No hablo de México y el Mencho sino de lo que sucede ahora mismo en Irán, que amenaza la estabilidad mundial con potencias que salivan por detonar más de un gatillo para acompañar a quienes han abandonado el derecho internacional, optando por el acuerdo plenipotenciario de aniquilar a quien sus intereses conviene.
Lo que Occidente no ha entendido del todo sobre Medio Oriente es que la confrontación sistémica trasciende a los líderes y mantiene una raíz religiosa basada en que su texto santo es ley y sus liderazgos políticos son la cabeza de la fe. A pesar de que Donald Trump y su temerario socio Netanyahu buscan imponer un cambio de régimen, el régimen iraní vive más allá de Jamenei y sus tiranos, quienes han logrado colocarse a la cabeza apelando a la literalidad de la religión y en nombre de Dios han cometido atrocidades también.
En el debate polarizado de las derechas e izquierdas, las primeras acusan a las segundas de justificar o defender a un tirano misógino y cruel. No se han dado cuenta que lejos de Jamenei como político y persona, hay un reclamo mayor que es el deliberado acuerdo entre potencias para atacar y adentrar la guerra ignorando completamente la legislación internacional, cometiendo crímenes contra civiles, atacando escuelas, asesinando niñas. Hay una vena muy fina y de alto nivel en este debate y es que no se trata de estar contra EU o contra Israel solo por estarlo, se trata de aferrarnos a señalar que la violación al derecho internacional, el acuerdo bilateral para la guerra y la amenaza nuclear son riesgo para la supervivencia de gran parte de la población mundial y que señalarlo no puede convertirte, automáticamente, en un promotor islámico o un adorador de dictadores. Es posible estar en contra de la guerra y del abatimiento de Jamenei por su terrible significado: Para Israel y Estados Unidos, el mundo y otros países pueden pertenecerles a capricho de ataques y asaltos.
La historia contemporánea de Irán no puede leerse como una simple secuencia de provocaciones militares. Es la crónica de una confrontación estructural que, durante años, se mantuvo en la penumbra de la guerra híbrida y que hoy estalla sin límites tras los ataques conjuntos atribuidos a Estados Unidos e Israel, culminando con la muerte del líder supremo Alí Jamenei.
Pero reducir el conflicto a un duelo entre mandatarios sería un error analítico.
Recordemos que todo comenzó a reconfigurarse en 2018, cuando la administración de Donald Trump abandonó el acuerdo nuclear. La decisión no solo reimpuso sanciones sino que también reactivó una lógica de confrontación existencial, una alerta para todos sus adversarios y también para los países como el nuestro de lo que vendría. Israel intensificó sabotajes contra Irán alegando que aquel país tenía instalaciones nucleares, aun sin poderlo probar. Todo basado en supuesto espionaje o información. Así detonaron explosiones en Natanz, ciberataques, asesinatos selectivos de científicos y la guerra en la sombra se convirtió en rutina motivada por quien supuestamente mantenía diálogos, el que aspiraba a Premio Nobel de la Paz, quien supuestamente se propuso terminar con todas las guerras.
El 3 de enero de 2020, el asesinato de Qassem Soleimani marcó un punto de inflexión. Soleimani era el ideólogo y el arquitecto del entramado regional iraní, un estratega fundamentalista que brindó cohesión a su proyecto. Teherán respondió con misiles contra bases estadounidenses en Irak. La señal era lanzar mensajes en tono de advertencia al tiempo de calibrar la intensidad.
Durante los años siguientes, Israel degradó sistemáticamente a aliados clave de Teherán, como Hezbolá, y amplió su radio de acción en Siria y Líbano. La red del llamado “eje de resistencia” empezó a resentirse.
Al mismo tiempo, dentro de Irán, el descontento social crecía. A finales de 2025 y principios de 2026, estallaron otras “primaveras árabes” con una generación joven que se construye desde la estadística poblacional en la que más del 60% del país tiene menos de 30 años de edad y así salió a las calles, olvidando el miedo de sus padres y la vocación de sus mayores a obedecer la palabra de Dios, que básicamente en aquel gobierno teocrático tanto la ley como las decisiones públicas son colocadas a ese nivel y quien se atreve a cuestionarlo, no tiene derecho a vivir por la alta ofensa religiosa. El régimen respondió con dureza letal y represión, miles murieron y hubo todo tipo de prisioneros. El aparato coercitivo no vacilaría en mantenerse firme.
Cuando los ataques coordinados de Washington y Jerusalén alcanzaron su punto culminante con la muerte de Jamenei, se pensaba que al terminar con la cúspide e impulsar a la oposición, la estructura colapsará. El primer ministro Benjamin Netanyahu y Trump hablaron sin rodeos de “cambio de régimen”.
Sin embargo, Occidente suele malinterpretar la naturaleza del poder en Medio Oriente. Irán es fuerte, en términos bélicos y sociales, distinto a Venezuela. En sistemas como el iraní, la autoridad no se agota en el individuo porque la autoridad es Dios y el líder religioso que continúe será el nuevo vocero de esa voluntad, por así decirlo. Trump y Netanyahu pelean contra un Dios islámico. El texto sagrado es fundamento normativo y hablamos de personas dispuestas a morir en nombre de sus creencias, no hablamos simplemente de ciudadanía que ansía la liberación o algo parecido. La teología estructura el Estado y a pesar de que las generaciones más jóvenes buscan relevos, el sistema de mil cabezas se aferra a no morir. El líder supremo es cabeza política y guía espiritual. El régimen fue concebido para trascender personas; su diseño institucional anticipa el martirio como posibilidad.
Tan es así que el ayatola Jamenei días antes de su muerte, habría organizado líneas sucesorias. La Asamblea de Expertos debe ahora nombrar reemplazo. Entre los posibles sucesores figuran Gholam-Hossein Mohseni-Eje’i, Ali Asghar Hejazi y Hassan Jomeini según expertos en Medio Oriente. Quien mantiene el régimen es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y su red Basij que es una estructura militar-ideológica con incentivos existenciales para preservar el sistema.
Washington envía un mensaje doble: a Teherán y a sus competidores estratégicos, en particular China y a Rusia. Están dispuestos a todo. La operación comunica que Estados Unidos conserva voluntad y capacidad de proyección decisiva. Israel, por su parte, busca neutralizar definitivamente la supuesta amenaza nuclear iraní y alterar el equilibrio regional a su favor, traducido en aniquilación, como sucede en Palestina.



