El PRI, desde hace muchos años, ha perdido esa cercanía que mantuvo con los principales sectores y las organizaciones sociales. Para resumir la hecatombe que viven, han pulverizado prácticamente todas las alianzas que lo llevaron a consolidarse a lo largo de muchas décadas. Por ello, muestran tanto desasosiego en el tipo de declaraciones que poco a poco han ido escalando de tono. Es verdad: Alejandro Moreno es una personalidad con mucho carácter; sin embargo, de poco ha servido porque no ha sabido aprovechar las coyunturas que ha tenido a su favor. Una de ellas, desde luego, fue haber acotado la posibilidad de que la democracia participativa reinara en sus bases. Rechazó la idea de que hubiese cambio de dirigencia y, con un golpe contundente, cambió los estatutos a través del Consejo Nacional: máximo órgano para tomar decisiones. Fue una de las peores determinaciones, ya que, en consecuencia, eso ha ido acelerando el hundimiento ahora que su militancia se ha reducido significativamente. Un dato desalentador para ellos, ahora que se están tejiendo las posibles alianzas, es que pondrán a prueba su capacidad compitiendo solos en las elecciones intermedias del 2027.

Y tan hundido está el barco que, en esa lógica, se anticipa el peor escenario para el PRI ahora que ha caído a la quinta posición como fuerza política de México. Es un derrumbamiento sistemático que, de no atenderse, está destinado al mismo sendero que el PRD. La insistencia compulsiva de Alejandro Moreno por construir un bloque de partidos ha hecho visible la desesperación que vemos todos. Podrán decir que hay pundonor y brío; sin embargo, predomina más el descrédito y el estigma de la corrupción que arrastra el PRI desde hace décadas. Esa es la cruda realidad que no quieren aceptar, mucho más ahora que intentan sanar las heridas que han dejado en el pasado. Basta recordar el listado de atrocidades que sucedieron en espacios públicos. Eso no anima a nadie a creer en las reestructuras que han dicho poner en práctica. Tanto ha sido el daño a los acontecimientos históricos que hoy, para mala fortuna de ellos, la gente les ha cobrado factura en las propias urnas.

Es para alarmarse: el PRI ha caído a la quinta posición como fuerza política de México. De igual forma, ha reducido el número de militantes que han buscado refugio en otras expresiones. El simple hecho de perder fuerzas al interior merma las aspiraciones que hay a futuro, sobre todo ahora que el PRI se ha quedado sin aliados. Efectivamente, el tema ha vuelto a los reflectores de la prensa y las principales redes sociales. Alejandro Moreno, desde muchas posiciones, ha realizado una invitación a todos los opositores. Ante esa negativa, desde luego, podemos decir que ha quedado anulada toda posibilidad de construir una coalición. La lógica diría que la suma de partidos aporta sustancialmente; sin embargo, no es el caso de la derecha que, dentro y fuera, restó adeptos a su causa. La simple idea de aliarse resultó un fallido intento que se vio reflejado en los resultados finales. Fue muy ingenuo pensar que eso, como tal, sería necesario para acotar el dominante paso de Morena y el proyecto de la cuarta transformación.

Es simple: la gente no creyó en ellos, más allá de que Xóchitl Gálvez fue una mala apuesta. Sirvan de ejemplo los porcentajes del resultado final que oficializó el INE. De hecho, ese golpe tan contundente los dejó en condiciones de vulnerabilidad, quedando muy por debajo de los pronósticos que habían realizado. Eso habla de que la sociedad mandó señales claras que, tal vez, el PAN sí supo capitalizar al desmarcarse públicamente del PRI. El propio Jorge Romero, que se apresuró a cerrar la puerta a toda coalición, ha mencionado una y otra vez que no hay acercamientos. El balance de la pasada elección, sin ir más lejos, dejó rupturas y un mal sabor de boca. Se ve hasta en las propias declaraciones y las rabietas que se hacen en las mesas de análisis. Lo anterior tiene que ver con las posturas que realizan desde el legislativo federal. PRI y PAN, en sí, representan lo mismo; es decir, el anacronismo del viejo régimen que dañó tanto el orden constitucional como sus instituciones del Estado. Hoy, con esa enorme losa que cargan sobre sus hombros, no juegan prácticamente a nada. Sus desdibujados liderazgos no solo han perdido la brújula, sino hasta el propio oficio político que hay que imprimir siempre. Lo que más le conviene al PRI, dada la perspectiva, es no entrar tanto al encontronazo frontal. No veo, por ejemplo, esas acciones territoriales de acercamiento que prometieron con la gente. Aparecen donde mismo, encumbrados en ese fuego cruzado de palabras que, en el peor de los casos, los afecta más a ellos.

Ahora que están arrinconados y contra las cuerdas, al PRI solo le queda esperar ese triste camino que ya experimentó el PRD. Están condenados al final, sobre todo ahora que están envueltos en la soledad, máxime ahora que son solamente espectadores de lo que acontece en el clima electoral y político de México. Después de todo, se están cumpliendo los pronósticos que siempre hizo la sociedad. Ellos mismos, a propósito, son los que han despojado al Revolucionario Institucional de aquellas grandes concentraciones cuando realmente era una fuerza dominante. Todo eso se acabó. Las estructuras se disolvieron hasta convertirse en minorías que hoy suplican una política de alianzas a través de una narrativa disruptiva. Ya nadie, ni siquiera el PAN, se identifica con ellos.

Quienes sí entendieron a la perfección el mensaje de la población, se notó, fue el partido de Movimiento Ciudadano. Hoy, por encima de muchas expresiones, representan la tercera fuerza de México.