La presidenta Claudia Sheinbaum empieza a leer los nuevos signos del país, que configuran ese “nuevo mensaje” que el país le manda a ella y a su gobierno, indiscutiblemente.
Acudió la mandataria a una gira de trabajo por sendos estados fronterizos, como Baja California primero -y luego iría a Sonora-, tras haber pasado el umbral de una crisis diplomática de baja intensidad con el gobierno de nuestro vecino del norte, los Estados Unidos de América, que insiste en ‘ajustar’ detalles de la forma en que opera este gobierno nacional, temas neurálgicos de nuestra propia agenda nacional, como la seguridad interior, el crimen organizado, el narcotráfico y hasta nuestra política exterior, específicamente para el caso de la hermana República de Cuba, a la que estamos vinculados hasta por el propio cordón umbilical de la historia.
La realidad de este tiempo ha sorprendido a quien es -hay que reconocerlo- una valiente mujer y una política bien intencionada, comprometida con el reto que implica en estos álgidos días, vivir al frente de la administración de nuestro país.
La primera mujer en ocupar el más honroso cargo de la administración pública en México, enfrenta, sin el apoyo abrumador y generalizado de su propio grupo político en el poder, además de un problema coyuntural derivado de la crisis del narcotráfico y la violencia, infiltrada en todos los sectores de la sociedad mexicana incluido el actual gobierno, le hace frente a la negligencia, la impericia, el marasmo, el descuido, la soberbia y la ambición desmedida de todos aquellos individuos oportunistas que obtuvieron “boleto ganador” en la tómbola del reparto del poder al que arribó Morena desde el pasado 2018, el movimiento hegemónico que llevó a Sheinbaum y antes a López Obrador a la cima y que, no han podido volver de la embriaguez del poder que llega a todo aquel individuo que no luchó conscientemente por obtenerlo, para concebirlo como un medio para obtener un fin, que en este caso, en teoría, se trataba de un fin justiciero, que consolidara la añeja y hermosa promesa de justicia social a quienes por muchas décadas lucharon por ella con ahínco, aunque sujetos a reglas rígidas del pasado, donde escaseaba la equidad y la igualdad de oportunidades, donde el favor dinástico se sobreponía al mérito y al talento de los que no tenían “apellido” o “recomendación”; en un pasado no muy lejano donde la pobreza y la ignorancia eran la principal motivación de grandes núcleos poblacionales de trabajadores migrantes que siempre buscaron una orientación hacia las entidades fronterizas del norte del país y hacia los Estados Unidos concretamente; en aquella que fue una diáspora permanente, hoy incluso inagotable; que se volvió la forma de vida de muchas familias y comunidades del sur del país, en estados como Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Puebla, Hidalgo, Veracruz, Zacatecas, Michoacán, Jalisco, Guanajuato, entre otras.
Lo que entristeció en una primera instancia a la presidenta Sheinbaum, al presenciar los gritos “rabiosos” e insultantes, muy seguramente fue la soberbia de algunos pseudolíderes de trabajadores migrantes del sur del país, asentados en ese gran valle de San Quintín a casi 200 kilómetros al sur del puerto de Ensenada y a 300 exactamente, de la principal puerta mexicana a territorio de los Estados Unidos de América: la zona metropolitana de Tijuana, Baja California.
Un sector este, el de los trabajadores agrícolas migrantes, que ha recibido condiciones para su desempeño eficaz y a la vez cómodo como pocos, con consideraciones destacadas, hay que decirlo; desde las administraciones priistas y panistas y, desde luego, en estas dos últimas administraciones federales morenistas.
A los trabajadores agrícolas migrantes se les traslada desde su lugar de origen en los Estados del sur del país, hasta los valles que son sus centros laborales: los del centro y norte de Sinaloa; el sur de Sonora; el sur de Baja California Sur (Todos Santos y Comondú), y al norte de Baja California en San Quintín.
Se les tiene suficientemente considerados en los términos de todas sus prestaciones de ley e incluso, entre los empresarios contratantes, hay un notable afán por proveerles de educación a los hijos y a los trabajadores mismos, vivienda digna, salud y esparcimiento.
Sin embargo, la cultura ancestral de estos hermanos mexicanos, se opone a seguir un hilo congruente que los conduzca a un bienestar más alcanzable y que les provea una vida más saludable, higiénica y hasta más segura.
Los meses que duran instalados en los caseríos para trabajadores en los diferentes valles del noroeste del país, gastan cantidades excesivas en alcohol, lo que propicia que los fines de semana, las “convivencias y festejos”, culminen en pleitos donde hay lesionados y muertos por pleitos a ‘machetazos’ y con armas de fuego. El C5 de Culiacán, por ejemplo, da cuenta de múltiples llamadas por crisis de esta naturaleza a partir del sábado por la tarde y a lo largo de todo el domingo, por lo que hay enviar los servicios de emergencia y atención hasta los campos de Villa Juárez y Eldorado, puntos lejanos a la capital de Sinaloa.
Es del dominio público también, que los padres llevan a los hijos menores de edad consigo, para obligar a los patrones a contratar la mano de obra infantil, lo que en un principio de esa relación contractual fue visto y aceptado por los empresarios agrícolas como una práctica admirable y propia de la cultura de los pueblos originarios de México; pero que paulatinamente, ante la negativa de los padres a que los menores se quedan en guarderías y escuelas primarias, evitando las arduas jornadas por el inclemente clima de esas zonas del país, pudo revelarse que el trasfondo del interés de los propios padres es que los menores perciban también el salario, para que abone a su “percepción familiar”, desafortunadamente no sea bien empleado el producto de ese trabajo tan arduo y tan sagrado.
A su regreso a sus poblaciones de origen, los trabajadores migrantes presumen a sus paisanos de “haber ido al norte a empoderarse”, y muestran la pistola escuadra que adquirieron y ahora la portan fajada en las fiestas del poblado.
También la grabadora compacta o el equipo de sonido que trajeron para el desahogo de sus “manifestaciones cívicas y culturales” del poblado en lo sucesivo.
Eso sin descontar a todos aquellos trabajadores que adquirieron los detestables hábitos de las adicciones a drogas y alcohol durante su estancia en el norte.
Pues este fin de semana, a la presidenta Sheinbaum, que realizaba una gira con una actitud paciente y hasta condescendiente, la encararon líderes y trabajadores migrantes del valle de San Quintín, reprochando obras inconclusas, promesas incumplidas de gobiernos locales y todo un sinfín de oportunos razonamientos -según ellos- propios de operadores padroneros, de políticos plazueleros y ávidos de reflectores.
Evidentemente, Claudia Sheinbaum fue cordial y amable con ellos, pero en el acto pudo identificar que este malestar que a ella le estalló, no es otra cosa más que producto de una descomunal desatención de parte de autoridades y, sobre todo, de legisladores morenistas, que son mayoría desde hace tiempo en Baja California.
Indudablemente, aquí estriba el coraje y el enfado, legítimo, hay que decirlo con todas sus letras, de la jefa de las instituciones en este país, pero, sobre todo, de la jefa nata del movimiento mayoritario que es gobierno en este país actualmente, Morena.
Y ya cuando tuvo a funcionarios estatales y municipales, y a diputados locales y regidores de Morena enfrente, a “cuarta y quemón” y, sobre todo, cuando empezaron a asumir estas actitudes pueriles, fifís patéticas, chiqueándose ante la presidenta y reprochándole porque no dio margen a una selfie con ellos; entonces se desató el regaño presidencial, con una furia contenida a todas luces.
Fue así como los remitió a trabajar más de cerca con la población; a no abandonar el terreno; en esa que es la fortaleza de este movimiento de izquierda de Regeneración Nacional, en lugar de buscar tomarse selfies y querer convertirse en una alta burocracia de escritorios y salones refrigerados.
Un genuino reclamo de una líder hacia su conglomerado, ¿qué no?...
Sobre todo, cuando la presidenta y la alta nomenclatura de su movimiento en el gobierno, empieza a detectar los “nuevos signos” que manda la población del país, el nuevo mensaje que envía al gobierno.
Hay, en estados como Baja California y muchos otros del país, un evidente descontento ciudadano con sus gobernadores y autoridades locales.
Es legítima la reacción de la presidenta Sheinbaum ante una verdad por demás incómoda: en esas instancias de poder local, la corrupción no solo persiste, sino que se ha profundizado.
Lo que está afectando de manera directa la credibilidad de Morena y separándola de su proyecto original, que dio origen y funcionalidad al mismo.
La gente está diciendo al Movimiento de Regeneración Nacional, “¡basta ya!” a la existencia de funcionarios protegidos y fuera del alcance de la ley, con desempeños opacos o poco transparentes.
Es genuino el reclamo ciudadano en todo el país, por un sistema que luche contra la corrupción que persiste hoy, está acreditada, al interior de muchos de los gobiernos de Morena; y que sea a través de un sistema profesional, imparcial, constante, ajeno a las ideologías y a las vendettas políticas, para que se revisen las cuentas bancarias y los patrimonios de quienes gobiernan.
Aunque también es puntual, hacer un contraste con lo que sucedió en la etapa inmediata posterior de la gira presidencial, en Sonora.
Donde la presidenta Sheinbaum encontró una entidad mas armónica, con un gobernador que ha hecho de la política una profesión y una vocación de servicio a lo largo de muchas décadas y que, si algo pudo encontrar en Sonora, es impulso y respaldo a la actividad productiva de la población de parte del gobierno local.
Ahí Claudia Sheinbaum estuvo a sus anchas. Escuchó y fue escuchada. Sonrió, aplaudió, brindó, degustó el sol de Guaymas y el de Bavispe, acariciaron su faz.
Con sus problemas, seguramente, aunque menores, Sonora presenta un rostro de unidad, armonía y civilidad a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Porque los sonorenses conciben a la libertad y a la democracia, con todas sus dificultades e imperfecciones, como un sistema donde se debe aprender a convivir con los diferentes y a respetar sus formas y sus motivaciones.
En Sonora, nunca se ha necesitado de un muro para contener a sus naturales o de un sistema de promoción para migrar a otros confines. El sonorense se la juega en su tierra en su propio desierto, hasta hacerlo producir riqueza.
Y a la manera de ese bello poema español, musicalizado e intitulado en México como El barquero de Guaymas o La Barca de Guaymas, así volvió al Valle de México anteayer la presidenta Sheinbaum.
“[…] Alegre de Guaymas salió una mañana, llevando en su alma como ave piloto, su dulce esperanza…”.
Su genuina esperanza por la unidad de su movimiento y por llevar a buen puerto a este gran país, con todos sus problemas a cuestas.
Seguiremos con la gira presidencial por Sonora en la próxima entrega, Dios mediante.
Héctor Calderón Hallal en X: @pequenialdo; @CalderonHallal1



