El ocupante del cargo que ya prepara su coartada
Primero se declara víctima.
Después denuncia la conspiración.
Luego exige lealtad absoluta.
Así habla el poder cuando empieza a sentir que el suelo ya no es firme.
Donald Trump ha decidido advertir que, si su partido pierde la mayoría legislativa en 2028, intentarán destituirlo. Lo dijo antes de que exista derrota. Antes de que exista mayoría opositora. Antes de que exista proceso alguno.
No hay acusación formal.
No hay juicio abierto.
No hay cargos nuevos.
Pero ya hay persecución.
Llorar antes del golpe no es fragilidad. Es ingeniería política preventiva.
Se inocula en la base la idea de que cualquier derrota será traición.
Se advierte a los legisladores que disentir equivaldrá a colaborar con el enemigo.
Se prepara el terreno para convertir la fiscalización en vendetta.
No es emoción. Es cálculo.
Y el cálculo se vuelve más intenso cuando los índices de aprobación muestran desgaste. Cuando la popularidad se erosiona, el dramatismo se multiplica. Cuando el margen se estrecha, el enemigo se vuelve más cruel en el relato.
No es casualidad.
En política, el discurso de asedio suele crecer cuando la certeza electoral disminuye.
La advertencia tiene tres destinatarios claros:
A su base: sin mayoría, me destruyen.
A sus congresistas: sin disciplina, me entregan.
A sus adversarios: si actúan, confirmarán mi narrativa.
Es un movimiento circular: si pierde, es persecución; si investigan, es revancha; si lo cuestionan, es conspiración.
Mientras tanto, el aparato migratorio endurece el tono y multiplica operativos. El mensaje simbólico es contundente: autoridad hacia afuera, victimización hacia adentro.
Fuerza en la escena. Vulnerabilidad en el discurso.
Cuando un partido termina orbitando alrededor de la supervivencia personal de quien ocupa el cargo, deja de ser estructura institucional y se convierte en blindaje. La lealtad deja de ser ideológica y pasa a ser personal.
Ahí está la mutación.
No hace falta exagerar etiquetas. Basta observar patrones:
Personalización extrema del poder.
Narrativa permanente de enemigo interno.
Persecución anticipada como argumento defensivo.
Disciplina basada en supervivencia compartida.
Quien se sabe sólido no necesita advertir su martirio con tres años de anticipación.
Quien gobierna con confianza no condiciona la estabilidad nacional a la preservación de su propia mayoría legislativa.
Cuando el ocupante del cargo sugiere que solo un Congreso favorable puede salvarlo, no está describiendo un escenario político.
Está delineando un escudo.
Y cuando gobernar se transforma en estrategia de autoprotección, la república deja de ser proyecto colectivo.
Se convierte en instrumento de supervivencia.
El poder que teme rendir cuentas no se fortalece.
Se encierra.
Y cuando el miedo se instala en la oficina más alta, deja de ser emoción.
Se convierte en método.
Y cuando el método es el miedo, la democracia deja de ser garantía y pasa a ser obstáculo.
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