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Por años fue presentada como una organización intocable, blindada por el discurso sofista de los derechos reproductivos y sostenida por millones de dólares provenientes de los impuestos de los estadounidenses. Hoy, sin embargo, Planned Parenthood enfrenta una realidad muy distinta: cierres masivos, pérdida de financiamiento público y una derrota legal que marca un antes y un después en el debate sobre el aborto en Estados Unidos.

De acuerdo con la ficha informativa del 10 de febrero de 2026, la organización retiró voluntariamente su demanda contra la disposición de desfinanciamiento incluida en la ley One Big Beautiful Bill Act, aceptando así la redirección de recursos de Medicaid que durante años alimentaron cerca de 600 clínicas en 48 estados. No es un dato menor: se trata de una estructura nacional que dependía en buena medida de fondos públicos para operar.

El proceso no comenzó ayer. Desde el primer mandato de Donald Trump se impulsaron reglas que prohibían el uso de fondos federales para organizaciones que promovieran o refirieran abortos, lo que llevó a Planned Parenthood a renunciar a 260 millones de dólares del programa Título X. Estados como Utah y Minnesota resintieron el impacto económico, y la organización comenzó a depender más de donantes privados y del cobro de cuotas por servicios que antes eran gratuitos.

En su segundo mandato, el presidente estadounidense firmó en julio de 2025 una ley que recortó formalmente el financiamiento a Planned Parenthood, lo que derivó en el cierre de aproximadamente 200 clínicas. Además, en enero de 2026 se incluyeron medidas para impedir que recibiera reembolsos de Medicaid y se amplió la llamada “Política de la Ciudad de México”, bloqueando recursos federales a organizaciones que promuevan el aborto en el extranjero. El mensaje político es claro: el dinero de los contribuyentes no debe destinarse a financiar el aborto.

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Para los defensores del derecho a la vida, estos hechos representan una victoria histórica. Para sus críticos, un retroceso en el acceso a servicios de la mal llamada salud reproductiva. Lo cierto es que el modelo financiero de la llamada “industria del aborto” enfrenta un punto de inflexión. Cuando una estructura pierde respaldo público, cierra cientos de sedes y abandona litigios clave, el término “colapso” deja de ser una consigna y empieza a describir una realidad política y presupuestal.

Más allá de la confrontación ideológica, el debate en Estados Unidos ha comenzado a incorporar con mayor fuerza una alternativa que durante años fue minimizada: la adopción. No es casualidad que incluso en uno de los escaparates mediáticos más grandes del planeta, el Super Bowl, se haya visibilizado esta tercera vía. Tal vez los pro aborto norteamericanos empiezan a entender que existe una opción distinta, una salida que protege tanto a la madre como al hijo por nacer.

¿Será que la humanidad está abriendo los ojos? Así como en su momento llegó el fin de la esclavitud tras décadas de lucha cultural y jurídica, ¿se acerca también el fin del aborto como práctica normalizada? La historia demuestra que las grandes transformaciones morales no ocurren de la noche a la mañana, pero también que, cuando comienzan a tambalearse las estructuras económicas que las sostienen, el cambio deja de ser una utopía y empieza a convertirse en posibilidad.

X: @pablomieryteran