Es frecuente que la idea de soberanía tienda a sujetarse a una visión proclive a constreñirse en la política exterior de los países y con el orden internacional. Ciertamente está vinculada a esos ámbitos, pero su esencia se encuentra en la política interior.
Debe recordarse que la soberanía acompaña el surgimiento del Estado, pues ella le dotó de la fuerza y legitimidad necesarias para prevalecer ante los feudos, corporaciones y el papado en el mundo que dejaba atrás la etapa feudal para proyectar al Estado moderno.
La soberanía concentró el poder en una instancia suprema, permitió la cohesión territorial, la articulación de la población y monopolizó la capacidad de represión o de la violencia física legítima. Tal diseño pasó por las monarquías absolutas, también en las de carácter constitucional, así como en la estructuración de los Estados republicanos y democráticos con los que hoy contamos. De una concepción que ubicó la soberanía en el monarca, evolucionó para ubicar su origen en el pueblo; en efecto la soberanía popular.
A través de los Estados soberanos, de su interacción, acuerdos y desacuerdos cobra su protagonismo el espacio internacional; pero la soberanía, en cuanto tal, se construye y consolida al interior de cada país; de ahí extrae su fortaleza o precipita su debilidad.
Dicho lo anterior podemos preguntarnos ¿dónde se origina la vulnerabilidad y fractura de la soberanía venezolana?, ¿por qué se debilitó la soberanía de ese país?.
Habrá de mencionarse que su deterioro se fraguó a partir del extravío de su régimen político y de su clara propensión a instaurar una dictadura. Las manifestaciones de ello fueron contundentes y variadas, entre ellas el autoexilio o migración de más de ocho millones de venezolanos que salieron de su país como repudio y hartazgo de lo que ahí sucedía.
No se pueden dejar de mencionar las elecciones del pasado julio de 2024 que exhibieron la conformación de un gobierno ilegítimo en tanto no pudo acreditar su triunfo en los comicios y que, por el contrario, dejó constancia a través de las actas reunidas y dadas a conocer en medios electrónicos del contundente éxito de quienes fueron sus adversarios.
¿De qué soberanía hablamos cuando proliferan las violaciones de los derechos humanos, la corrupción y la persecución a los críticos, disidentes y opositores en Venezuela?.
No es posible pedir que otros apuntalen la soberanía resquebrajada de un gobierno que se regodeó en sus excesos, abusos y en una propensión autoritaria que se tornó cada vez más aguda, caracterizándose por la ausencia del Estado de derecho, los abusos. El respeto a la soberanía venezolana no puede significar la connivencia, aceptación y respaldo a un gobierno con claro perfil autoritario.
Fortalecer la soberanía de cada país no es asunto de los demás sino de cada Estado, y tiene como eje fundamental la necesidad de garantizar y lograr la vigencia plena del Estado de derecho en el marco de los regímenes democráticos y republicanos.
¿Quién decía que la mejor política exterior es una buena política interior?. ¿En dónde estuvo, si es que algún lugar ocupó, la buena política interior venezolana?. Parece suficientemente claro que fue el propio gobierno de Maduro quien erosionó la soberanía venezolana.
Cierto, vivimos en medio de un marco internacional convulso en el cual se rompen viejos equilibrios, al tiempo que se pretenden edificar nuevas condiciones desde donde las grandes potencias buscan reubicarse, prevalecer y obtener ventajas. Esa dinámica pone en tensión a los organismos internacionales y a su capacidad de regulación. Como bien lo decía Reymond Aron: “Las relaciones internacionales se desarrollan a la sombra de la guerra”.
Dentro de esa complejidad compete a cada Estado luchar por el fortalecimiento de su soberanía, pues ello tiende a brindarles capacidad, respeto y autoridad para influir en las intrincadas relaciones internacionales y en los órganos y organismos que participan en ese ámbito.
Todo indica que nos encontramos en medio de una reconfiguración del llamado orden internacional y en él tenemos la necesidad de lograr, como ocurrió en otros tiempos, una presencia y participación que promueva nuestros intereses nacionales.
En ese contexto se nos habla y se nos llama a proteger la soberanía nacional, propósito este que resulta inobjetable; pero la pregunta es cómo habremos de lograr tal cometido. Algunos pretenden que es apoyando al gobierno, pero es aquí donde la fórmula no tiene una respuesta clara: ¿De qué forma debemos actuar para fortalecer la soberanía nacional?.
Cuáles son los factores que afectan y lastiman a nuestra soberanía; sin duda que la narcopolítica, la violencia, los desaparecidos, la corrupción, la opacidad en la gestión pública.
De hecho, no se ha tenido la capacidad para responder rotunda y categóricamente a los señalamientos que hemos recibido de forma abierta y pública por parte del gobierno de nuestro vecino del norte respecto de estar dirigidos y controlados por el narcotráfico.
¿Dónde se encuentra nuestra buena política interior como soporte de una política exterior solvente?. Arrastramos, por el contrario, el deterioro y desprestigio de buena parte de la clase política asociada al gobierno; los excesos que ella exhibe a la par de la renuncia gubernamental a corregir y penalizar los desvaríos nos colocan en el escándalo público y en la incredulidad.
¿Cómo fortalecer la soberanía en un contexto de altísimo endeudamiento, prácticamente nulo crecimiento económico y baja inversión en infraestructura?.¿Acaso se puede potenciar la soberanía nacional en el marco de un desplante populista y autoritario del gobierno?.
Nos descalifica la construcción artificial de una mayoría calificada en el congreso por parte del partido en el gobierno y de sus aliados, así como de su utilización para constituir una fuerza destinada a romper la división entre los poderes, edificar un hiperpresidencialismo, así como desaparecer los controles y contrapesos que representaban los organismos autónomos que fueron suprimidos.
Se debilita nuestra soberanía ante la inseguridad que campea, ante la persistencia de homicidios y de desaparecidos, con la extorsión a los negocios de todo tipo, especialmente a los pequeños y medianos.
Muestra un claro extravío nuestra menguada soberanía frente a un Estado de derecho débil en el cual prácticamente desaparece la institución del amparo y en donde se constituye un poder judicial descalificado y cooptado por el gobierno mediante un proceso viciado para integrarlo y con un presunto método democrático que fue un descaro de manipulación con la caricatura de los acordeones para elegir a los jueces, magistrados y ministros.
Con la finalidad de fortalecer nuestra soberanía se nos habla de respaldar las decisiones y posturas gubernamentales: ¿es en serio?. Estamos ya emplazados a una reforma electoral que, por primera vez en los últimos años, amenaza con restringir nuestra vida democrática, la pluralidad política, la representatividad abierta del congreso, la solidez del régimen de partidos, la solvencia de la organización y de la calificación de las elecciones.
Ante nuestros ojos se despliega un cambio de régimen, pero se trata de una mutación que camina por el lado del populismo y el autoritarismo y en una ruta que se afana en perpetuar el dominio del partido en el gobierno a través de reglas que lo favorezcan para regresar a un sistema hegemónico de partido.
El camino que recorremos en México tiene parecido con el que ha transitado Venezuela. Queda claro que no constituye una vía para fortalecer nuestra soberanía. Hemos vivido un proceso que se caracterizó por ir del autoritarismo a la democracia; ahora se trata de lo contrario: pasar de la democracia al autoritarismo.
Este es momento de dar un viraje para consolidar nuestro régimen político por la vía del constitucionalismo democrático, el régimen republicano, el desarrollo social con crecimiento económico, la fortaleza de las instituciones sociales de salud, educación, vivienda, las políticas medioambientales y de alimentación, el fortalecimiento del Estado de derecho, la consolidación de las libertades y del respeto a los derechos humanos.
De hacerlo así podremos consolidar nuestra soberanía; en caso contrario la estaremos dilapidando como hasta ahora ha ocurrido.




