La economía mexicana crece, las cifras oficiales mejoran y el gobierno tiene motivos para celebrar. Pero hay una realidad que ningún porcentaje puede ocultar: millones de mexicanos siguen haciendo cuentas para llegar a fin de mes, ajustando gastos, posponiendo necesidades y preguntándose por qué, si al país le va mejor, a ellos todavía les cuesta tanto vivir. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía acaba de informar que el Producto Interno Bruto aumentó 3.2 por ciento anual durante el tercer trimestre de 2026 y avanzó 0.9 por ciento respecto del trimestre anterior. Son buenas noticias que merecen reconocerse sin regateos, particularmente en medio de la incertidumbre comercial y las dificultades internacionales. Pero una economía no puede juzgarse solamente por lo que aumenta su producción, sino también por lo que ocurre en la mesa, el bolsillo y las oportunidades de quienes trabajan para sostenerla. Y ahí comienza la discusión que verdaderamente importa: ¿de qué sirve celebrar el crecimiento nacional si todavía resulta insuficiente para transformar la vida cotidiana de tantos mexicanos?

Reconocer los avances no significa cerrar los ojos ante las dificultades. México necesita crecer, producir más, atraer inversiones, generar empleos y fortalecer su mercado interno. Cuando los indicadores muestran resultados positivos, corresponde admitirlo con objetividad, independientemente de las preferencias políticas. Pero una cosa es registrar una recuperación económica y otra muy distinta conseguir que esta se convierta en mejores ingresos, empleos de calidad, seguridad económica y oportunidades reales de progreso. La verdadera importancia del crecimiento no está exclusivamente en los porcentajes de los informes oficiales, sino en su capacidad para mejorar de manera sostenida las condiciones de vida de la población.

Las cifras difundidas el viernes por el INEGI muestran que las actividades terciarias, relacionadas principalmente con el comercio y los servicios, avanzaron 1.1 por ciento respecto del trimestre anterior, mientras las actividades industriales crecieron 0.8 por ciento. Las actividades primarias retrocedieron 0.4 por ciento en la comparación trimestral. El crecimiento anual de 3.2 por ciento corresponde a la comparación con el mismo trimestre de 2025 y no significa que toda la economía mexicana vaya a cerrar 2026 con esa tasa. Tampoco debe ignorarse que el avance trimestral de 0.9 por ciento fue inferior al registrado durante el segundo trimestre. Son precisiones necesarias para apreciar correctamente una recuperación que merece reconocimiento, pero cuya permanencia todavía debe consolidarse.

La Secretaría de Hacienda destacó que el comportamiento económico estuvo respaldado por la recuperación de la inversión pública y privada, el dinamismo de los servicios y la actividad industrial, así como por el desempeño favorable de las exportaciones manufactureras. Particularmente relevante resulta la expansión de las ventas al exterior de productos vinculados con equipos de cómputo y actividades tecnológicas, en un momento en que la inteligencia artificial y la reorganización de las cadenas productivas internacionales están modificando las oportunidades de numerosos países.

México cuenta con ventajas que no deberían subestimarse. Su posición geográfica, su integración productiva con América del Norte, su experiencia manufacturera, su capacidad exportadora y la disponibilidad de una amplia fuerza laboral representan activos importantes. Pero esas condiciones no garantizan por sí mismas una prosperidad creciente. La competencia internacional exige innovación, infraestructura, seguridad, financiamiento y trabajadores preparados para responder a necesidades productivas que evolucionan cada vez con mayor rapidez.

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Ahí surge una de las preguntas fundamentales de nuestro desarrollo: ¿estamos aprovechando suficientemente esas oportunidades o seguimos dependiendo demasiado de la proximidad con Estados Unidos, de costos laborales relativamente competitivos y de decisiones de inversión que pueden modificarse por circunstancias ajenas a nuestro país?

No basta con incrementar exportaciones o atraer plantas manufactureras. Es necesario desarrollar proveedores nacionales, incorporar a pequeñas y medianas empresas, fortalecer la investigación tecnológica y lograr que una proporción creciente del valor generado permanezca en México. De otro modo, podemos registrar aumentos importantes en producción y comercio sin conseguir que sus beneficios se extiendan suficientemente a trabajadores, emprendedores y comunidades.

La desigualdad regional constituye otro de nuestros desafíos históricos. Mientras determinadas zonas industriales han conseguido incorporarse a cadenas internacionales de producción, otras regiones continúan enfrentando deficiencias de infraestructura, conectividad, educación, financiamiento y oportunidades empresariales. No experimentan necesariamente las mismas condiciones una compañía exportadora de tecnología, un pequeño comercio familiar, un productor agrícola o un trabajador que obtiene sus ingresos mediante actividades informales. Por eso importa tanto conocer dónde y cómo se genera el crecimiento como saber cuánto aumenta la producción nacional.

El mercado laboral también ofrece noticias favorables. Hacienda informó que durante el tercer trimestre la población ocupada aumentó aproximadamente 294 mil personas respecto del mismo periodo de 2025, mientras la tasa de desempleo se mantuvo alrededor de 2.9 por ciento. También reportó una mejoría de 3.9 por ciento en la mediana de los ingresos laborales reales y una inflación general promedio de 3.3 por ciento. Son datos relevantes porque reflejan avances en variables que inciden directamente sobre el poder adquisitivo y las condiciones de vida de numerosas familias.

Pero una tasa reducida de desempleo no significa necesariamente que todos los trabajadores dispongan de ocupaciones satisfactorias. México mantiene una elevada proporción de empleos informales, actividades de baja productividad y personas que, aun trabajando, encuentran dificultades para acceder a seguridad social, construir patrimonio o mejorar sus condiciones económicas. No basta con tener una ocupación; importa también la calidad del empleo, la remuneración, las prestaciones y las posibilidades reales de progreso.

La disminución de la inflación constituye igualmente una buena noticia, pero conviene recordar que una inflación menor no significa que los precios regresen automáticamente a niveles anteriores. Significa que continúan aumentando a un ritmo más reducido. Para quienes destinan una parte considerable de sus ingresos a alimentación, vivienda, transporte, educación, salud y servicios, los incrementos acumulados pueden seguir representando una presión importante aun cuando los indicadores generales muestren una evolución favorable.

Por ello, la evaluación del bienestar no puede limitarse al comportamiento del PIB, los salarios o los precios. También debe considerar cuánto pueden ahorrar las familias, qué oportunidades tienen para adquirir vivienda, qué calidad reciben en los servicios públicos y qué perspectivas encuentran las nuevas generaciones para construir una vida mejor.

Una de las condiciones indispensables para sostener la recuperación es fortalecer la inversión productiva. El consumo y las exportaciones pueden impulsar favorablemente la economía durante determinados periodos, pero mantener tasas elevadas de crecimiento exige ampliar permanentemente nuestra capacidad de producción mediante infraestructura, tecnología, nuevas empresas, innovación y formación de capital humano.

La inversión pública resulta fundamental para desarrollar carreteras, sistemas de transporte, infraestructura energética, servicios de agua, instalaciones educativas y establecimientos de salud. La inversión privada constituye también una fuente indispensable de empleo, innovación y crecimiento. Presentarlas como actividades necesariamente enfrentadas es un error. México necesita ambas, articuladas mediante reglas claras, coordinación institucional y objetivos de desarrollo de largo plazo.

También necesita confianza. Las empresas que consideran proyectos importantes requieren certeza jurídica, seguridad pública, energía suficiente, disponibilidad de agua, infraestructura y procedimientos administrativos razonables. No basta con anunciar inversiones o expresar deseos de crecimiento. Se necesitan condiciones que permitan tomar decisiones productivas cuyos resultados pueden tardar varios años en materializarse.

El Fondo Monetario Internacional proyectó a principios de octubre un crecimiento de 1.5 por ciento para México durante 2026 y de 1.8 por ciento para 2027, estimaciones elaboradas antes de conocerse los resultados más recientes. Su evaluación advirtió sobre la incertidumbre externa, las brechas de infraestructura, los obstáculos regulatorios y la necesidad de fortalecer la inversión y la productividad. No corresponde aceptar sin discusión todas las recomendaciones de los organismos financieros internacionales, pero tampoco ignorar las limitaciones estructurales que identifican cuando coinciden con problemas ampliamente conocidos de nuestra economía.

Y precisamente la productividad constituye uno de los grandes desafíos nacionales. México no puede aspirar a una prosperidad sostenida solamente mediante salarios relativamente bajos, disponibilidad de trabajadores o cercanía geográfica con el mayor mercado del mundo. Necesita generar más valor mediante mejores procesos, innovación tecnológica, especialización laboral y desarrollo empresarial.

Aquí adquieren especial importancia la educación técnica, la formación para el trabajo y la certificación de competencias laborales. Las transformaciones asociadas con la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas tecnologías no demandan exclusivamente ingenieros o especialistas altamente calificados. También requieren técnicos, operadores, trabajadores de mantenimiento, personal administrativo, profesionistas y emprendedores capaces de actualizar permanentemente sus conocimientos.

La capacitación debe entenderse como una inversión estratégica y no como un gasto accesorio. Una empresa puede modernizar sus equipos y aumentar su producción, pero cuando esa transformación se acompaña de mejores competencias laborales, certificación y oportunidades de desarrollo profesional, los beneficios tienen mayores posibilidades de extenderse a sus trabajadores y a las comunidades donde opera.

Ese vínculo entre productividad y movilidad social debería ocupar un lugar central en las políticas económicas. No solamente se trata de producir más, sino de permitir que más personas participen en actividades de mayor valor, obtengan mejores ingresos y dispongan de herramientas para mejorar su futuro.

La relación económica con Estados Unidos agrega una dimensión especialmente delicada. Nuestro país mantiene una profunda integración productiva con su vecino del norte, particularmente en las industrias automotriz, electrónica, manufacturera y agroalimentaria. Esa relación representa una ventaja considerable, pero también genera vulnerabilidades frente a decisiones comerciales y políticas adoptadas en Washington.

La revisión del T-MEC, las presiones arancelarias, las exigencias sobre reglas de origen y la competencia tecnológica y comercial entre Estados Unidos y China forman parte de un escenario que condiciona las decisiones de inversión y las perspectivas de nuestras exportaciones. Los buenos resultados del tercer trimestre son relevantes porque se producen en medio de esas incertidumbres, pero sería imprudente suponer que una recuperación reciente elimina los riesgos que todavía enfrenta nuestra economía.

México debe preservar su integración norteamericana y defender con inteligencia sus intereses comerciales, pero también fortalecer la proveeduría nacional, ampliar mercados y reducir vulnerabilidades estratégicas. No se trata de abandonar una relación económica fundamental, sino de conseguir que contribuya al desarrollo de capacidades productivas propias y a una mayor independencia económica.

Las finanzas públicas también requieren atención. Hacienda informó que durante los primeros nueve meses del año mejoraron diversos balances fiscales respecto de lo programado, aumentaron los ingresos tributarios y se recuperó la inversión física pública. Son resultados positivos que deben reconocerse, aunque el nivel de endeudamiento y las necesidades futuras de gasto obligan a mantener una administración responsable de los recursos nacionales.

La estabilidad macroeconómica no debe considerarse un propósito separado del bienestar. Las crisis fiscales, la inflación elevada y los desequilibrios financieros terminan afectando especialmente a quienes disponen de menores ingresos. Pero tampoco basta con mantener cuentas relativamente ordenadas si la economía no genera oportunidades suficientes para elevar sostenidamente la calidad de vida.

México necesita crecimiento, estabilidad, inversión y bienestar. Ninguno de esos objetivos puede sustituir completamente a los demás.

La presidenta Claudia Sheinbaum tiene ante sí la oportunidad de aprovechar esta recuperación para fortalecer una estrategia económica que trascienda los resultados trimestrales y los calendarios electorales. El desafío consiste en consolidar condiciones para la inversión, ampliar la infraestructura, impulsar la innovación, elevar la productividad y mejorar los servicios públicos. Pero esa responsabilidad no corresponde exclusivamente al gobierno federal. También involucra a los gobiernos estatales y municipales, las empresas, las organizaciones de trabajadores, las universidades y las instituciones dedicadas a la formación de capacidades productivas.

La prosperidad no puede decretarse desde una oficina gubernamental ni construirse únicamente mediante decisiones empresariales. Requiere colaboración, confianza, políticas consistentes e instituciones capaces de producir resultados a largo plazo.

Las cifras del tercer trimestre deben recibirse, por tanto, como una noticia favorable y una oportunidad para examinar qué está funcionando, qué necesita fortalecerse y cuáles son los obstáculos que todavía impiden aprovechar plenamente el potencial económico del país.

Sería deseable que la discusión pública abandonara la costumbre de convertir cada indicador económico en una disputa partidista. Hay quienes consideran que reconocer una mejoría equivale a respaldar al gobierno y quienes interpretan cualquier señalamiento crítico como una descalificación absoluta de sus resultados. Ambas posturas empobrecen el debate. Una economía no puede evaluarse seriamente mediante adhesiones o rechazos políticos automáticos.

Reconocer avances no obliga a renunciar a la crítica. Señalar problemas tampoco significa desconocer resultados positivos.

La cuestión fundamental consiste en determinar si México está construyendo condiciones para sostener el crecimiento durante muchos años y conseguir que sus beneficios alcancen de manera cada vez más amplia a la población.

El avance del tercer trimestre demuestra que existen capacidades de recuperación, sectores productivos dinámicos y oportunidades que debemos aprovechar. Pero también recuerda que todavía falta consolidar una expansión más equilibrada entre regiones, actividades económicas y grupos sociales.

Una buena cifra puede reflejar un avance importante sin significar que los problemas estructurales hayan sido superados. De la misma manera, las dificultades que todavía padecen millones de familias no autorizan a desconocer las mejoras efectivamente registradas en producción, ocupación e ingresos.

La verdadera evaluación de una economía debe considerar si los trabajadores encuentran empleos dignos, si las familias mejoran su poder adquisitivo, si los pequeños negocios pueden crecer, si las empresas cuentan con condiciones para invertir y si las nuevas generaciones disponen de oportunidades superiores a las de sus padres.

Porque el crecimiento económico no constituye un fin en sí mismo. Es un instrumento para generar bienestar, fortalecer las capacidades productivas del país y ampliar las posibilidades de desarrollo de su población. Cuando una economía mejora, pero millones de personas continúan viviendo con presupuestos insuficientes, empleos precarios y oportunidades limitadas, no significa necesariamente que las cifras sean falsas. Significa que todavía existe una distancia enorme entre el desempeño de los indicadores y las necesidades reales de la sociedad.

México tiene razones para recibir favorablemente los resultados más recientes. Pero tiene también demasiadas carencias, demasiadas desigualdades y un potencial demasiado grande como para conformarse con una recuperación que todavía debe demostrar su capacidad de permanencia y de traducirse en beneficios más amplios.

Las buenas cifras merecen reconocimiento, pero no sustituyen a una estrategia de desarrollo. El crecimiento debe convertirse en empleos dignos, mejores remuneraciones, empresas más productivas, oportunidades regionales y posibilidades reales de movilidad social. Un gobierno puede presentar resultados económicos favorables y, al mismo tiempo, tener pendientes obligaciones fundamentales con millones de ciudadanos. Reconocer lo primero no obliga a ignorar lo segundo.

La verdadera evaluación de una economía no debería hacerse solamente desde los escritorios de los funcionarios, los informes de los especialistas o las pantallas donde se anuncian los porcentajes del PIB. También debe hacerse desde los hogares donde se administra cada peso, las pequeñas empresas que luchan por mantenerse abiertas y los trabajadores que necesitan algo más que un empleo para sostener dignamente a sus familias.

Porque una economía puede crecer mientras millones de personas siguen preguntándose si podrán pagar la renta, comprar suficientes alimentos, atender una enfermedad o dar a sus hijos las oportunidades que ellos no tuvieron.

México necesita crecer más, desde luego. Pero sobre todo necesita conseguir que ese crecimiento se convierta en una mejoría tangible para quienes todavía viven con demasiadas limitaciones económicas.

Y aquí está la diferencia que ningún discurso debería esconder: que al país le vaya mejor en las estadísticas no significa automáticamente que a todas sus familias les esté yendo mejor en la vida.

Porque el verdadero éxito económico de una nación no consiste solamente en cuánto crece su Producto Interno Bruto, sino en cuántos de sus habitantes pueden construir una vida mejor gracias a ese crecimiento.

De poco serviría presumir una economía cada vez más grande si millones de mexicanos siguen viviendo con la angustia de que el dinero no alcanza. El crecimiento debe medirse también en los hogares, no solamente en las oficinas donde se elaboran los informes.

¡Que crezca la economía es una buena noticia! Pero la verdadera victoria será que crezca también la capacidad de los mexicanos para vivir con dignidad, tranquilidad y sin estar contando los pesos para sobrevivir.

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@salvadorcosio1