“[…] explicó en una entrevista después de la carrera que había ganado gracias al consejo de su entrenador, un tal Guillermo de Ockham. ¿Por qué hacer las cosas complicadas cuando puedes hacerlas simples?”.

‘Sócrates en bicicleta’, de Guillaume Martin

Un hombre bastantísimamente rico, exseminarista —con formación en filosofía—, criticó en una reunión a la presidenta Claudia Sheinbaum con argumentos que, dijo, tomó de la Apología de Sócrates.

Dijo el exseminarista: “Para Sócrates la verdad no depende del número. Puede ser incómoda, minoritaria e incluso castigada, como en la 4T, pero no deja de ser verdad. El 70% de aprobación de Sheinbaum no significa que tenga razón, y de hecho normalmente se equivoca, como demuestra a diario el análisis de expertos en los medios. A Sheinbaum deberían asesorarla quienes sí saben, como Krauze y otros intelectuales. La mayoría que vota por la 4T es ignorante”.

El exseminarista no hablaba —yo tampoco— de tesis filosóficas, sino de proyectos actuales de gobierno. Por lo tanto, la analogía socrática —quizá válida para la inestable democracia ateniense de la época de Sócrates— no es aplicable a un sistema democrático consolidado como el de México.

El argumento de que la verdad no es cosa de mayorías funciona en la metafísica, pero es peligroso en política: apoya al autoritarismo. En una democracia, la legitimidad no emana de una verdad revelada o una sabiduría superior, sino del consenso social. Es plutocrático sugerir que quienes respaldan a la 4T no saben y que la verdad solo la poseen pocas personas, las de más dinero y sus intelectuales.

A Sócrates lo juzgó una democracia herida: Atenas, cuyo sistema se había vuelto oligárquico, se levantaba de la derrota militar. Cuando se condenó a Sócrates, la democracia intentaba restaurarse y, por lo tanto, estaba a la defensiva. Víctimas de la confusión, quienes sentenciaron al filósofo en la Atenas traumatizada pensaron, erróneamente, que era enemigo de la ciudad.

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En el México de hoy, la mayoría no es una masa confundida, sino un cuerpo político que ejerce su derecho a definir su propia realidad. Claudia Sheinbaum opera desde el poder institucional logrado en las urnas de votaciones. Con las armas de la ley —diga lo que diga la comentocracia— la 4T controla por decisión mayoritaria la presidencia y el congreso, y reformó al poder judicial.

En política, cuando la mayoría apoya un proyecto, esta verdad se convierte en mandato, y la resistencia de la oposición suele ser no una verdad filosófica, sino vulgar defensa de privilegios.

Sócrates hizo de la duda su método porque cuestionar es el punto de partida del conocimiento. Pero un proyecto de nación no es filosofía, tampoco ciencia, aunque se apoye en principios filosóficos y en el razonamiento científico para lograr sus fines.

Un proyecto de gobierno lo que busca es la cohesión colectiva. Así las cosas, lo que las clases altas llaman con perversidad populismo, para la sociedad que apoya al gobierno de Sheinbaum es justicia social.

La democracia no debate sobre verdades absolutas, sino que busca articular la voluntad popular. La 4T ha construido su legitimidad en mayorías electorales contundentes, pero la comentocracia piensa que ese es el problema: que la popularidad convierte en falsas a las políticas públicas. Sócrates refutaría tal pensamiento. La pregunta socrática sería: ¿Se gobierna conforme a la razón crítica o conforme a la aprobación social?

Lo que la comentocracia llama verdades técnicas son las distintas máscaras del elitismo. ¿Quién define lo racional? Apelar a una razón superior por encima de las mayorías permite a las clases pudientes deslegitimar demandas de las clases populares.

Si un economista del ITAM contradice la necesidad de millones (programas sociales), esa no es la verdad, sino una expresión de malos sentimientos morales.

En democracia, la verdad política se construye, no se descubre en las oficinas lujosas de los laboratorios de ideas. La 4T ha construido en las urnas las verdades que permiten gobernar para las mayorías.

Sostener que una política pública puede ser popular pero problemática (por sus consecuencias económicas) es una falacia. La política pública no es juego mental: su éxito se mide por su impacto social.

Si una política genera bienestar, entonces cumple su función más relevante: el fin último del Estado es el bien común definido por el pueblo, no por estándares macroeconómicos de gente que todo lo tiene.

¿Y si Sócrates resucitara? En la mañanera podría debatir todo lo que quisiera con la presidenta Sheinbaum, y después escribir artículos y hasta libros cuestionándola, y nadie lo molestaría. En la 4T ha habido mucha más crítica a quienes despachan en Palacio Nacional de la que hubo en los regímenes del PRI y del PAN, y no pasa nada a quienes tanto critican a la presidenta. La semana pasada, en la mañanera, una periodista insultó a Sheinbaum, quien reaccionó, nada más, pidiendo educadamente mínimo respeto.

En las clases medias altas y altas se asume que el examen crítico es exclusivo de sus intelectuales. Ignoran que la 4T es, en sí misma, un ejercicio de crítica contra el modelo anterior, el neoliberalismo. El examen socrático ya ocurrió en las urnas de votaciones y el resultado fue el rechazo masivo a las políticas previas. La legitimidad electoral surgió de un juicio crítico colectivo sobre el pasado del país. Veremos qué vota la gente en 2027.

Las clases altas y su comentocracia con frecuencia suponen que gobernar es un asunto de conocimiento experto (episteme) y no de opinión ciudadana (doxa), conceptos opuestos que llevaron a Platón a elaborar su idea de gobierno, el de los sabios, tesis que según Karl Popper era autoritaria.

En una república no hay verdad ni sabiduría más altas que la decisión del soberano, el pueblo. Criticar la legitimidad de las mayorías basándose en una supuesta razón superior es, por lo menos, antidemocrático.

La verdad es un reflejo de la posición de clase: está condicionada por el entorno económico. Las clases medias y altas confunden sus privilegios con verdades universales.

La verdad de quienes todo lo tienen, aun en abundancia insultante, no puede ser la misma que la de las personas que dependen del aumento al salario mínimo.

Las clases altas en México tienen acceso desproporcionado a los medios. Esto crea una ilusión de verdad absoluta, que la 4T debe dialécticamente combatir, y así lo hace en las mañaneras.

‘Todo está mal en la 4T’, es algo que se lee a diario en los chats de WhatsApp de la gente de mayores ingresos y en las columnas políticas que los alimentan. Dicen que todo está mal, pero les va muy bien en el gobierno de izquierda: desde 2018 ha aumentado el número de personas millonarias y multimillonarias y, también, ha crecido la clase media.

Si eso lo ignoran, menos pueden ver el otro México, el de la gente empobrecida por demasiadas décadas de raterías del PRI y del PAN; el México de quienes, con la 4T, viven con más dignidad por los mejores salarios y las humanitarias ayudas sociales.

A pesar de lo mucho que ignoran, las clases medias y altas insisten en su superioridad intelectual. Creen estar mejor informadas y, por tanto, piensan que su crítica es más válida que el apoyo a Sheinbaum de las clases populares. Sin expresarlo abiertamente, proponen una antidemocrática y clasista epistocracia, desde luego encabezada por sus intelectuales.

Exigen, entonces, que la presidenta haga lo que se diseña en los centros de poder económico. Por haber prosperado en el mercado suponen ingenuamente que poseen el conocimiento necesario para rediseñar el país y corregir el rumbo de la 4T. La comentocracia les sigue el juego, y así estamos.

Pero el México real no cabe en los marcos ideológicos de quienes viven en la riqueza. Se olvida lo básico: en democracia el voto del riquísimo empresario y el de su jardinero valen lo mismo.

Sugerir a la presidenta dejarse guiar por las clases altas más preparadas explica que cada día tengan menos votos.