No cabe duda que Marcelo Ebrard Casaubón es quien está marcando los tiempos preelectorales.

Por un lado, el oficialismo ha monopolizado al espectáculo de la sucesión presidencial. Por el otro, quien ha asumido el rol protagónico en este breve drama ha sido el ex canciller.

En primer lugar, Ebrard Casaubón logró que la dinámica previa a la elección del candidato oficialista a la presidencia se realice con base a los lineamientos planteados por el equipo de la cancillería.

Esto ocasionó que todos los aspirantes a la candidatura presidencial oficialista saliesen de su zona de confort.

Asimismo, el que Marcelo haya dictado las reglas del juego sucesorio le ha permitido anticiparse a sus contrincantes.

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Ahora bien, yo insisto en que todo esto se trata de un teatro, de una obra dirigida desde Palacio Nacional. Nada de lo que sucede en el terreno del oficialismo pasa desapercibido o sin que se autorice previamente por el presidente de la república.

Es por ello que se infiere que este protagonismo de Ebrard debe ser parte de la estrategia para legitimar la eventual candidatura de la jefa de gobierno de la Ciudad de México.

Para mí no hay duda. Si Marcelo Ebrard estuviese promoviéndose genuinamente para ser el candidato oficial a la titularidad del ejecutivo federal, estaría haciendo las cosas diametralmente distintas.

A Marcelo no le sienta nada bien la imitación. Replicar a Andrés Manuel lo hace ver ridículo. Y lo sabe. Pero se pondera a la zalamería por encima de todo. Él y su equipo saben que su fuerza radica justamente en que al ex canciller no se le identifica con el lopezobradorismo.

No digo que el otrora secretario de relaciones exteriores no sea cercano a López Obrador. Eso es un hecho. A lo que me refiero, es que Marcelo no es lopezobradorista, no encaja dentro del movimiento, dentro de las bases.

El vamos requete bien; el aludir a la ficción de la transformación; el insistir en la vinculación con AMLO, son ejemplos de que el equipo de Ebrard Casaubón se ha rendido. Están fortaleciendo al movimiento, abonando a la narrativa de la unidad.

Si Marcelo Ebrard realmente quisiera ser presidente, se mostraría como lo que es, y no como un lacayo del régimen obradorista.

Insisto: Ebrard no es lopezobradorista. Ahí están las imágenes de su renuncia a la cancillería, de su registro como ‘aspirante’. A Marcelo no lo acompañan los liderazgos del lopezobradorismo.

Porque Marcelo no es lopezobradorista. Forma parte del obradorato, que es distinto. Pero no es pejista. Por eso López Obrador no quiere que Ebrard Casaubón sea presidente. Lo considera fifí y tecnócrata.

Por eso seguramente ya se logró un acuerdo en Palacio Nacional respecto a una alternativa a la candidatura presidencial anhelada: la coordinación de la bancada de Morena en el Senado de la República.

Ebrard habría vendido caro su amor.

Twitter: @HECavazosA