“La ambición debe contrarrestar a la ambición”.

James Madison

“Las instituciones son las reglas del juego de una sociedad”.

Douglass North

No Sinaloa

Que no haya dudas: el gobernador bananero al que me refiero es Rubén Rocha Moya; gobernador con licencia de Sinaloa. El mismo que pidió licencia, regresó al cargo después de 112 días de ausencia, que anunció que volvía “con la frente limpia y en alto” y que, menos de 48 horas después, volvió a pedir licencia por tiempo indefinido. El Congreso sinaloense ya se la aprobó.

Una gubernatura no es una puerta giratoria. Aunque en Sinaloa, bajo la 4T, ciertamente lo parezca.

Hasta ahí lo escandaloso. Pero lo verdaderamente interesante no es que Rocha se haya vuelto a ir, sino por qué regresó.

La explicación oficial resulta casi enternecedora: “fue una decisión personal”. Claudia Sheinbaum dijo que ella no habló con él sobre su regreso y que su nueva licencia “fue lo mejor para Sinaloa”. Wow.

Supongamos que todo esto es cierto. Supongamos que Rocha no consultó a Palacio, ni a Morena ni a nadie. Supongamos que decidió regresar por voluntad propia, porque —de pronto— consideró que después de 112 días de licencia era indispensable volver a trabajar. Entonces algo ocurrió en esas 34, 36 o 48 horas —según cómo se haga la cuenta— que lo llevó a descubrir que Sinaloa siempre sí estaría mejor sin él. ¿O que él estaría mejor sin la gubernatura?

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La pregunta no es ociosa. Después de todo, Rocha no regresó a un gobierno normal. Regresó mientras pesan sobre él acusaciones estadounidenses por presuntos vínculos con una facción del Cártel de Sinaloa. Él las niega y la FGR ha sostenido que no encontró elementos para ejercer acción penal en su contra, lo que no equivale a una sentencia de inocencia. Uno supondría que la investigación debe llegar hasta donde lleven las evidencias, sin protección política y sin fabricar culpables.

Las señales alrededor son demasiado serias para despacharlas con un “ya fue exonerado”. Gerardo Mérida, quien fue secretario de Seguridad de Sinaloa durante su gobierno, se entregó a autoridades estadounidenses. Y Terry Cole, director de la DEA, acaba de reiterar que la acusación contra Rocha forma parte de un caso en el que Estados Unidos sostiene que funcionarios mexicanos de alto nivel trabajaban con organizaciones criminales. No es poca cosa.

Tampoco lo es que un ex director de la DEA haya pedido públicamente que Rocha rinda cuentas ante la justicia estadounidense.

De ahí que el regreso de Rocha resultara tan extraño. Si realmente quería limpiar su nombre, podía hacerlo fuera del cargo. Si quería gobernar, tenía un estado que atender. Y si lo que necesitaba era el cargo por razones distintas a gobernar, entonces tenemos un problema bastante mayor.

El politólogo Douglass North explicó que las instituciones importan porque estructuran los incentivos. Cuando una institución deja de utilizarse para cumplir su función y empieza a utilizarse para proteger intereses particulares, se pervierte el juego institucional. Y eso es lo que este episodio exhibe… como tantos otros cuando se trata de Morena.

El cargo parece haber dejado de ser una responsabilidad para convertirse en un activo personal. Lo cual es profundamente bananero.

No Sinaloa, no los sinaloenses. Él.

Y entonces apareció Noroña

Mas, como si la semana necesitara otro acto, luego apareció Gerardo Fernández Noroña.

Lilly Téllez llevó una charola al Senado y retó a los morenistas a romper sus visas estadounidenses en solidaridad con Andy López Beltrán, cuya visa fue cancelada por Estados Unidos.

Noroña, naturalmente, no podía dejar pasar la oportunidad de hacerse el payaso. “Yo la rompería”, dijo. Solo que no podía hacerlo porque —convenientemente—tiene una mano fracturada.

Así que, por ahora, la soberanía nacional tendrá que esperar a que le sane el brazo.

Es difícil inventar una escena mejor.

El senador aseguró que no se necesita visa estadounidense para servir a la patria, recorrer México ni estar en el corazón del pueblo. Muy bien. Pero acto seguido sacó de su cartera una tarjeta para demostrar que él sí tiene visa.

No la rompió. No pudo. La mano. Claro. La patria puede esperar.

El asunto no es que Noroña tenga visa. Ni siquiera que no quiera romperla. Cada quien puede conservar sus documentos migratorios y viajar donde le dé la gana. El problema es la monumental contradicción entre el discurso y el acto.

Y aquí Noroña nos ayuda, sin querer, a entender también a Rocha.

Uno proclama que el cargo no importa y se aferra a él. El otro proclama que la visa no importa y se aferra a ella. Uno habla de la patria mientras intenta conservar el poder. El otro habla de soberanía mientras conserva el permiso para entrar al país cuya soberanía dice despreciar. Uno necesita el fuero. El otro necesita la visa. Y ambos necesitan que creamos que se trata de principios.

La patria como coartada

Hay algo más interesante todavía. La reacción de Morena al caso Andy fue convertir la cancelación de una visa individual en un asunto de soberanía nacional. La propia Claudia Sheinbaum terminó teniendo que precisar que una visa no define a una persona y que su cancelación no constituye una investigación penal.

Correcto. Entonces, ¿por qué hacer de ella una batalla patriótica? Porque funciona.

Cuando la discusión incómoda es sobre una decisión de otro gobierno respecto de un ciudadano mexicano, resulta mucho más sencillo gritar “injerencia” que preguntar qué información tuvo (o cree tener) Washington para tomarla. Y preguntarlo no de viva voz, sino en intercambios privados de altos vuelos.

No sabemos por qué se canceló la visa de Andy. Y no debe inventarse una causa. Pero tampoco debe inventarse una causa para la defensa. Una visa no demuestra culpabilidad. Y perderla tampoco convierte a nadie en héroe nacional.

Lo que sí demuestra este episodio es hasta qué punto la 4T ha conseguido convertir casi cualquier asunto que roce a sus personajes principales en una defensa de la patria.

Havel escribió sobre la capacidad del poder para construir un mundo de apariencias que termina sustituyendo a la realidad. Aquí la apariencia es la soberanía. La realidad, mucho más pedestre y sin mayor chiste: un gobernador que no sabe si quiere gobernar y un senador que no quiere romper una visa que asegura no necesitar.

Y Sinaloa, mientras tanto

Esta es la parte que se pierde entre el sainete.

Sinaloa no necesita gobernadores entrando y saliendo del Palacio de Gobierno. Necesita autoridad. No necesita desplegados partidistas. Necesita seguridad. No necesita que el gobernador proclame que tiene “la frente limpia”. Necesita que las instituciones determinen, con pruebas, si la tiene.

Y eso incluye investigar los hechos alrededor de la captura de Ismael El Mayo Zambada y el asesinato de Héctor Melesio Cuén, así como cualquier vínculo que conduzca hacia funcionarios públicos. Si Rocha es inocente, que la investigación lo establezca. Si hay pruebas contra él, que se actúe. Si no las hay, que quede claro por qué.

Eso sería Estado de derecho.

Lo otro —licencias, regresos, deslindes, comunicados, silencios, acusaciones cruzadas y ahora una segunda licencia— es política de supervivencia.

Madison entendía que el poder necesita contrapesos porque quien tiene poder tiene incentivos para conservarlo. En México seguimos descubriendo el concepto a golpe de escándalo.

El gobernador que vuelve 34 horas para después volver a pedir licencia y el senador que promete romper su visa…, pero enseña una tarjeta y termina explicando por qué no puede hacerlo. Uno se aferra al cargo; el otro, al documento que asegura despreciar. Ambos tienen en común algo más importante que la comicidad: la distancia entre el discurso público y el interés personal.

Y mientras unos conservan cargos y otros conservan visas, los ciudadanos conservan algo mucho menos útil: la factura de los dos sainetes.

Giros de la Perinola

(1) Aquí viene lo más interesante. Lo mejor para el final: justo en medio de la telenovela de “El extraño retorno de Rubén Rocha”, Alfonso Ramírez Cuéllar volvió a poner sobre la mesa la eliminación del fuero para gobernadores y legisladores.

La propuesta podría ser una casualidad. También podría ser una señal.

Porque si algo dejó claro el episodio Rocha es que el fuero, aun cuando jurídicamente no sea una licencia para delinquir, se percibe políticamente como un blindaje. Y si el propio oficialismo empieza a reconocer que proteger a gobernantes y legisladores tiene un costo demasiado alto, quizá finalmente entendieron que la impunidad también tiene fecha de caducidad.

La pregunta es si la iniciativa lleva bendición de Palacio Nacional. O si Ramírez Cuéllar, como Rocha, decidió actuar por su cuenta. Sería una deliciosa ironía que el hombre que quiere quitar el fuero a los gobernadores necesitara autorización de quienes llevan años administrando el suyo.

(2) Y hay otra coincidencia todavía más divertida: hace apenas unos meses, Morena cerraba filas alrededor de Rocha. Ahora se deslinda de él.

Hace unos días, los morenistas decían que una visa no significaba nada. Ahora Noroña la enseña como trofeo mientras promete destruirla… cuando finalmente pueda.

Quizá ese sea el verdadero retrato de estos días: los principios de la 4T son firmes, sólidos, inquebrantables… siempre que no interfieran con el cargo, el fuero o la visa.

(3) A Rocha le salió licencia. A Noroña, visa. A Morena, el deslinde. Y a los sinaloenses y mexicanos, como casi siempre, les toca pagar la cuenta.