El senador Enrique Inzunza reapareció ayer en el Senado de la República. Lo hizo sereno, ufano y con un rostro de satisfacción como si no pasara nada. Llegó, entró al recinto, sonrió, saludó a unos compañeros y se sentó en su escaño. Fácil, tranquilo y sin remordimientos ni preocupaciones aparentes.

Ingresó ayer en el recinto de la cámara alta con una tranquilidad absoluta, como si el Departamento de Justicia no hubiese presentado en su contra una solicitud de aprehensión con fines de extradición por lazos con el Cártel de Sinaloa, como si fuese absolutamente inocente de haber sido apoyado por los narcotraficantes para ganar su cargo en Sinaloa, como si dos de sus compañeros acusados no hubiesen admitido sus culpas presentándose en cortes federales de Estados Unidos para declarar como testigos protegidos. El suceso indignante de ayer ha de inscribirse como uno de los momentos más lamentables en la historia de la vida parlamentaria de México.

Debe igualmente recordarse que Inzunza, a diferencia de Rocha Moya, no solicitó, ni siquiera tras su conocimiento sobre la decisión del gran jurado estadounidense, licencia como senador. Es decir, jamás renunció a su fuero federal, y lo único que hizo fue ocultarse en Sinaloa en espera de que llegase el momento oportuno para volver a la Ciudad de México y “retomar” sus funciones como legislador.

Uno se imagina que una vez que ha regresado al Senado, buscará introducir y apoyar reformas para endurecer las medidas contra la corrupción y en defensa de los ciudadanos frente al crimen organizado. ¿Quién mejor que el intachable senador Enrique Inzunza para legislar en favor del interés general de los mexicanos? El chiste se cuenta solo.

Inzunza sabe que la FGR, a pesar de sus dichos en torno a una supuesta “carpeta de investigación” difícilmente pasará a judicializar su caso. También sabe que cuenta con los apoyos de su partido en la Cámara de Diputados para evitar cualquier intento de desafuero potencialmente promovido por las minorías de los partidos de oposición. Se sabe y se siente impune.

Su presencia ayer en el Senado ha sido un insulto descarado contra los sinaloenses, contra la presidenta de la República, y frente a la nación mexicana. Al lado de Rocha, Inzunza representa lo más fétido de una clase política dispuesta a arroparle con el propósito de impedir que sus fechorías salgan a la luz pública. Una vergüenza en toda forma.