En Amazon Prime Video vi la película The Human Stain o La mancha humana. No es muy buena. Pero una palabra, expresada por alguno de los personajes, me llamó la atención.

Doy el contexto. El viejo profesor de literatura que ha caído en desgracia (Anthony Hopkins), desea que alguien escriba su triste historia, y por tal motivo se acerca a un joven escritor (Gary Sinise).

Dialogan. El profesor le dice al escritor que la peripecia es algo que siempre alcanza a las personas. El otro responde, no recuerdo si en tono de pregunta o de afirmación —no cito las palabras textuales—: “Entonces ahí es donde entro yo”, es decir, el más joven de los dos será el narrador del inesperado cambio del destino o de la suerte del viejo que perdió su puesto en cierta universidad.

No es relevante el resto del filme, en el que participa también Nicole Kidman. Lo importante, reitero, es la peripecia: un concepto fundamental en el desarrollo de una obra literaria, especialmente en la tragedia.

Según entiendo la peripecia fue definida por Aristóteles como un cambio inesperado de los acontecimientos, en el que un personaje pasa del éxito a la desgracia. El giro repentino puede ser inverso —de la miseria a la felicidad—, pero esto no es lo normal en la buena literatura.

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El súbito infortunio de un personaje virtuoso suele generar simpatía en el público. Ocurrió en una tragedia real, la de Luis Donaldo Colosio. Casi 33 años después de su asesinato sigue siendo un hombre muy apreciado por la sociedad mexicana: su historia se sigue contando en términos positivos —lo hizo Denise Maerker en un reciente documental, hay una serie de Netflix donde su biografía es importantísima y sé de otro trabajo similar que realiza gente de España para HBO—.

Es explicable, entonces, la popularidad de Luis Donaldo hijo, quien, a pesar de su escaso amor por el trabajo político, en las encuestas está al nivel de figuras altamente populares del segundo piso de la 4T, como Omar García Harfuch y Marcelo Ebrard.

Un crimen reciente, el del alcalde Carlos Manzo, ha provocado cierta dosis de simpatía en la población, pero aún es temprano para evaluar si llegará a ser un referente nacional. Su viuda le sustituyó en la presidencia municipal de Uruapan, y hay grupos decididos a convertirla en bandera para ganar elecciones, la de Michoacán en 2027 y aun la presidencial de 2030. Veo difícil que tenga tal alcance, pero ya se verá. Quizá vale la pena una encuesta para medirla frente a Donaldo, García Harfuch y Marcelo.

Desde luego, la repentina desgracia de un personaje sin ética lo que con frecuencia consigue no es la solidaridad popular, sino lo opuesto: satisfacción por el hecho de que le vaya mal. Me parece que es el caso de Ricardo Salinas Pliego. La peripecia apareció cuando pasó de ser el empresario que se creía invencible en sus litigios contra el Estado, a estar ya muy cerca de que la autoridad tributaria le cobre muchos miles de millones de pesos, tantos que podría llegar a la quiebra.

En la historia de Salinas Pliego no solo la peripecia es un concepto importante, sino también otro que Aristóteles desarrolló, el de anagnórisis. Si el primero es un cambio brusco y radical en la suerte del personaje, el segundo es el tránsito de la ignorancia al conocimiento experimentado por el protagonista.

Salinas Pliego ha descubierto, demasiado tarde para él, que no era tan fuerte como para retar a quien lleva en su pecho la banda presidencial, Claudia Sheinbaum. La verdadera fuerza de esta mujer no radica en sus virtudes, que son muchas, ni en su innegable valentía personal. Su gran poder, logrado en las urnas de votación, está en que representa al Estado, “el más frío de todos los monstruos fríos”, por usar las palabras del filósofo Friedrich Nietzsche.

A ese monstruo en México, afortunadamente, lo controla una mujer convencida del ideal democrático y siempre decidida a ayudar a las personas más necesitadas de apoyo. Pero, por defensora de las libertades y por humanitaria que sea la presidenta Sheinbaum, el Estado tiene reglas y su propia lógica despiadada, y si se siente amenazado aplasta.

El dueño de TV Azteca y Elektra retó al Estado, y este respondió con la frialdad de los expedientes de los créditos fiscales del SAT y con sentencias de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, todavía más frías y duras.

Si en el pasado Salinas Pliego entendió que el Estado surgió con el único fin de mantenerse fuerte más allá de las vidas de las personas, él de pronto lo olvidó. Y fue precisamente por tan imprudente pérdida de la memoria que al empresario le cambió en forma tan brutal la suerte, algo que comprendió cuando ya era demasiado tarde, esto es, cuando perdió los juicios en todas las instancias.

Este hombre de negocios se consideraba indomable porque vivía rodeado no de gente capaz de hablarle con la verdad, sino de ecos que repetían sus obsesiones. Hoy ha comprendido que era solo un personaje no solo secundario, sino desechable en los anales del Estado mexicano.

No vio Salinas Pliego la película The Human Stain o no comprendió su mensaje: la peripecia siempre alcanza a las personas, de una manera particularmente espantosa a quienes creen ser superiores a todo.