Haber crecido en una familia de maestras y maestros, así como el haber tenido la oportunidad de ser Directora en la Secretaría de Educación Pública Federal y en la del Gobierno del Estado de México, me hizo darme cuenta que hay profesiones que se eligen con la cabeza, pero el magisterio se abraza con el corazón.

Una maestra o un maestro no solo dicta una clase, abre ventanas al mundo, descubre talentos ocultos y rescata infancias a través de la empatía. Su verdadera vocación reside en la paciencia para explicar mil veces, en el abrazo oportuno ante el fracaso y en la fe inquebrantable en el potencial de cada alumna y alumno. El impacto de su carrera es eterno, porque la huella de un buen educador, educadora nunca se borra del alma de quien aprendió a volar en su aula.

Detrás de esa entrega absoluta se esconden batallas invisibles y profundos desafíos. El magisterio actual navega contracorriente frente a salarios injustos, aulas deterioradas y la falta de materiales básicos. Esta realidad golpea con mayor dureza en las comunidades más alejadas, donde las maestras y maestros rurales se convierten en médicos de almas, protectores y gestores, sosteniendo escuelas enteras con el único motor de su amor por la enseñanza. Romantizar este sacrificio es ignorar su vulnerabilidad, su entrega merece dignidad, respeto y condiciones laborales justas, no solo aplausos.

La educación no es una tarea solitaria ni una carga que deba pesar únicamente sobre los hombros docentes. El futuro de nuestra sociedad se construye en equipo. Es momento de que, juntas y juntos impulsemos una verdadera transformación que dignifique su labor, convirtiendo la gratitud en justicia laboral para asegurar que el fuego de su vocación nunca se apague por el olvido.

Con toda mi admiración a las maestras y maestros, especialmente a las y los de mi familia.

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Jennifer Islas. Política y conferencista.

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