Los niños y las niñas no pertenecen al asfalto ni al frío de las banquetas, nos pertenecen como sociedad, como presente y como promesa de futuro. Cada vez que pasamos de largo frente a una pequeña mirada que busca refugio entre los autos, permitimos que la indiferencia levante un muro donde debería haber un puente.

Es doloroso aceptar que millones de infancias enfrentan hoy una realidad que les arrebata el derecho a ser niños y niñas. La calle no debería ser un hogar, ni el hambre una compañera de juegos. Cuando un niño o una niña vive a la intemperie, se vulneran en cascada sus derechos más básicos: el acceso a una educación que le abra puertas, la seguridad económica que le brinde estabilidad, el tejido social que lo sostenga, el derecho a la salud y el calor familiar que le dé identidad.

El gobierno tiene la obligación ineludible de hacerse responsable. No basta con la caridad momentánea, se requieren políticas públicas integrales que garanticen sus derechos de forma permanente. Es urgente que el Estado castigue con firmeza a quienes los tienen en situación de calle y a quienes lucran con su vulnerabilidad. La omisión también es una forma de violencia.

La calle no cría, la calle solo impone la sobrevivencia. Hoy, el llamado es a la reflexión, pero sobre todo a la acción exigente. No podemos llamar “progreso” a un mundo donde un niño o una niña duerme sobre cartones y/o trabaja en lugar de disfrutar su niñez.

Urge hacer un pacto inquebrantable sociedad y gobierno en el que juntas y juntos impulsemos un entorno donde ningún niño, ninguna niña tenga que pedir permiso para soñar, porque su único lugar seguro debe ser el abrazo de una sociedad que los protege y el respaldo de un Estado que les cumple.