REFUTACIONES POLÍTICAS
En la Atenas del siglo V a.C., los sofistas cobraban cuantiosas sumas por una mercancía muy precisa: la técnica de hacer que el argumento más débil pareciera el más fuerte. No buscaban la verdad objetiva ni la justicia intrínseca de la Polis; enseñaban a las élites a adueñarse del lenguaje para blindar sus privilegios en la asamblea. Cuatro décadas de modelo neoliberal en México produjeron su propia camada de sofistas: una casta letrada y tecnocrática que, bajo el ropaje de la ciencia económica, el análisis económico del Derecho, la neutralidad institucional y la defensa del Estado no interventor, operó como el clero ideológico de la oligarquía.
Durante generaciones, este mandarinato construyó una sofisticada ilusión óptica. Figuras encumbradas en las páginas de Vuelta, Letras Libres y Nexos, arropadas por el catecismo econométrico del ITAM y el financiamiento discrecional del presupuesto público, convencieron a buena parte de la sociedad de que no existía alternativa. La privatización de los bienes comunes, el desmantelamiento de la soberanía energética, la precarización del salario y la entrega de los recursos estratégicos al capital transnacional no eran -nos repetían- decisiones políticas de despojo, sino mandatos ineludibles de la modernidad. Quien osara cuestionar el dogma del libre mercado autorregulado era descalificado como un anacrónico, un irracional o un resentido social.
El sofisma supremo de esta élite fue presentarse como librepensadores e independientes. Jamás lo fueron; funcionaron como los intelectuales orgánicos más disciplinados y rentables del gran capital. Mientras el Estado salinista y sus sucesores desmantelaban el pacto social de la Constitución de 1917, estos sacerdotes de la palabra legitimaban las reformas estructurales a cambio de jugosos convenios de publicidad oficial, fideicomisos culturales a modo, agregadurías diplomáticas y asesorías multimillonarias. La pluma aplaudía al poder financiero mientras la mano cobraba de la tesorería pública.
La pérdida de sus prebendas presupuestales y la ruptura de su hegemonía en el debate público desnudaron su verdadera naturaleza clasista. Expulsados de las oficinas gubernamentales donde cogobernaban mediante minutas y decretos, los sofistas mexicanos no se replegaron a la reflexión crítica; montaron una trinchera de resistencia aristocrática. Cuando las mayorías decidieron en las urnas cambiar el rumbo del país, la “democracia” -que ellos reducen a un mero trámite electoral procedimental- se convirtió de pronto en una “tiranía de las masas”.
Hoy, su discurso se atrinchera en el último reducto del viejo régimen: el fetichismo jurídico y la tecnocracia judicial. Como los viejos rétores que utilizaban el nomos -la convención artificial- para sofocar la soberanía popular, nuestros sofistas defienden a los órganos autónomos no electos y a las togas judiciales como los templos sagrados de una legalidad diseñada expresamente para atar de manos al pueblo y blindar las concesiones del capital.
Se dicen guardianes de la civilización y la libertad, pero no defienden a la República: defienden la mesa donde antes comían solos. Los sofistas mexicanos han quedado reducidos a lo que siempre fueron: mercenarios de la elocuencia que alquilaron su talento para vestir de racionalidad el saqueo colectivo. La historia, impiadosa con los prestidigitadores verbales, ya les ha tomado la medida.
https://rubenislas.com



