En la política, como en la vida misma, nunca olvides a estos tres tipos de personas: a quienes te ayudaron en situaciones difíciles, a quienes te olvidaron en situaciones difíciles y a quienes te pusieron en situaciones difíciles.
Esta máxima, que bien podría ser el consejo de alguna o algún estratega antes de una elección crucial, no le pertenece en realidad a los manuales de estrategia ni a las intrigas de los palacios. Es, en esencia, la ley más pura de las relaciones humanas. Solemos mirar la política como un juego lejano de discursos y poses, pero olvidamos que su materia prima son las personas, sus lealtades y sus traiciones. La vida cotidiana opera exactamente bajo la misma lógica.
El primer grupo es el más valioso. Son los que te sostienen la mano cuando el barco se está hundiendo. En el terreno público, son esos aliados y aliadas que no te dan la espalda cuando sienten que no pueden obtener nada de ti. En lo personal, son quienes responden el teléfono por muy ocupados que están, o la familia que te apoya sin pedir explicaciones. Recordarlos no es solo un acto de gratitud, es un ejercicio de memoria indispensable para saber quién merece un lugar en tu mesa cuando los días vuelvan a ser brillantes.
Luego están los que deciden mirar hacia otro lado. Aquellos que, al notar que la marea de tu poder baja, borran tu número o se inventan excusas. Su olvido tiene una utilidad enorme, funciona como un filtro natural. Nos enseñan, con una claridad brutal, a no desperdiciar energía ni afecto en quienes solo están presentes para celebrar las victorias, pero desaparecen en las derrotas.
En tercer lugar, están quienes te empujaron al abismo. Aquellos que sembraron la trampa, te traicionaron o crearon la crisis. La sabiduría popular a veces nos pide perdonar y olvidar, pero la memoria es un mecanismo de defensa. A los terceros no hay que guardarlos con rencor, sino con la fría distancia de la experiencia. Recordarlos te vuelve más astuto, más resiliente y te enseña a leer las señales antes de que el golpe vuelva a caer.
Al final del día, tanto los escenarios políticos como nuestros propios hogares se construyen sobre estas tres verdades. No se trata de vivir con una lista negra o de cobrar facturas pendientes. Se trata, simplemente, de entender que el mapa de nuestra vida lo dibujan las acciones de los demás en nuestros peores días. Quien olvida de dónde vino y quién estuvo ahí cuando el suelo temblaba, está condenado a perderse en el camino. Por eso, aprendiendo y abrazando a quienes nunca nos soltaron, juntas y juntos impulsemos un camino basado en la verdadera lealtad, donde el agradecimiento sea nuestra guía y la memoria nuestra mayor fortaleza.
Jennifer Islas. Política y conferencista.
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