En el futbol hay una regla no escrita que sostiene la esencia del juego: el árbitro puede equivocarse, pero nunca debe perder la confianza de los jugadores. El día que ambos equipos sienten que el silbante dejó de ser imparcial, el partido cambia. Ya no se juega únicamente contra el rival, sino también contra la sospecha. Algo parecido comienza a ocurrir con la FIFA.
Durante décadas, el organismo rector del futbol mundial construyó una autoridad que iba más allá de sus reglamentos. Era la institución que organizaba el torneo más importante del planeta y cuya legitimidad descansaba en la percepción de neutralidad. Esa autoridad moral era su mayor patrimonio. Sin embargo, en los últimos años esa imagen se ha ido desgastando. Las polémicas sobre las sedes de los mundiales, las investigaciones por corrupción, las decisiones comerciales, los criterios disciplinarios y diversas controversias arbitrales han alimentado una sensación que antes parecía impensable: muchos aficionados ya no discuten únicamente las decisiones de la FIFA, sino las intenciones que hay detrás de ellas.
En el futbol, cuando un equipo siente que el árbitro está condicionado, pierde la concentración. Cada falta parece injusta, cada fuera de lugar genera dudas y cada tarjeta se interpreta como parte de una historia escrita de antemano. Lo mismo sucede con una institución cuya credibilidad comienza a erosionarse. Aunque tome decisiones correctas, la desconfianza hace que pocas sean aceptadas sin cuestionamientos.
La autoridad no se sostiene únicamente con reglamentos. También necesita prestigio. Un árbitro puede tener el silbato, las tarjetas y el reglamento completo en el bolsillo, pero si nadie cree en su imparcialidad, su autoridad desaparece antes del primer silbatazo. La FIFA sigue siendo la máxima autoridad del futbol mundial, pero parece haber perdido parte de ese capital intangible que la distinguía: la confianza. Y recuperarla será mucho más complicado que organizar otro Mundial o firmar nuevos contratos comerciales.
Porque el futbol puede sobrevivir a un penal mal marcado, a un gol anulado o incluso a un error del VAR. Lo que difícilmente resiste es la sensación de que quien debe cuidar el juego dejó de jugar con las mismas reglas que exige a los demás.
En el futbol, como en la vida, el verdadero campeón no es quien más poder acumula, sino quien conserva el respeto de quienes participan en la cancha. Esa es la copa que hoy la FIFA parece estar perdiendo y el árbitro dejó de inspirar confianza.
