Durante décadas la competencia económica internacional se explicó con una lógica relativamente sencilla: producir mejor, producir más barato y llegar más rápido al mercado. Esa fórmula sigue siendo válida, pero ya no es suficiente. La inteligencia artificial está modificando no solamente la manera en que trabajan las empresas, sino también la distribución del poder económico entre países. Hoy importa cada vez más quién diseña los chips, quién fabrica la memoria de alta velocidad, quién controla los centros de datos, quién dispone de energía suficiente para alimentarlos, quién posee el software, quién forma el talento y, sobre todo, quién consigue incorporar esa tecnología a su industria antes que los demás. La inteligencia artificial no solamente está cambiando cómo se trabaja; está cambiando qué países capturan el valor del trabajo.
Corea del Sur ofrece quizá el ejemplo más espectacular de lo que está ocurriendo. En los primeros ocho meses de 2026 sus exportaciones alcanzaron 709 mil 400 millones de dólares, superando ya todo el récord anual anterior, y los semiconductores representan alrededor del 41% de sus ventas externas. La demanda mundial de chips vinculados con inteligencia artificial disparó las exportaciones coreanas de semiconductores y colocó al país en ruta hacia un posible billón de dólares anual en exportaciones. Samsung y SK Hynix no están simplemente vendiendo más componentes electrónicos: están situadas en uno de los puntos donde hoy se concentra una parte creciente del valor de la economía mundial.
Taiwán ocupa otro lugar privilegiado. TSMC sigue siendo la gran fábrica mundial de semiconductores avanzados y buena parte de la infraestructura de inteligencia artificial depende directa o indirectamente de su capacidad de producción. El gobierno taiwanés entiende que esa fortaleza no es solamente empresarial, sino estratégica. Por eso impulsa nuevas inversiones, diversifica riesgos y procura que su posición tecnológica siga siendo un activo nacional. China, entretanto, avanza con la velocidad de quien sabe que una dependencia tecnológica puede convertirse mañana en vulnerabilidad política. Sus empresas están invirtiendo cantidades enormes para desarrollar chips propios, modelos de inteligencia artificial, robótica, vehículos autónomos, baterías y centros de datos. Las restricciones estadounidenses han complicado el acceso chino a algunas tecnologías de punta, pero también han acelerado sus esfuerzos por sustituirlas.
Estados Unidos conserva ventajas enormes. Posee algunas de las empresas más valiosas y avanzadas del mundo, lidera buena parte de la investigación en modelos de inteligencia artificial, domina áreas fundamentales de diseño de chips, software y computación en nube y concentra capital suficiente para financiar inversiones gigantescas. Pero también descubrió una vulnerabilidad: puede diseñar la tecnología más sofisticada del planeta y seguir dependiendo de Asia para fabricar una porción crítica del hardware que la hace posible. De ahí sus subsidios, restricciones comerciales, controles tecnológicos y esfuerzos por reconstruir capacidad de fabricación dentro de su territorio y entre países aliados.
Eso explica por qué la inteligencia artificial dejó de ser solamente un asunto tecnológico para convertirse en tema de seguridad económica y de poder nacional. Quien controla chips, datos, infraestructura, energía y talento controla una parte creciente de la capacidad de producir, innovar y competir. Y mientras las grandes potencias hacen esas cuentas, aparece la pregunta mexicana: ¿dónde queremos estar nosotros en esta nueva economía?
México posee ventajas que muchos países desearían: cercanía con Estados Unidos, una enorme plataforma manufacturera, experiencia automotriz, aeroespacial, electrónica y de dispositivos médicos, integración mediante el T-MEC, una fuerza laboral industrial experimentada y décadas participando en cadenas productivas complejas. Pero ninguna de esas ventajas garantiza que capturemos una parte importante del valor generado por la inteligencia artificial. Ese es el riesgo. Podemos terminar fabricando vehículos inteligentes cuyos cerebros fueron diseñados en California y cuyos chips fueron producidos en Taiwán o Corea; podemos ensamblar servidores cuya propiedad intelectual pertenece a empresas extranjeras; podemos construir dispositivos médicos extraordinarios sin desarrollar buena parte del software que los controla. Podemos convertirnos en una plataforma enorme para manufacturar productos inteligentes y, sin embargo, quedarnos con una proporción relativamente pequeña del valor tecnológico que contienen.
México no debe conformarse con fabricar el aparato donde vive la inteligencia diseñada por otros. Tiene que aprender a producir también una parte de esa inteligencia.
Eso no significa pretender convertirnos mañana en sustituto de Taiwán o Corea. Sería fantasioso. Construir una industria avanzada de semiconductores requiere décadas de conocimiento acumulado, inversiones gigantescas, proveedores especializados, propiedad intelectual, universidades, agua ultrapura, energía estable y talento extremadamente sofisticado. Pero entre fabricar el chip más avanzado del mundo y limitarnos a ensamblar productos existe un espacio enorme donde México puede competir: diseño electrónico, empaquetado y pruebas de semiconductores, centros de datos, software industrial, automatización, robótica, ciberseguridad, sistemas embebidos, inteligencia artificial aplicada a manufactura, equipos eléctricos, transformadores, refrigeración avanzada y componentes para infraestructura digital.
Ahí existen oportunidades inmediatas. La explosión mundial de centros de datos, por ejemplo, está generando ganadores que van mucho más allá de las grandes empresas de chips. Se necesitan transformadores, sistemas de enfriamiento, redes eléctricas, equipos de distribución y una cantidad gigantesca de infraestructura física para alimentar la inteligencia artificial. La inteligencia artificial parece vivir en la nube, pero necesita una cantidad extraordinariamente terrenal de electricidad, cobre, acero, agua, transformadores, refrigeración y suelo industrial.
Ese es un punto que México debería mirar con enorme atención. La inteligencia artificial parece una industria de software, pero depende de una infraestructura material colosal. Un país capaz de producir parte de esos componentes puede participar en la revolución tecnológica aunque no posea todavía el modelo de inteligencia artificial más avanzado del planeta. Pero para hacerlo necesitamos algo elemental: energía.
Los centros de datos y las fábricas de semiconductores son consumidores intensivos de electricidad. Corea del Sur enfrenta ya el desafío de ampliar su red para atender la demanda creciente de sus grandes productores de chips. México no puede aspirar seriamente a atraer industrias digitales avanzadas si cada nueva planta debe preguntarse primero si habrá suficiente electricidad dentro de cinco años. La energía se está convirtiendo en política tecnológica y también en política industrial.
Lo mismo ocurre con la formación de talento. Durante décadas México pudo competir con una combinación de ubicación, costos laborales y experiencia manufacturera. La siguiente etapa exige mucho más: técnicos capaces de mantener robots, ingenieros que diseñen sistemas, programadores que integren modelos de inteligencia artificial, especialistas en datos, personal capacitado en ciberseguridad y trabajadores capaces de interactuar con maquinaria automatizada y comprender procesos digitales. Eso obliga a transformar también la capacitación para el trabajo.
La inteligencia artificial no debería ser concebida únicamente como herramienta para ingenieros de Silicon Valley. Tiene que llegar a la pequeña fábrica, al taller, al técnico, al administrador, al operador logístico, al diseñador, al comerciante y al profesionista. Una pequeña empresa mexicana que utiliza inteligencia artificialpara controlar inventarios, detectar defectos, reducir desperdicios, anticipar mantenimiento o mejorar ventas puede elevar productividad sin fabricar un solo chip. Ahí existe quizá la oportunidad más democrática de esta revolución: no todos los países podrán crear un Nvidia, pero prácticamente todos pueden utilizar inteligencia artificial para producir mejor.
Y ahí México no necesita esperar veinte años. Puede empezar ahora. Las pequeñas y medianas empresas son particularmente importantes porque constituyen buena parte del tejido productivo nacional y muchas todavía presentan rezagos tecnológicos considerables. Si la inteligencia artificial queda concentrada en grandes corporaciones multinacionales, la brecha de productividad puede ampliarse. Si conseguimos extenderla hacia proveedores nacionales y empresas medianas, puede ocurrir exactamente lo contrario. Esa debe ser también una responsabilidad de cámaras empresariales, universidades, centros de capacitación y gobiernos: no enseñar inteligencia artificial como moda, sino como herramienta productiva. ¿Cómo reduce costos? ¿Cómo aumenta calidad? ¿Cómo ayuda a vender? ¿Cómo mejora logística? ¿Cómo disminuye errores? ¿Cómo complementa el conocimiento de un trabajador?
Porque existe otro debate que no debemos evadir: el empleo. La inteligencia artificial sustituirá algunas tareas. Eso es inevitable. También creará otras. La pregunta relevante no es si desaparecerán ciertos puestos, porque históricamente todas las grandes transformaciones tecnológicas eliminaron algunas ocupaciones. La pregunta es si somos capaces de preparar a las personas suficientemente rápido para las nuevas. Una economía que incorpore inteligencia artificial sin capacitar trabajadores puede elevar productividad y simultáneamente ampliar desigualdad. Una economía que capacite puede utilizar la misma tecnología para elevar salarios y movilidad social. Ahí se juega buena parte de la política económica de los próximos años.
Corea del Sur entendió que semiconductores e inteligencia artificial no son solamente sectores empresariales. Son política nacional. Taiwán no construyó TSMC ayer. Corea no creó Samsung ni SK Hynix la semana pasada. Estados Unidos no generó Silicon Valley mediante un decreto. China no desarrolló su industria tecnológica improvisando cada año. Detrás de todos ellos hubo décadas de inversión, universidades, infraestructura, investigación, políticas públicas y empresas dispuestas a asumir riesgos.
México tampoco puede esperar resultados inmediatos, pero sí puede decidir inmediatamente hacia dónde caminar.
El T-MEC ofrece una oportunidad extraordinaria. Estados Unidos está intentando reducir dependencias tecnológicas asiáticas y construir cadenas productivas más seguras. México puede insertarse en ese proceso no solamente como fábrica de bajo costo, sino como plataforma de tecnología y manufactura avanzada. Eso exige negociar con inteligencia. No basta pedir que lleguen plantas estadounidenses; hay que buscar centros de diseño, investigación, capacitación, proveedores nacionales, transferencia tecnológica y desarrollo de talento. Una inversión que únicamente ensambla genera empleo. Una inversión que además desarrolla conocimiento transforma una economía.
Esa debería ser nuestra meta.
También debemos entender que la competencia tecnológica será geopolítica. Estados Unidos y China están construyendo ecosistemas parcialmente separados. Cada uno quiere controlar chips, software, datos, infraestructura, telecomunicaciones y cadenas críticas. Europa intenta preservar cierta autonomía. India quiere convertirse en potencia tecnológica. Corea y Taiwán aprovechan sus ventajas. México tendrá que tomar decisiones.
Nuestra integración económica natural está con Norteamérica. Eso no significa romper vínculos comerciales con China. Significa comprender dónde están nuestras principales cadenas estratégicas y construir dentro de ellas el mayor valor posible. Porque existe un riesgo real: que la inteligencia artificial produzca una nueva división internacional del trabajo, con países que diseñan, países que financian, países que controlan infraestructura y países que ensamblan. México debe evitar quedar atrapado únicamente en el último grupo.
Tenemos capacidad para mucho más. La industria automotriz mexicana ya maneja procesos sofisticados. La aeroespacial requiere enorme precisión. Los dispositivos médicos demandan calidad y regulación. La electrónica posee cadenas complejas. No partimos de cero. Partimos de una plataforma industrial importante. Ahora tenemos que agregar inteligencia.
Y para hacerlo necesitamos algo que a veces olvidamos cuando discutimos desarrollo económico: continuidad. Los proyectos tecnológicos no caben en sexenios. Una planta de semiconductores, un ecosistema de proveedores, una universidad especializada o un corredor tecnológico necesitan décadas. Cambiar prioridades cada seis años resulta incompatible con competir contra países que piensan en veinte o treinta. Por eso este debería convertirse en tema de Estado y no de partido.
La inteligencia artificial no preguntará quién gobierna México.
Simplemente seguirá avanzando.
Y los países que se preparen capturarán inversión, conocimiento, productividad y riqueza.
Los que lleguen tarde comprarán la tecnología producida por otros.
La diferencia puede determinar buena parte del crecimiento futuro.
La buena noticia es que México todavía está a tiempo. Tenemos ubicación, industria, tratados, talento, mercado, acceso privilegiado al mercado estadounidense y una coyuntura internacional que favorece la relocalización de cadenas. Lo que necesitamos es convertir esas ventajas en estrategia: energía, infraestructura, capacitación, innovación, reglas confiables, conectividad, investigación y una política industrial capaz de mirar más allá de la siguiente elección.
La inteligencia artificial no eliminará la manufactura mexicana. Probablemente la transformará. La pregunta es quién será propietario del valor adicional que esa transformación produzca. Podemos seguir ensamblando extraordinariamente bien aquello que otros inventaron o podemos empezar a participar también en su diseño. No son caminos excluyentes. Precisamente nuestra experiencia manufacturera puede convertirse en puente hacia actividades tecnológicas de mayor valor. Pero el paso no ocurrirá solo.
Hay que construirlo.
Durante décadas México compitió por ubicación, costos y capacidad manufacturera. Todo eso seguirá importando. Pero la siguiente competencia mundial se jugará también con algoritmos, chips, energía, conocimiento y talento. Si subimos a tiempo en esa cadena, la inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria oportunidad de desarrollo. Si llegamos tarde, podremos fabricar millones de productos inteligentes sin capturar buena parte de la riqueza que contienen.
La pregunta ya no es si la inteligencia artificial transformará la economía mundial. Eso ya está ocurriendo. La pregunta verdaderamente importante es qué lugar queremos ocupar nosotros cuando termine de hacerlo.
@salvadorcosio1



