Dejar tu marca en este mundo pareciera ser uno de los motores principales detrás del quehacer humano (especialmente el masculino me atrevo a diferenciar). Desde las guerras, los hitos arquitectónicos o la creación artística en general, se puede percibir con alarmante frecuencia este gatillo inicial, la intención de dejar una huella y no morir desconocido.

Es muy interesante especular qué cosas impactarán la historia. Por ejemplo, uno de los grandes gestores de arte en el mundo me comunicó la semana pasada en Basilea que su predicción es que casi todo lo digital va a desaparecer, y solo permanecerá para el futuro lo que está impreso en papel, por lo que se ha enfocado a crear y apoyar las bibliotecas a fin de perpetuar el conocimiento humano. Como es una persona del medio del arte, es comprensible su conclusión si se toma en cuenta que para exhibir una obra de arte de 1960 que incluya elementos electrónicos, es casi imposible hacerlo ya que, por ejemplo, los foquitos que el artista usó entonces ya no existen… ni hablar de las obras en un soporte digital. Yo tenía una obra del artista Mario García Torres en un floppy disc. Aunque la conservase con dedicación, con el paso del tiempo cada vez sería menos probable encontrar cómo reproducirla. Yo creo que, cuando menos en mi propia experiencia, el argumento de mi amigo suizo es muy válido. El envejecimiento de los medios digitales como soporte óptimo y longevo es cuestionable, mientras que los libros, pues sabemos que con seguridad al menos duran 1,500 años si se conservan con cariño.

Al día siguiente en una reunión en Zúrich con un editor mexicano, discutimos el impacto de la información en los lectores, y su diferenciación si el medio en el que se recibe es digital o impreso. El editor favoreció el impreso argumentando que lo puedes guardar, y revisitar, mientras que el digital muy frecuentemente es difícil de recuperar. Volver a encontrar algo, por ejemplo, un artículo que nos gustó, en el mar de información de internet, es un desafío que todos hemos vivido (y con gran frustración, debo añadir, ya que la promesa de la era digital es la contraria). Cómo no compararlo con el pasaje favorito de la Biblia, o la salsa favorita en el recetario de la abuela, que están garantizados en la misma página del conocido libro en el que podemos confiar.

Sí, como la noción de “dejar huella” es un motor importante en el quehacer humano, imaginar qué sobrevivirá el paso del tiempo es divertido y relevante. Pero, yo creo también que hay que continuar con el ejercicio y pasar a cuestionar el mecanismo desde su raíz. ¿Qué más da si la gente te recuerda o no si ya estás muerto? ¿De qué se trata este sistema? ¿De darle propósito a tu vida (desde tener algo por qué levantarte de la cama en la mañana, hasta sentir que el paso por esta vida fue fructífero y pudiste contribuir con algo a la humanidad)? ¿Que tu existencia “sirvió” de algo a alguien y no da igual que no hubieras nacido? ¿O se trata de que te respeten, quieran y admiren, hoy por supuesto, pero también extenderlo sin límites hasta después de muerto?

No hay respuesta satisfactoria a estas preguntas, y aunque la hubiera, tampoco explicaría en forma exhaustiva por qué alguien se levanta de la cama y decide pelear una guerra, o componer una ópera.

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Tal vez habría que repensar las preguntas. Yo disfruto mucho cuestionar las cosas desde la perspectiva monástica. En la vida monástica, se deja el mundo atrás, especialmente las aspiraciones de sobresalir. Pero eso no significa que renuncias a la idea de trascender. Lo que he visto en la última década que he estado inmersa en la vida monástica, es que la preocupación por “el impacto” es la inversa. Los monjes, creo que se preocupan más bien por las cosas que dejan huella en ti.

La famosa e incomprendida “clausura”, que pareciera aislar a las monjas del mundo dentro en un edificio, no es para nada una prisión. Al contrario, los muros del monasterio protegen y liberan a la monja del mundo exterior. Y aunque la libertad otorgada es tema para otro momento, este dato permite concebir que en un espacio en donde eres libre, la trascendencia es posible. Los muros te liberan del ruido, de la distracción, de las expectativas sociales, de las convenciones, de los compromisos y normas propias de la sociedad de cada época y cultura, etc. Es ahí donde es importante porque proteges tu esencia, tu existencia, tu ser.

Nada que no quieres te alcanza, y mucho menos te impacta. Y a partir de ese espacio libre y de paz puedes decidir las cosas que quieres que te impacten. En la vida monástica la oración, por ejemplo, tiene un papel protagónico. En la vida monástica se escoge “gastar” tu tiempo en rezar. Yo por ejemplo rezo alrededor de 5 horas por día. Y vaya que me impacta. Atiendo los rezos de los monjes Cistercienses de Neuzelle, en Alemania del este. Y escucho a los monjes orar los salmos y la misa con cantos gregorianos de 5:00 a 7:30 de la mañana. Después de dos horas y media de cantos gregorianos, salgo de la iglesia casi flotando, y me encuentro con un mundo que ni siquiera ha despertado.

Las oraciones comparten con la música su cualidad performativa. Tanto las oraciones como la música solo cobran vida cuando alguien toma el libro o la partitura y la canta, recita o toca. Esta es una gran virtud, me parece a mí, porque cada vez que se actúa, es un momento efímero único e irrepetible. Es un espejo que resalta lo fugaz de la vida misma, y desde la oración, el paso del tiempo toma sin duda otro significado. Es una entrega, de cada segundo de tu día, y por lo tanto de tu vida entera, de una belleza sublime… que te impacta con fuerza. Y ese golpe es el que abre un espacio para lo que trasciende, para lo que buscas, para Dios.

En la neurociencia han descubierto que los ritos repetidos reconfiguran el cerebro. Que los monjes se transforman, a través de la oración, inclusive en forma física y en la constitución del cerebro. Yo coincido con los neurocientíficos que lo que haces todos los días te modifica. Te afecta. Habría que preguntar qué haces en cada segundo de tu día y en qué forma te impacta en tu sicología y tu alma. Y sobre todo, ¿para qué lo haces? En la vida monástica el fin es muy claro, buscamos privilegiar nuestra relación con Dios y no dejar que nada nos distraiga o lo contamine. ¿Qué buscas tú? ¿Qué haces diario para procurarlo? Porque yo creo hay que pensar primero en lo que quieres y lo que te impacta, antes que pensar en cómo quieres impactar a los demás.

Sobre la autora:

La madre Stella Maris es una monja ermitaña diocesana regiomontana. Después de trabajar en arte contemporáneo como crítica y curadora casi 30 años, dejó su trabajo en Frieze Art Fair (Londres y N.Y.) y el Museo Tamayo en CDMX (en donde dirigía la FORT) y se mudó a Alemania del este en 2018. Vive sola en una granja que convirtió en su ermita, apoyando con su trabajo a un convento de monjes Cisterciences a fundar un nuevo claustro en Neuzelle. El nuevo monasterio en construcción fue diseñado por la arquitecta mexicana Tatiana Bilbao. Stella Maris creó y editó la revisa Celeste, asociada con Federico Arreola y después con Jorge Vergara. Como dueña de Editorial Celeste, Stella Maris publicó también la premiada revisa BabyBabyBaby entre muchas otras publicaciones.