“La tecnología amplifica lo que ya eres”.
Marshall McLuhan
“No es manipulación si lo hace el pueblo”.
Dogma no escrito del obradorismo
La 4T llegó tarde a la inteligencia artificial. Pero, fiel a su estilo, no llegó a innovar, ni a regular, ni a debatir. Llegó con manual bajo el brazo. El de siempre. Propaganda, linchamiento y fabricación de realidad. Solo que ahora con algoritmo.
Esta semana circularon audios manipulados, imágenes falsas y contenidos generados con IA para atacar a periodistas, opositores y críticos del régimen. Audios atribuidos a comunicadores diciendo cosas que nunca dijeron. Videos editados para simular declaraciones inexistentes. Imágenes fabricadas para ridiculizar o desacreditar. Nada que no hayamos visto antes… salvo por un detalle incómodo: ahora se hace más rápido, más barato y con apariencia de verdad.
El gobierno de Andrés Manuel López Obrador —ese que decía aborrecer la mentira “neoliberal”— entendió de inmediato el potencial político de la inteligencia artificial: mentir sin dar la cara.
Ahí están los ejemplos. Clips alterados difundidos como “pruebas”. Supuestas conversaciones privadas imposibles de verificar. Contenidos manufacturados que se vuelven virales en cuestión de horas gracias a cuentas que siempre coinciden en algo: celebran cada decisión del poder y atacan todo lo que lo incomoda. Periodistas críticos, analistas incómodos, opositores visibles. La casualidad, al parecer, también usa bots.
La diferencia es que antes el trabajo sucio lo hacían voceros reconocibles: el funcionario, el legislador, el propagandista con nombre y apellido. Hoy lo hace un enjambre digital sin rostro. Nadie lo controla oficialmente. Pero todos entienden para quién trabaja.
El patrón es el mismo de siempre: cuando la manipulación beneficia al poder, se tolera; cuando el blanco es el régimen, se denuncia como “guerra sucia”.
La inteligencia artificial no creó esta lógica. La perfeccionó.
Porque la 4T nunca gobernó con hechos, sino con relatos. Y la IA es el sueño húmedo de cualquier proyecto político que vive de la polarización: convierte el agravio en contenido, la mentira en algo viral y el ataque en “opinión”.
No es casual que esto ocurra en un país donde el expresidente dedicó horas diarias a desacreditar periodistas desde Palacio Nacional. Donde se exhibieron datos personales en la mañanera. Donde se señaló con nombre y apellido a quien incomodaba. Hoy la inteligencia artificial no rompe esa dinámica: la automatiza.
Antes, para ensuciar a alguien se necesitaban días. Hoy basta un prompt.
Antes, la mentira tenía autor. Hoy tiene difusión.
Antes, había costos políticos. Hoy hay trending topic.
Y mientras en otros países se discuten límites éticos, marcos legales y responsabilidades sobre el uso de la inteligencia artificial, en México el poder ya decidió algo más simple: será otra herramienta de guerra política. Sin regulación. Sin autocrítica. Sin frenos.
Se dirá —porque siempre se dice— que “la oposición y los poderes fácticos hacen lo mismo”. La diferencia, aunque incomode, es elemental: Morena está en el poder. Maneja presupuesto, instituciones y narrativa oficial. No es lo mismo un ataque marginal que una maquinaria.
La gran trampa es creer que el problema es la tecnología. No lo es. El problema es un régimen que desprecia la verdad y ahora dispone de herramientas más sofisticadas para distorsionarla.
La 4T no quiere inteligencia artificial para mejorar políticas públicas, detectar fraudes o diseñar mejores servicios. La quiere para reforzar su lógica binaria: pueblo contra enemigos, leales contra traidores, nosotros contra ellos. La IA no cuestiona esa visión: la amplifica.
Giro de la Perinola
El verdadero problema no es lo que ya vimos, sino lo que viene después. En el núcleo más pragmático del oficialismo ya se entendió algo clave: la inteligencia artificial no solo sirve para ensuciar reputaciones, sino para fabricar “evidencias” cuando la realidad no acompaña.
Hoy son audios burdos y videos mal editados. Mañana serán “filtraciones” más finas, testimonios verosímiles, imágenes suficientemente creíbles como para sembrar la duda incluso después del desmentido. No importa que sean falsas: alcanzan a contaminar el debate. El daño ya está hecho.
El trascendido es este: la IA no se usará solo para atacar críticos, sino para preparar el terreno narrativo antes de decisiones impopulares, escándalos de corrupción o fracasos de gobierno. Cuando algo estalle, la versión “alternativa” ya estará circulando. Cuando aparezca una investigación incómoda, ya habrá un video “revelador” listo para neutralizarla. Cuando falten resultados, sobrará contenido.
No se trata de ganar la discusión, sino de volverla imposible. Saturar, confundir, relativizar. Que todo parezca opinable, manipulable, dudoso. Que la verdad sea solo una versión más en el feed.
La perinola ya giró. Y, como casi siempre en la 4T, cayó en la misma casilla:
“Todos mienten, así que nadie es responsable”.
Porque no hace falta censurar si puedes inundar.
No hace falta prohibir si puedes ridiculizar.
No hace falta gobernar bien si puedes gobernar la percepción.
La inteligencia artificial no volvió más moderno al poder mexicano. Lo volvió más eficiente en lo que peor sabe hacer. La 4T ya entendió la lección central de la era digital: controlar la narrativa es casi tan importante como controlar el presupuesto. Y está dispuesta a usar cualquier herramienta para hacerlo.


