Durante décadas, el feminismo occidental ha concentrado la mayor presencia académica, mediática y digital. Es ahí donde se han producido los debates más profundos y estridentes —y también los avances más visibles— en torno a la igualdad de género, la representación política y la disputa por el poder. En contraste, las sociedades orientales han preservado, en su imaginario colectivo, estructuras clásicas de corte patriarcal donde el poder continúa siendo mayoritariamente masculino. Sin embargo, algo interesante —y profundamente revelador— está ocurriendo en Japón. Este domingo tuvieron elecciones para elegir representantes al congreso, su sistema es bastante distinto pero el momento mundial implica que los recién electos tendrán en sus manos una influencia en plenas tensiones frente a Estados Unidos.

En plena contienda parlamentaria, el país ha sido testigo de un hecho histórico: la llegada de Sanae Takaichi como la primera mujer en encabezar el gobierno nipón en octubre, una ola masiva de apoyo que se mantiene y por tanto, ha conducido a su partido a una votación favorable que promete otorgarle amplias mayorías legislativas según los últimos conteos. La ultraconservadora primera ministra no solo rompió un techo de cristal largamente reforzado por la tradición política japonesa, sino que decidió convertir su liderazgo en un plebiscito personal. Tres meses después de asumir el cargo, con niveles de popularidad inusualmente altos, convocó elecciones anticipadas a la Cámara de Representantes —la de mayor peso político dentro de su sistema— con una promesa que suena parecida a la de uno de los grandes liderazgos recientes de la política mexicana: si no obtiene mayoría, abandonará el poder... Ya saben a quién me refiero.

La campaña, la más corta del periodo constitucional japonés, ha girado en torno a su figura. Los sondeos previos ya le otorgaban una ventaja, consolidando la narrativa de una líder fuerte en un contexto económico adverso. El debate público se ha concentrado en asuntos estructurales: una economía estancada, el aumento del costo de vida que asfixia a las familias, el incremento del gasto en defensa, el endurecimiento frente a la inmigración irregular y la discusión —siempre sensible— sobre bajar o no los impuestos al consumo... Un tema interesante es el posicionamiento sobre temas nucleares y su uso bélico.

Frente a Takaichi se ha configurado un nuevo bloque opositor, resultado de la unión entre el Partido Constitucional Democrático —de corte progresista— y Komeito, antiguo socio de gobierno del partido de la primera ministra durante más de dos décadas. En su programa defienden el recorte permanente del impuesto a los alimentos y la preservación de los tres principios antinucleares de Japón: no poseer, no producir y no permitir la entrada de armas nucleares, una línea que Takaichi ha dejado abierta a revisión.

Pero más allá del tablero político y geoestratégico —tensionado además por la crisis diplomática derivada de sus declaraciones sobre un eventual conflicto armado con China para defender Taiwán—, hay un fenómeno que merece atención desde la perspectiva de género. Takaichi además de ejercer el poder, es observada, consumida y replicada como símbolo cultural. Algo que rara vez ocurre con los hombres en política.

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La prensa japonesa la describe como un “fenómeno”. Su influencia alcanza la moda, el estilo y el consumo. En una sesión parlamentaria de diciembre, mostró una pluma rosa y comentó, sin rubor, el aumento en sus ventas; lo mismo ocurrió con un bolso negro de piel, hoy agotado pese a su elevado precio. Lejos de minimizarlo, se refirió con ironía a su papel dentro del llamado “Sanakatsu”, un movimiento de admiradores —típico de celebridades musicales o deportivas como el grupo BTS— que comienza a trasladarse, de forma inédita, al terreno político.

Este desplazamiento no es trivial. Revela uno de los efectos inesperados de las redes sociales como amplificadores de poder simbólico: la política ya no se construye solo desde la ideología, sino también desde la estética, la identificación emocional y la lógica de las tendencias. Takaichi es seguida como una celebridad, más que como una figura revolucionaria.

Y, sin embargo, ahí radica la paradoja que no podemos ignorar. Japón logró romper su mayor barrera de género en el poder, pero lo hizo a través de una mujer ultraconservadora. El mensaje implícito es incómodo pero contundente y tal vez hasta obvio... para que una mujer gobierne en un sistema profundamente patriarcal, primero debe garantizar que no lo transformará demasiado.

Aun así, el hecho es político y es histórico. Demuestra que las nuevas generaciones arrastran menos estereotipos y sesgos frente al liderazgo femenino, aunque ese avance todavía deba transitar por caminos ideológicamente conservadores. El tiempo de las mujeres no llega de forma homogénea ni pura. Llega fragmentado, contradictorio, incluso adaptado a cada realidad local. Pero llega y ese cambio en el mundo, con todo y el crecimiento de liderazgos femeninos ultraderechizados o ultraconservadores también es efecto cultural del feminismo.

Y Japón, contra todo pronóstico, se ha convertido en una de sus pruebas más contundentes.

X: @ifridaita