Adán Augusto López Hernández es probablemente el personaje más oscuro de la vida pública mexicana. Su trayectoria ha estado plagada de escándalos y sospechas sin haber aportado nada a la nación. Como se sabe, cuando fue gobernador de Tabasco entregó la seguridad de su estado a Enrique Bermúdez Requena, líder de la Barredora, lo que indica a todas luces que el senador estaba perfectamente al tanto, en el mejor de los casos, de las trapacerías llevadas a cabo por su subalterno, y en el peor, que él mismo dirigía a la organización criminal. Un pillo en toda forma y figura.
A pesar de estos hechos, AMLO le llamó para que fuese su secretario de Gobernación. Es decir, fue honrado con la responsabilidad de ser la persona que encabezaría los esfuerzos para mantener, al lado de otras secretarías, el orden, la gobernabilidad y la estabilidad a nivel federal. Buscó la candidatura de Morena a la presidencia en 2024 con una precampaña, dirigida por el carismático Arturo Ávila, con recursos de procedencia dudosa.
En adición, Adán Augusto ha sido señalado en numerosas ocasiones por enriquecimiento inexplicable y por recibir depósitos de 80 millones de pesos, lo que él atribuyó a una supuesta gestión de notarías en Tabasco. Y como colofón, no ha estado tampoco exento de estar presuntamente involucrado en el cantado huachicol fiscal, al lado de otros impresentables del obradorismo como Andrés López Beltrán.
El sujeto, en un despliegue de soberbia y cinismo vergonzosos, repite “yo no doy declaraciones” ante cualquier cuestionamiento de la prensa. Lo hace cómodamente sentado en ese escaño al que debería haber renunciado hace tiempo. Se siente intocable e intocado. Y allí está en el Senado, al lado de otros como Enrique Inzunza, buscado por Estados Unidos por lazos con el cártel de Sinaloa. Así es el México que nos ha tocado vivir.
