“¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón”.
Fito Páez
Hablemos de educación. No del escritorio sitiado como si fuera la Bastilla o un patrimonio histórico revolucionario. No del funcionario que no se baña pues se declara “trabajando” aunque la realidad lo desmienta con estadísticas. Hablemos de lo único que debería importar en la Secretaría de Educación Pública: si los niños están aprendiendo algo más que consignas.
Mientras Marx Arriaga litiga su permanencia como si la SEP fuera un departamento rentado con contrato vencido, el país sigue produciendo generaciones que leen sin comprender y calculan sin una calculadora emocional. Y el debate público —si fue cesado, si no fue notificado, si escuchó o no a la presidenta— se convierte en el distractor perfecto. La educación como reality show burocrático.
Porque sí: México presentó PISA 2022 ante la OCDE. Y no, los resultados no fueron una victoria cultural: 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura, 410 en ciencias. MUY por debajo del promedio. Pero tranquilos: siempre podemos argumentar que las pruebas internacionales son instrumentos del neoliberalismo opresor. Nada más cómodo que culpar al termómetro cuando marca que estamos ardiendo en fiebre.
La nueva titular de Materiales Educativos llega con poesía en la credencial y una misión políticamente impecable: reescribir referentes, “visibilizar”, resignificar. Todo suena hermoso en el boletín. El problema es que la pedagogía no se corrige con lirismo. Los estudiantes no mejoran comprensión lectora por decreto ni dominan álgebra por simpatía ideológica.
Nadie discute que haya que incluir mujeres ilustres en la administración pública. Lo que se discute —aunque finjamos que no— es si el rigor académico quedó subordinado a la devoción política. Porque cuando el entorno oficial coquetea con regímenes como el de Miguel Díaz-Canel en Cuba o normaliza el autoritarismo matrimonial de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, la pregunta no es moral. Es metodológica: ¿formamos pensamiento crítico o manufacturamos lealtades? Porque una cosa definitivamente no es como la otra.
No nos desviemos. El problema no es solo Arriaga. No es la poeta. No es el escritorio. Es el sistema.
México arrastra abandono en la media superior de dos dígitos anuales. Brechas obscenas entre lo urbano y lo rural. Infraestructura desigual. Formación docente intermitente. Y un currículo reformado sin métricas públicas claras que demuestren mejoras sustantivas en aprendizajes básicos. Mucho discurso transformador; poca evidencia transformada.
¿Aprenden más los estudiantes que hace seis años?
¿Mejoró la comprensión lectora?
¿Subieron las habilidades matemáticas?
¿Se redujo la desigualdad educativa?
Silencio. Enorme silencio administrativo.
No hay datos contundentes que acrediten que los nuevos libros hayan elevado el desempeño. No hay evaluación transparente que permita distinguir entre acierto y capricho. Lo que sí hay es una narrativa épica donde cada cambio editorial se presenta como revolución civilizatoria.
Mientras tanto, miles de jóvenes abandonan la educación media superior cada año. Y el país discute trincheras y atrincheramientos de un impresentable llamado Marx.
La educación no es laboratorio ideológico ni premio de consuelo para funcionarios incómodos. No es plataforma rumbo a 2027. No es botín interno del régimen. Es la única palanca real de movilidad social. De competitividad. De crecimiento económico. Nadie lo entiende en Morena. Nadie en la administración pública. Hoy está convertida en rehén de una guerra simbólica donde todos hablan de principios y nadie rinde cuentas con resultados.
Se cambian nombres. Se reimprimen libros. Se reorganizan oficinas. Se redactan prólogos grandilocuentes. Pero el estudiante promedio mexicano sigue por debajo de estándares internacionales y sigue atrapado en un sistema que privilegia la narrativa sobre el aprendizaje.
La tragedia no es que haya disputa interna. La tragedia es que la educación real —la que ocurre o no ocurre en el aula— no indigna a nadie con la misma intensidad que un cese administrativo. Eso sí que es transformación 4T: lograron que el fracaso educativo estructural deje de escandalizar.
Giro de la Perinola
Edgar Adrián Meza Mendoza, autoproclamado “juez del bienestar”, acudió al mitin de la presidenta Claudia Sheinbaum el 5 de octubre en el Zócalo con camisa guinda, entusiasmo partidista y aparente olvido de la imparcialidad que su investidura exige. Casualidad adicional: es esposo de la nueva funcionaria educativa. Qué linda familia de la que somos rehenes, empezando por los estudiantes de este país.
El movimiento que prometió desterrar el nepotismo, ahora lo redefine como coincidencia conyugal. En la SEP enseñan historia. Y, al parecer, también “genética política aplicada”.



