La pregunta es pertinente a la luz del pasado, presente y futuro de los tres países socios del Tratado de Libre Comercio y los cambios geoestratégicos de época en los que estamos inmersos.
En términos de pasado, México ha suscrito tres tratados clave con los Estados Unidos, los cuales sintetizan su posición en la correlación actual de fuerzas: Guadalupe-Hidalgo de 1848, Bucareli de 1923 y Libre Comercio de 1994.
Por el primero, México perdió la mitad del territorio nacional y, más que eso, perdió el siglo XX; por el segundo, admitió subordinarse en fuerzas armadas e industrialización; y por el tercero aceptó perdonar esos agravios históricos a cambio del sueño de ascender al llamado primer mundo económico y asegurar algo de prosperidad y democracia, más no igualdad y bienestar en la diferencia.
En su orden político interno, el país realizó un enorme esfuerzo en la segunda mitad del siglo XIX para vivir mutilado y aun así caminar más rápido; en el siglo XX, para emprender el desarrollo, pero discapacitado; y en el entre siglo XX y XXI para tragarse su orgullo y convertirse en un buen vecino agradecido y asemejarse a su protector hiper tecnológico.
Canadá siguió un camino diferente pero similar al suscribir el tratado de límites en 1842, de reciprocidad comercial en 1854 o el de cooperación militar en 1940.
Por su parte, entre las dos guerras mundiales, Estados Unidos se transformó en líder imperial global y consolidó esa posición después de la Guerra Fría al caer el Muro de Berlín en 1989 y la Unión Soviética en 1991.
Empero, en pocos años aparecieron fuertes competidores, en particular China, que le representa un serio desafío.
En el nivel de una predicción general, el nuevo orden mundial que se está reconfigurando se alineará con tres cabezas macro regionales: Estados Unidos en las Américas, Rusia en Europa y China en Asia.
En esa tesitura, Norteamérica y su zona de influencia solo pueden ser viables si mejoran sus condiciones sociales, políticas, económicas y culturales.
Para ello se requiere, no intervenciones arbitrarias y decisiones unilaterales del hegemón, sino un esquema de construcción conjunta de tales condiciones.
Del alcohol de ayer a las drogas y las armas de hoy, de la perversión del hiperconsumo y la indignidad de vidas muertas a la falta de reformas políticas y partidarias; peor aún, de la pérdida de las fuentes culturales originarias de su legitimidad: honestidad, trabajo, austeridad o humanismo a lo contrario, y de allí al drama de las fronteras interiores y las externas, sobre todo con México y Centroamérica, pasando por Columbine y Teotihuacán, y a la pudrición de sociedades masivas sin destino salvo su laberinto digitalizado. Así, es claro que la viabilidad de Norteamérica está en vilo.
Para navegar el siglo XXI ya veinteañero se requiere recuperar en serio los valores judeo cristianos y laicos perdidos; hacer las paces entre Estados y pueblos agraviados; no negociar la tienda sino refundar una casa común plena en recursos, diversidad y pluralismo responsables; no parecerse a nadie más más que a sí mismo y respetar el espejo ajeno; atreverse a asegurar las garantías multinivel de los derechos individuales y colectivos de tantos pueblos, comunidades, grupos y personas envueltos en la democracia económica, social, política, cultural y medioambiental, entre otros macro y micro desafíos urgentes.
¿Quién dice sí a una Norteamérica sana, identitaria, libre, igualitaria, próspera, democrática y segura de sí misma?
¿Quién dice no a la locura de las industrias del crimen y la muerte en vida, de Alaska a la Patagonia, y al fin acelerado de un futuro que nunca fue y no será?
De allí que si la opción en lugar de la viabilidad es el abismo profundo al que hay que saltar tomados de la mano, entonces aparezca justificable buscar alternativas.



