Congreso bloquea fondos al DHS, pero ICE sigue operando. No es contradicción: es diseño institucional… Y cálculo electoral.

En Washington se escenifica una confrontación presupuestaria.

El Congreso frena recursos al Department of Homeland Security (DHS).

Pero el U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) continúa deteniendo, procesando y deportando migrantes.

A primera vista parece contradicción.

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No lo es.

Es arquitectura institucional.

En el sistema estadounidense, cuando no se aprueba presupuesto, ciertas agencias entran en shutdown. Sin embargo, la Ley Antideficiencia permite que funciones vinculadas a seguridad nacional sigan operando como “esenciales”.

La migración está ubicada ahí.

Eso significa:

• Operativos continúan.

• Centros de detención siguen activos.

• Procesos de deportación no se suspenden automáticamente.

• Agentes trabajan, aunque temporalmente sin salario.

El dinero nuevo puede estar bloqueado.

Pero el aparato no se detiene.

Opera con fondos previamente asignados, reprogramaciones internas y mecanismos de pago diferido.

Aquí aparece la dimensión política.

El enfrentamiento entre sectores del Congreso y la administración de Donald Trump no es solo presupuestario. Es estratégico.

Para algunos legisladores, condicionar recursos al DHS es una forma de exigir supervisión, límites operativos y mayor control legislativo sobre ICE.

Para otros, bloquear fondos es debilitar deliberadamente la seguridad fronteriza y enviar una señal de vulnerabilidad.

Pero en año electoral, el cálculo es más crudo.

La migración es uno de los ejes centrales de movilización política.

Cada redada comunica firmeza.

Cada operativo proyecta autoridad.

Cada choque con el Congreso refuerza la narrativa de “obstrucción” desde el legislativo.

El ejecutivo puede convertir el bloqueo presupuestario en argumento político:“Quieren frenar recursos, pero nosotros seguimos defendiendo la frontera”.

El Congreso, por su parte, puede presentar el mismo escenario como advertencia “No se pueden ampliar poderes sin supervisión”.

No es solo un debate fiscal. Es disputa por control narrativo.

Y el diseño institucional favorece la continuidad operativa del ejecutivo mientras la migración esté clasificada como asunto de seguridad nacional.

Eso tiene implicaciones.

Primera: el Congreso puede tensionar, pero no paraliza de inmediato la política migratoria.

Segunda: el ejecutivo puede sostener operativos incluso en confrontación presupuestaria y convertir esa tensión en activo electoral.

Tercera: cada día de “shutdown” parcial amplifica la polarización y fortalece posiciones duras en ambos extremos.

¿Dónde entra México en esta ecuación?

En un punto crítico.

Cada vez que Washington entra en conflicto presupuestario en materia migratoria, la presión operativa tiende a desplazarse hacia el sur.

Más operativos internos en Estados Unidos suelen venir acompañados de:

• Mayor exigencia de contención en la frontera mexicana.

• Más solicitudes de cooperación en detención y retorno.

• Más presión diplomática en acuerdos bilaterales.

Aunque el Congreso discuta en Washington, el efecto se siente en Tijuana, Ciudad Juárez o Tapachula.

El bloqueo presupuestario no reduce tensión migratoria.

La redistribuye.

Si el “shutdown” se prolonga, los efectos podrían escalar:

• Saturación financiera del DHS.

• Afectación en contratos privados de detención.

• Fricción sindical interna por salarios diferidos.

• Judicialización creciente de operativos.

• Mayor radicalización del discurso electoral.

Pero el punto estructural permanece: el Estado estadounidense está diseñado para no perder control operativo en materia migratoria, incluso en medio de confrontación política.

Eso explica por qué ICE sigue. Y también explica por qué el choque no es accidental. Es funcional.

En periodo electoral, el conflicto entre el Congreso y la Casa Blanca puede convertirse en herramienta de diferenciación política.

Uno acusa debilidad.

El otro acusa autoritarismo.

Ambos capitalizan.

La pregunta de fondo no es si ICE se detiene.

La pregunta es si esta gobernanza en modo excepción está consolidando liderazgo… O erosionando el equilibrio entre poderes.

Porque gobernar bajo tensión permanente puede ser rentable electoralmente.

Pero también puede dejar cicatrices institucionales.

Y cuando las instituciones se tensan de forma prolongada, la confrontación deja de ser coyuntural y se vuelve estructural.

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