No se trata de un juego de palabras. Es uno de los escenarios posibles para el mundo que se está reconfigurando dolorosamente.
Si asumimos que en la conocida obra cinematográfica el poder de los Estados Unidos se disuelve debido a la implosión interna forzada por los extremistas y fundamentalistas bélicos y sus extravíos, en escala global la trama que estamos observando es parecida.
Los “simios humanizados” que se revelan al colonialismo y la opresión unilateral están por todos lados, conforman la súper-mayoría de la población mundial y ahora se alinean en la vanguardia moral retadora como parte de los BRICs y decenas de potencias bajas y medias que proponen un sistema internacional más equilibrado, garantizado y justo.
Si el arte preludia la realidad, la tercera entrega de El Planeta de los Simios advierte la aceleración del declive de la potencia norteamericana que en su desesperación intenta por la fuerza extirpar sus contradicciones domésticas e implantar duras condiciones a sus propios aliados externos.
No se trata de una línea de acción inédita. En general, los gobiernos republicanos en los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, y el primer cuarto del XXI, se han inclinado por el esencialismo y el imperialismomonocultural a costa de la diversidad y la inclusión, estas últimas preferidas por el partido demócrata con todo sus riesgos a cambio de asegurar un puente sostenible hacia el futuro.
En nuestros días, Trump ilustra con nitidez aquella posición y frente a ella comienzan a perfilarse las reacciones respectivas.
De un lado, Trump rompe con el idealismo institucionalizado a partir de la segunda posguerra conforme al cual, sociedades, estados y comunidad internacional democráticas con derechos individuales y sociales garantizados eran posibles para asegurar la utopía kantiana de la paz perpetua.
Del otro, el propio Trump plantea asumir una forma de neorrealismo pragmatista que coloca la pretensión de los principios y fines neokantianos en la balanza de los intereses materiales y capacidad de influir para sostener el modo de vida liberal en su versión más radical conservadora.
Esa lógica confronta las justificaciones idealistas consideradas falsas, dañinas y perjudiciales para aquel efecto, por lo que deben ser reconvertidas o destruidas.
El discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, encontró eco precisamente por fundarse en un idealismomás práctico que, a su vez, debe acelerar sus reconsideraciones frente al neorrealismo pragmático.
Frente a tan poderosos paradigmas en conflicto, los “simios” de todo el Sur, incluidos los que sobreviven en los centros del Norte, ya Minneapolis o California, intentan fundamentar con sus propias filosofías y prácticas, sus estrategias y acciones.
De la dinámica compleja entre esos tres grandes planteamientos y sus variantes se alimentará el nuevo orden mundial.



