La política mexicana siempre ha tenido una vena teatral. Desde los discursos grandilocuentes del siglo XX hasta las liturgias partidistas del presidencialismo hegemónico, el poder en México ha sabido montar escena. Pero hay una diferencia sustancial entre la teatralidad simbólica del poder y la banalización del cargo público. Hoy, esa frontera parece difuminarse peligrosamente.

La llamada Cuarta Transformación se presentó como una ruptura ética. No solo una alternancia en el gobierno, sino una regeneración moral. Se prometió desterrar la frivolidad, el amiguismo, la simulación y los excesos que caracterizaron al viejo régimen priista. La narrativa fue que el poder debía ejercerse con austeridad, con congruencia y con vocación de servicio.

Sin embargo, los símbolos importan. Y si los símbolos se contaminan, la narrativa se resquebraja.

El espectáculo ha comenzado a invadir espacios que deberían resguardarse con sobriedad republicana. Sergio Mayer con licencia para ir a La Casa de los Famosos… al menos no intentó votar a distancia y conectarse virtualmente a las sesiones. Tal vez, la ausencia de asesores le pareció imposible de manejar.

La presencia de figuras cuya trayectoria oscila entre la popularidad mediática y la política improvisada reabre una pregunta que parece nunca morir: ¿es la transformación un proyecto ético o una plataforma electoral ampliada y banal en la que todo cabe?

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Cuauhtémoc Blanco encarna una paradoja. Ídolo deportivo convertido en figura política, su paso por el gobierno de Morelos estuvo rodeado de señalamientos, cuestionamientos sobre resultados y críticas a su equipo cercano. Machismo, abuso sexual, falta de justicia y el amparo del fuero respaldado por sus congéneres y compañeras.

Más allá de simpatías personales, el análisis obliga a preguntar si su permanencia en el movimiento responde a una evaluación de desempeño o a cálculos de rentabilidad electoral.

El caso de Sergio Mayer resulta igualmente ilustrativo. Actor, productor y legislador, representa esa hibridación entre espectáculo y representación que la 4T prometió superar. No se trata de descalificar trayectorias artísticas pues la política es plural por definición y muestra de ello es Zelenski, presentador y comediante que preside Ucrania, sino de cuestionar si la selección de perfiles responde a criterios de capacidad técnica y vocación pública o a capital de popularidad. Y si esa popularidad realmente se traduce en votos o solo es más y más banalidad.

Y luego están los episodios que, aunque parezcan menores, revelan fisuras estructurales imperdonables.

El desconcierto simbólico en torno a la figura de Diego Rivera, su alianza con el CJNG, la extorsión, desvío de nómina al narco y apología criminal en Tequila no es solo una anécdota cultural sino que es un síntoma de descuido institucional y las acusaciones que pesan contra su sucesora son igual de preocupantes.

Todo en nombre de AMLO. Cuando los referentes históricos se manipulan sin rigor, cuando los actos públicos carecen de curaduría política, el mensaje que se transmite es de improvisación.

Cada error individual pesa el doble cuando se gobierna bajo una bandera moral. Porque el estándar no lo impone la oposición, lo impone el propio discurso fundacional del movimiento.

La presidenta y su equipo enfrentan una tarea compleja consistente en consolidar gobernabilidad en un entorno polarizado y exigente. Pero esa tarea se vuelve más difícil cuando perfiles controvertidos o decisiones frívolas erosionan la autoridad ética del proyecto. La política no se sostiene solo en mayorías, también se sostiene en legitimidad. Personajes como Mayer, Rivera, Cuauhtémoc y otros innombrables manchan los esfuerzos del equipo presidencial y también su legado.

La pregunta clave no es si estos personajes tienen derecho a participar en la vida pública porque obviamente habrá quienes se identifiquen con ellos y el derecho lo tienen, como cualquier ciudadano, sino si representan el espíritu de una transformación que prometió elevar el nivel del debate, profesionalizar la función pública y separar el poder del espectáculo.

El viejo PRI no sobrevive únicamente en estructuras partidistas, sobrevive en prácticas. En la genética del priista que se lleva dentro. En la lógica de cuotas, en la flexibilidad ideológica para sumar figuras populares contradictorias, en la tolerancia a más contradicciones mientras el resultado electoral sea favorable. Cuando esas prácticas reaparecen bajo nuevos colores, el cambio se vuelve más estético que estructural.

México no necesita pureza moral absoluta, pero sí coherencia mínima. Necesita saber que el poder no es una extensión del entretenimiento, que el cargo no es trampolín mediático y que la representación no se confunde con fama.

¿Por qué siguen impulsando este tipo de perfiles? ¿Por qué siguen ahí? ¿Por qué seguir dando candidaturas a los que prefieren los shows de televisión que el máximo honor de representar al pueblo?

Las respuestas que se exigen no son personales ni anecdóticas. Son institucionales. Si la política se convierte en espectáculo, la ciudadanía termina siendo audiencia y no la que decide, solo la espectadora entretenida audiencia y eso es ofensivo. Una democracia madura no puede permitirse reducir a sus ciudadanos a espectadores.

Las respuestas que nos deben no son solo sobre nombres propios. Son sobre el tipo de país que se está construyendo.