Hace años, siendo muy pequeña, mi papi puso en mis manos un libro de un peso emocional incalculable: El Principito. Fue el primer libro que leí de niña, mi puerta de entrada al conocimiento, la imaginación y la cultura, ese momento era el inicio de mi identidad como lectora.

Hoy, 6 de abril, el mundo celebra un aniversario más de la publicación de esta obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry. Para muchos es un clásico de la literatura, para mí, representa a mi papi y el recordatorio de que su amor se tradujo en páginas y capítulos.

Aquel regalo no fue solo un objeto, fue un acto de “domesticación” en el mejor sentido de la palabra. Mi papi, al regalarme ese libro, me dedicó y me sigue dedicando su tiempo, su guía y su ejemplo. Hoy, siendo una apasionada de la lectura, entiendo que la pasión por los libros no se hereda por decreto, sino por contagio.

Esta experiencia personal me lleva a una reflexión necesaria sobre nuestra sociedad. Si bien el hogar es la primera biblioteca, no podemos ignorar que la lectura es también un derecho que requiere de espacios colectivos. Para que un niño o una niña descubra su propio “Asteroide B-612”, necesita tener libros a su alcance.

Es vital que, juntas y juntos, impulsemos la lectura desde la infancia, pero no como una tarea escolar obligatoria, sino como un refugio de libertad. El ejemplo es nuestra mejor herramienta: ver a las personas adultas leer es la invitación más poderosa para las y los más pequeños. Pero el ejemplo no basta si no hay acceso.

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Necesitamos, con urgencia, más lugares públicos y gratuitos donde la gente pueda simplemente sentarse a leer y llevarse historias a casa. Bibliotecas vivas, parques con estanterías abiertas y centros culturales en cada barrio. La cultura no puede ser un privilegio de quienes pueden pagarla, debe ser el aire que respiramos en nuestras plazas.

Como bien dice el Principito, “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. Tal vez lo más esencial que podemos construir como sociedad son esos hilos invisibles que se tejen cuando un niño, una niña abre un libro por primera vez.

Gracias a mi papi, mis hermanos y yo, encontramos el camino en las letras. Hagamos que cada niño, cada niña sin importar el lugar donde se encuentre, tengan la misma oportunidad de encontrar el suyo.

Con profundo amor a mi papi: mi Principito