Los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela definieron en los años setenta del siglo XX la autopoiesis como la propiedad de un sistema cuyos componentes generan continuamente los mismos procesos que producen y mantienen esos componentes, preservando la identidad y organización del propio sistema.

Años después, el sociólogo alemán Niklas Luhmann llevó este concepto al estudio de la sociedad. Vio a los sistemas sociales —entre ellos, a los medios de comunicación— como estructuras autopoiéticas, debido a que generan continuamente las comunicaciones que los mantienen vivos sin cambios fundamentales, en una especie de conservadurismo.

La comentocracia mexicana y las clases política y empresarial conservadoras que la alimentan son el ejemplo perfecto de un sistema autopoiético. Se trata de un circuito cerrado operado por no más de 100 personas, columnistas de los diarios y voces ruidosas en otros medios; un puñado de supuestos líderes de opiniónCiro, Riva Palacio, Loret, Sarmiento, Aguilar Camín, etcétera— que saltan de las columnas impresas a las mesas de radio y televisión, para luego replicar el mismo eco en sus redes sociales, particularmente en X.

Estos comentócratas cobran —y cobran muy bien— en las empresas de comunicación que los contratan por una sola razón: suministran a su audiencia la dosis exacta de indignación contra la 4T y la reafirmación de su propia ideología que exige esa audiencia que les financia.

Tal audiencia no rebasa los 10 millones de personas adultas en un país muchísimo más poblado; son 10 millones pertenecientes a las élites económicas y políticas que desde 2018 se forman en las filas de la oposición a los gobiernos de izquierda; se trata de quienes financian a los medios mediante suscripciones o consumo publicitario.

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El círculo, nada virtuoso, se cierra a la perfección: 10 millones de consumidores dictan la línea y sostienen económicamente a 100 líderes de opinión, quienes a su vez devuelven análisis diseñados exclusivamente para adular las convicciones de quienes les patrocinan. Es un caso terrible de atrapamiento de audiencia o de cámara de eco: un sistema cerradísimo que se alimenta de sí mismo, sordo al resto del país.

Quienes pagan al columnismo y en general a la comentocracia para que se publique solo lo que agrada a la gente que pone el dinero, tienen así la falsa impresión de que la suya es la opinión nacional respecto, por ejemplo, al terrible daño que hace la 4T.

Viven en el error. Quienes financian a los medios dictan la línea editorial y así confirman sus propios sesgos ideológicos. Por su parte, los y las comentócratas escriben y hablan nada más lo que ese público quiere leer y escuchar.

El resto del país —decenas de millones de personas adultas— se queda al margen de tal circuito. Por tal motivo, mientras la comentocracia diagnostica que la presidenta Claudia Sheinbaum gobierna muy mal, en las encuestas esta mujer tiene altísimos niveles de aprobación.

La comentocracia y quienes la financian viven en la endogamia política o en el autismo periodístico, o inclusive en algo peor: la masturbación ideológica con condón.

Intelectualmente hablando, la comentocracia mexicana cae en faltas terribles que le impiden refrescar sus ideas, lo que convierte a sus argumentos en algo absolutamente inútil para entender al México real.

Se leen entre ellos y ellas, y se felicitan entre sí. De ahí que no comprendan que la realidad social camina en una dirección radicalmente opuesta a sus comentarios.

Recurren al preservativo para masturbarse porque no quieren que exista la menor posibilidad de que algo externo —particularmente lo relacionado con el pueblo— contamine el sistema ideológico en el que viven, el cual nada tiene que ver con la realidad del gran país que es México.