conocido como huachicol, con base en supuestos testimonios en Estados Unidos. En ese contexto, vale la pena mencionar la cercanía de la mandataria con Adán Augusto López Hernández, con quien compartió historia en el PRI y también en el Senado. Tampoco debe olvidarse el nombramiento de Ricardo Peralta Saucedocomo representante del gobierno de Tlaxcala, quien ha sido mencionado en múltiples ocasiones por sus presuntos vínculos en la trama del huachicol fiscal.
Y aunque una acusación no es una sentencia, en una democracia sana tampoco se pueden despachar los señalamientos con silencio, propaganda o descalificación automática. La pregunta que esas acusaciones vuelven a colocar sobre la mesa es inevitable: ¿hasta dónde llega el poder de una familia cuando sus integrantes, allegados y descendientes aparecen sucesivamente vinculados con la estructura pública? Y otra más: ¿qué tan real es una transformación que reproduce viejos mecanismos de control local y complicidades permanentes?
Cuéllar llegó a Morena después de construir su carrera durante dos décadas dentro del PRI. El partido cambió; el apellido permaneció. Cambió el discurso; permanecieron las redes. Cambiaron las siglas; la familia siguió teniendo presencia. Esa es, quizá, la mejor síntesis del poder local mexicano: no siempre desaparece, sólo aprende a hablar el lenguaje del partido dominante.
Familia, al fin
La suya es la historia de cómo una estructura política familiar puede sobrevivir a la alternancia y adaptarse a los nuevos tiempos. Morena prometió barrer con los privilegios del viejo régimen, pero en casos como éste terminó abriéndoles la puerta a dinastías de caciques locales que encontraron en la llamada transformación una nueva etiqueta para una vieja práctica.
Y cuando el poder pasa del abuelo a la nieta y después comienza a extenderse hacia hijos, hermanos, cuñados, ahijados y allegados, la pregunta deja de ser de qué partido es el gobierno. La pregunta verdadera es quién manda, para quién gobierna y a quién le rinde cuentas.
Porque, en una democracia, el poder no debería heredarse ni administrarse como patrimonio familiar.



