México conoce las horas decisivas.

No son frecuentes. Pero cuando llegan, la historia exige grandeza.

En 1942, el presidente Manuel Ávila Camacho convocó a la Unidad Nacional. El país atravesaba un momento excepcional. No era tiempo de disputas menores. Era tiempo de cerrar filas. Y México respondió.

Respaldaron aquella convocatoria quienes habían encarnado, cada uno a su modo, etapas intensas de la vida pública: los expresidentes Plutarco Elías Calles; Emilio Portes Gil; Pascual Ortiz Rubio; Abelardo L. Rodríguez; Adolfo de la Huerta; y el general Lázaro Cárdenas, quien saludó a Calles, con quien las diferencias eran profundas y conocidas.

No pensaban igual. No representaban las mismas corrientes. No compartieron siempre el mismo proyecto de nación.

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Pero compartían algo superior: la convicción de que México estaba por encima de ellos.

Ávila Camacho lo entendió con claridad serena cuando afirmó que “la Nación no podía permanecer indiferente ante el agravio y que era momento de cohesión”. No pidió uniformidad. Pidió unidad.

Esa fue la grandeza de aquella generación: comprender que hay instantes en que la pluralidad se ordena en torno a la República.

Hoy vivimos otro momento de excepción. No es comparable en naturaleza ni en contexto. La historia no se repite; se manifiesta en nuevas formas. Pero la exigencia moral es semejante.

La presidenta Claudia Sheinbaum, en su carácter de Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas, ha asumido una decisión valiente y trascendental frente al crimen organizado. Un golpe profundo contra una estructura criminal que durante años sembró sangre y miedo.

No es un hecho menor. Es un parteaguas.

Respaldar esa decisión no es un acto partidista. Es un acto de Estado.

Por eso sorprende la ausencia de voces que, por experiencia y responsabilidad histórica, podrían estar hoy enviando un mensaje de cohesión. No vemos a los expresidentes cerrando filas. No vemos la estatura institucional que en otros momentos supo prevalecer sobre las diferencias.

La crítica es legítima. La democracia la necesita. Pero el exabrupto, la descalificación fácil y su retórica en la hora en que el Estado actúa con firmeza, no contribuyen a fortalecer a México.

En 1942 nadie renunció a sus convicciones. Pero todos entendieron que la Nación estaba primero.

Hoy el desafío es distinto, sí. No es una guerra exterior. Es la afirmación interna de la autoridad del Estado frente a quienes quisieron sustituir la ley por la violencia. Pero precisamente por eso requiere cohesión moral.

Y si algunas voces institucionales han optado por el silencio o la estridencia, el pueblo ha hablado con claridad. Los ciudadanos de a pie, las familias mexicanas, quienes todos los días trabajan, emprenden y resisten, han entendido el significado de este momento. Se han unido en torno a la presidenta porque reconocen en esta decisión una acción histórica en favor de la paz y la seguridad.

La ciudadanía entiende que cuando el Estado actúa con determinación para recuperar la tranquilidad, lo responsable es respaldar esa acción.

Es tiempo de Unidad Nacional.

No para silenciar el debate.

No para uniformar conciencias.

Sino para recordar que la seguridad y la paz son bienes superiores, condición de toda libertad.

México ha atravesado tormentas más complejas y ha salido adelante cuando sus liderazgos estuvieron a la altura.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha dado un paso que exige carácter. El Ejército ha cumplido con su deber constitucional. Corresponde ahora a la clase política demostrar que entiende el momento histórico.

La presidenta ya ha escrito páginas relevantes en la historia pública del país. Esta es una más. Una página que se suma a las que definirán su tiempo. Y mi admiración y convicción en su liderazgo nacen de la certeza de que en momentos decisivos ha sabido asumir la responsabilidad que la Nación le confió.

Lo escribo como ciudadano. Sin cargo. Sin investidura. Con la libertad de quien no habla desde la responsabilidad administrativa, sino desde la convicción cívica.

La historia no suele ofrecer muchas oportunidades de grandeza. Pero cuando lo hace, distingue con claridad a quienes estuvieron a la altura y a quienes se quedaron en la pequeñez.

México no necesita estridencias. Necesita cohesión.

No necesita cálculo. Necesita estatura.

Como en 1942, la patria no pide unanimidad. Pide unidad.

Y la unidad, en tiempos de excepción, es el acto más alto de responsabilidad nacional.