Hay algo de honestamente falaz en el artículo de Jorge Zepeda Patterson titulado “El control de daños que daña”. Honestamente falaz, en efecto, porque se puede caer en el error con decencia.

En su caso, me parece, por no saber torear las presiones de una comentocracia bastante brava que embiste exigiendo una objetividad que no posee el grupo de columnistas anti-4T, influyentes en ciertos sectores intelectuales, a quienes el colaborador de Milenio creo que intenta complacer para seguir siendo, a juicio de tales personas, el único analista sheinbaumista que sabe ver lo bueno en la gestión de la presidenta de México, pero también reconocer los errores, sean estos verdaderos o producto de las obsesiones de comentócratas que siguen sufriendo porque perdieron no solo la interlocución que tenían con quienes mandaban en los gobiernos del PRI y del PAN, sino inclusive el placer de sentirse con tanto poder como para cambiar políticas públicas solo con el peso de sus críticas.

El arranque de Jorge Zepeda Patterson en su reciente entrega es, metodológicamente hablando, una catástrofe: “Habría que confirmarlo con encuestas, pero queda la impresión de que en los debates más recientes el gobierno de Claudia Sheinbaum no ha conseguido un saldo favorable frente a la opinión pública”.

No es aceptable en un observador tan inteligente de la realidad política esta generalización apresurada basada únicamente en percepciones tan personales como cambiantes según el día, la hora o si a uno le duele la panza o ya pasó la indigestión de la comida con ese columnista que tan buenos vinos conoce. Zepeda admite de entrada no tener datos duros, pero inmediatamente después de confesar su carencia estadística, se lanza a intentar demoler buena parte del sistema de comunicación de la presidenta de México.

¿Sus pruebas? Una mezcla de hechos de calibres tan distintos que su comparación resulta ociosa: los derrames de hidrocarburos en el Golfo, el informe de la ONU sobre desapariciones forzadas, la polémica sobre la Colección Gelman y —el colmo de la trivialidad—, el caso de la mujer que se asoleaba en las ventanas de Palacio Nacional.

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Son hechos que, según el columnista, arrojan un “balance preocupante porque tengo la impresión —insiste en elevar el pálpito a categoría de dato— de que los argumentos del gobierno han sido débiles e, incluso, contraproducentes”.

La fragilidad del argumento resulta terrible cuando Zepeda insiste en usar presentimientos como sustitutos de evidencia cuantificada. Afirma que la reacción de la mandataria es cuestionada por “algunos o muchos que, si bien aprueban el desempeño de Claudia Sheinbaum, cuestionan distintos aspectos de su administración”. Si no tiene datos, ¿cómo llega a ese algunos o muchos? ¿En qué métrica se apoya?

Parafraseando a Wittgenstein, habría que recordarle al analista que si algo no se puede medir, es mejor no intentar cuantificarlo con el puro latido de un corazón partío a la Alejandro Sanz, es decir, un corazón dividido entre dos amores: la 4T y esa comentocracia que le exige, como cuota de admisión, la objetividad analítica del chingadazo periodístico por el puro gusto del chingadazo. El caso de don Jorge Zepeda es como el de aquella canción, creo que de Joaquín Sabina, de que su corazón tiene varias esquinas, una para cada una de sus penas.

A Jorge Zepeda Patterson le parece que las respuestas de Sheinbaum a los problemas señalados poseen un elemento común más allá de sus diferencias de fondo: se trata de reacciones “defensivas-agresivas”. El columnista afirma que, invariablemente, surge una reacción molesta de parte de la presidenta por el manejo de mala fe de los medios críticos, que distorsionan o destacan la peor lectura posible del tema en cuestión. Para él, esto representa una estrategia equivocada, un “control de daños que termina dañando” porque, a su juicio, muestra “insensibilidad”.

Olvida Zepeda Patterson que quien actúa en defensa propia no lo hace por ser insensible ante el daño que pueda causar al agresor, sino simplemente porque no tiene alternativa. En la política real, si no se devuelve el golpe mientras se recibe una golpiza, no se gana la altura moral de quien actúa con valentía; se pierde todo.

La presidenta Sheinbaum no busca herir a nadie por un insano placer, sino neutralizar el asedio mediático que, desde el primer minuto del sexenio, ha pretendido desmantelar la viabilidad de su gobierno. Pedirle mesura a quien está recibiendo tantas agresiones es, en el mejor de los casos, una ingenuidad y, en el peor, una forma de exigirle que acepte su propia derrota. No lo hará así la presidenta, quien por respeto a millones de votantes no aplicará aquello de poner la otra mejilla ante cada trancazo.

Para Zepeda, la respuesta de Claudia Sheinbaum —a tantos golpes— tendría que estar mucho más centrada “en las causas, o al menos en las preocupaciones legítimas y la desesperación, que en los opositores que intentan sacar provecho de las tragedias o los escándalos”.

En realidad, lo crea el columnista o no, la presidenta se defiende con todo porque el ataque no es solo contra su persona o su administración, sino contra la gente a la que más beneficia la 4T con sus políticas públicas: la que vive en la pobreza. Resulta evidente que, en el fondo, todas las críticas de la comentocracia convergen en una sola intención: obligar a cambiar un estilo de gobierno enfocado en el “por el bien de todos, primero los pobres”, por una estrategia de obras y proyectos que beneficien a las mismas familias multimillonarias que tanto lucraron en los periodos del PRI y del PAN. En aquellos tiempos, la mayor parte del dinero público no se destinaba a las personas de más abajo, sino a lo que resultaba útil exclusivamente para las de más arriba.

Jorge Zepeda Patterson, al analizar sin datos y solo con el pálpito de su corazón partío, cae en la falacia de la generalización apresurada, en la de la falsa analogía —el caso de las piernas en la ventana— y en el error analítico de apelar a la emoción (ad misericordiam) cuando habla de la supuesta insensibilidad del gobierno. Pero lo que Zepeda llama un control de daños que daña, para la narrativa de la la 4T es, en realidad, un fortalecimiento de la identidad frente al adversario.

Zepeda es un columnista que ha intentado explicar el sheinbaumismo, logrando a veces el reconocimiento tanto de la 4T como de la comentocracia que lo etiqueta como el sheinbaumista inteligente. Sin embargo, para no perder este último título, ha comenzado a entregar dulces de más a quienes cuestionan a la presidenta, buscando demostrar que su apoyo es el de un crítico objetivo que aplaude y critica según sea lo razonable. Pero ese afán ya lo conduce a excesos y falacias; es imposible quedar bien con Dios y con el diablo.

Estamos ante el caso típico del analista fatigado por el esfuerzo de agradar simultáneamente a un equipo y a su rival. Es el agotamiento del ciclista, la clásica pájara de quien, de pronto, desfallece y no puede dar una pedalada más. La suya es una crisis de identidad analítica. Zepeda se construyó a sí mismo como el puente entre el mundo intelectual anti-4T y el movimiento gobernante, pero en este ambiente polarizado, los puentes son inevitablemente bombardeados. Sin violencia física, estamos en una guerra donde la izquierda busca consolidar su proyecto y la derecha, vía la comentocracia, intenta impedirlo.

En su afán ingenuo de proyectar una objetividad quirúrgica, Zepeda cae en las exageraciones de su artículo de hoy en Milenio. Para mantener su estatus de analista brillante ante la élite, siente que debe pagar una cuota de sangre analítica contra Sheinbaum, y es ahí donde falla. Cae en la falacia del punto medio y, en vez de analizar a la presidenta, pretende corregirla. Pero cuando un analista pasa del es al debería ser, pierde la brújula.

Al final, intentar ser el crítico que complace a ambos bandos resulta en un análisis que no satisface a nadie. Es el drama del intelectual que desea ser aceptado en el sheinbaumismo sin perder su prestigio en las mesas de los restaurantes de la comentocracia anti-Sheinbaum. No entiende Zepeda que, en el fragor de la cruenta batalla, el punto medio es el lugar más expuesto al fuego cruzado, y quien ahí se queda, necesariamente resulta muy lastimado.