Qué extremo vivir en la era en que las necesidades son definidas por el mercado de la moda y la estética por encima de la salud. Existe una tendencia que va a la alza para “rejuvenecer” la vulva con procedimientos estéticos que prometen “belleza” entre las piernas. Los tratamientos parten desde una lógica algo racista pues van desde blanquear la zona de muslos y entrepierna o labios mayores hasta recrear hímenes artificiales que permitan experimentar una nueva virginidad, lo que en hechos físicos se traduce en cirugías que “estrechan” el canal vaginal también mediante suturas que provocarán dolor a las mujeres, sea durante la recuperación de la cirugía, al orinar o al tener relaciones sexuales.
Las cirugías gineco estéticas responden a dos cosas compulsivas cuya existencia depende entre sí, una es la ansiedad de las mujeres por ser elegidas y cumplir cánones de belleza alimentados desde las redes sociales y otra es la urgencia de los hombres por “tener” mujeres que sean más algo. Más delgadas, más bonitas, más blancas, más jóvenes. En el fondo, la cultura de la pedofilia que le moldea el gusto a los varones diciéndoles que los cuerpos de las mujeres deben verse de una u otra manera para ser atractivos, siempre pareciendo menos adultas y mas niñas.
Es sorprendente que la medicina haya resuelto antes la estética de las vulvas que los úteros con endometriosis. La endometriosis duele y el dolor de las mujeres no tiene mercado ni tiene quién lo estudie. Tampoco hay una cura a la vulvodinia femenina pues el placer de las mujeres tampoco es el más rentable de los negocios. No hay industria que monetice la ausencia del sufrimiento femenino, pero sí la hay, y próspera, para manufacturar nuevas formas de él.
El cuerpo de la mujer es negocio solo cuando puede ser transformado en objeto de deseo ajeno, nunca cuando reclama atención para sí mismo. Que una mujer sangre durante años con dolor incapacitante es, en la lógica del capital estético, un problema privado, casi un vicio. Que sus labios sean oscuros o su vagina “ancha”, según quién sabe qué parámetro, según el gusto de quién, es, en cambio, un problema corregible, facturable. Hay algo profundamente colonial en todo esto. No solo en el blanqueamiento de la piel o en el ideal de la mucosa perfecta calcada de la pornografía anglosajona, sino en la estructura misma del deseo que estas cirugías obedecen al incorporar el mandato externo, como norma de mercado, nunca como experiencia propia. La mujer que se opera no elige desde sí; elige desde el ojo que la mira, desde el algoritmo que le mostró durante meses lo que “debería” ser, desde el novio que alguna vez dijo algo o que podría decirlo. Opera su cuerpo para no ser rechazada. Opera su cuerpo, en el fondo, para sobrevivir en un sistema que premia la docilidad física como virtud moral.
Solo de pensar en el montón de mandatos e ideas que se lanzan con el simple concepto de cirugías estéticas para las vaginas se me hace la piel de gallina. Esa cirugía le dice a las mujeres que sus inseguridades son malas pero no debe preocuparse sino trabajar para corregirlas, les dice que se miren o se toquen porque deberían hacerse la depilación láser pues el vello no es estético, el color, ni la forma, ni el tamaño lo es. Si es que algunas hubieran cargado con dudas previas sobre si su cuerpo encaja en la normalidad, estas cirugías estéticas le dirían que hay algo que corregir para hacerla más pequeña o simétrica.
Ahí está la crueldad más fina de este fenómeno y es que se vende como empoderamiento a partir de ideales inexistentes o inalcanzables, exacerbados por la terrible industria de la pornografía que ofrece ahora contenido generado o estetizado por tecnologías. Pero las cirugías se ofrecen como decisión personal cargadas de amor propio. Inclusive, como una respuesta para sentir mayor seguridad, resolver matrimonios, volver a enamorar a alguien o perder de nuevo la virginidad, esta vez con alguien que parece ser el bueno, el último. El mercado aprendió hace tiempo que la mejor manera de vender una jaula es convencer al pájaro de que la eligió y que aquella es perfecta.
No se trata de juzgar a las mujeres que pasan por estos procedimientos pues el juicio sería otro ejercicio del mismo sistema que las lleva a ellos, sino de nombrar las condiciones que fabrican esa “elección”. Nadie desea en el vacío. Nadie siente vergüenza de su cuerpo en el vacío. La vergüenza tiene autores, tiene direcciones IP, tiene rentabilidad anual. La vergüenza nos la enseñan en las burlas y memes que a menudo circulan, en los que a menudo sugieren que las vaginas de las mujeres se hacen grandes cuando han tenido demasiadas relaciones o compañeros sexuales. Como si aquel canal sagrado no fuese el camino que brinda vida y trae almas a la experiencia humana y como si a ellos el pene se les empequeñeciera después de insertarlo muchas veces o en muchas parejas sexuales.
Mientras tanto, los úteros siguen doliendo sin diagnóstico, sin presupuesto, sin urgencia institucional. Un centenar de tipos de cáncer siguen sin ser estudiados ni prevenidos ni curados. La medicina, como el mercado, atiende lo que tiene demanda solvente y eso es agotador. La demanda solvente, en el cuerpo de la mujer, siempre ha apuntado hacia afuera, hacia la superficie que otros ven, hacia lo que consumen los hombres y no hacia el interior que ella habita.
Existe una cirugía que la medicina apenas menciona y que los algoritmos no promocionan, es la reconstrucción del clítoris en mujeres que han sufrido ablación. Desde 2002, el médico francés Pierre Foldès desarrolló una técnica para exteriorizar el tejido clitoriano que sobrevive bajo la cicatriz porque el clítoris, aun mutilado, se prolonga varios centímetros por debajo de la piel y en muchos casos permanece intacto en sus raíces. Fue hasta 2022 que las investigaciones por fin concluyeron la cantidad de terminaciones nerviosas del clítoris que se integra por más de 10,000.
Los resultados documentados hablan de las primeras 866 mujeres de 3000 que recuperaron sensibilidad, placer y, con ello, algo de lo que les fue arrebatado antes de que pudieran consentir… el orgasmo. Francia reconoció este procedimiento como cirugía funcional y lo incorporó a su seguridad social en 2004. En España existe el procedimiento pero solo se practica en mujeres con nacionalidad española, excluyendo a las mujeres de África que son las principales afectadas por esta práctica que continúa viva ahí y en algunas regiones de Colombia. La cirugía contra ablaciones se logró en un órgano que no había sido mapeado del todo pero no tiene clínica privada con logo minimalista ni tiene influencer que la promocione con stories patrocinados. La himenoplastia sí. No quisiera imaginar lo que esa publicidad podría hacer en una mujer adolescente que en pleno crecimiento, comienza a pensar que su cuerpo está mal.
Esa es la cartografía moral de nuestra época en la que la cirugía que rehace el daño tiene mercado, clínica y algoritmo en tanto que la cirugía que repara el daño real, el perpetrado con cuchilla sobre niñas, mendiga financiamiento y opera en silencio negándoles el acceso a las no europeas porque si las mandan de vuelta a su país con el clítoris reconstruido, corren el riesgo de ser rechazadas. Nos han fiscalizado tanto que ahora nos fiscalizan la estética de lo que portamos entre las piernas, sin resolver nuestra salud, nuestras hormonas, nuestro eje hipotálamo-hipófisis-ovarios y sembrando una nueva inseguridad. El sistema no premia sanar a las mujeres. Premia convertirlas, una vez más, en lo que alguien más necesita que sean. Vivimos en una era en que rejuvenecer la vulva tiene protocolo clínico mientras la endometriosis tarda en promedio siete años en diagnosticarse, aquello en sí mismo ya es una declaración de valores.





