Toda época termina dejando una enseñanza. Algunas dejan avances científicos. Otras dejan transformaciones económicas. Algunas son recordadas por sus guerras. Otras por sus descubrimientos. La nuestra podría terminar siendo recordada por una lección mucho más simple y al mismo tiempo mucho más inquietante: ninguna sociedad puede vivir indefinidamente sustituyendo la verdad por los aplausos.
Durante años, en distintas regiones del mundo, prosperó una forma particularmente peligrosa de entender la política. No fue exclusiva de una ideología. No perteneció a una sola nación. No distinguió entre derecha e izquierda. Tampoco entre democracias y regímenes autoritarios. Se manifestó bajo múltiples rostros, discursos y banderas, pero siempre conservó la misma esencia: la exaltación de la lealtad por encima de la capacidad, de la obediencia por encima del criterio, de la propaganda por encima de los hechos y de la adulación por encima de la verdad.
La sicofancia política no es un fenómeno nuevo. Ha acompañado al poder desde que existe el poder. Los emperadores la conocieron. Los monarcas la padecieron. Los caudillos la aprovecharon. Los dictadores la institucionalizaron. Sin embargo, pocas veces había alcanzado dimensiones tan visibles y tan sofisticadas como en las últimas décadas. La combinación de propaganda permanente, comunicación instantánea, redes sociales, polarización política y culto a la personalidad permitió que millones de personas fueran expuestas diariamente a versiones cuidadosamente diseñadas de la realidad. No importaba tanto lo que ocurría. Importaba lo que se decía que ocurría. No importaban tanto los hechos. Importaban las narrativas.
Y durante algún tiempo pareció funcionar.
Muchos dirigentes comenzaron a creer que la popularidad podía sustituir a la competencia. Que los aplausos podían sustituir a los resultados. Que la lealtad personal podía sustituir a las instituciones. Que los expertos eran prescindibles. Que las advertencias eran exageraciones. Que los críticos eran enemigos. Que la realidad terminaría adaptándose a los deseos del poder.
La historia demuestra que esa suele ser una ilusión extraordinariamente costosa. Napoleón creyó que su voluntad podía imponerse a la geografía. Hitler creyó que podía imponerse a la realidad militar. Stalin creyó que podía imponerse a la verdad. Mao creyó que podía imponerse a la economía. Numerosos gobernantes contemporáneos han creído que pueden imponerse a los hechos. Pero la realidad posee una característica que los aduladores olvidan con demasiada frecuencia: puede ser ignorada durante algún tiempo, pero jamás derrotada de manera permanente.
Por eso, comienzan a multiplicarse las señales de agotamiento. Sociedades polarizadas. Instituciones debilitadas. Ciudadanos cada vez más desconfiados. Economías sometidas a tensiones innecesarias. Liderazgos encerrados en cámaras de eco donde las advertencias desaparecen y los aplausos se convierten en la única música que se escucha. El problema ya no consiste únicamente en identificar los errores. El verdadero desafío consiste en corregir las consecuencias.
Y ahí aparece la gran pregunta de nuestro tiempo.
¿Qué viene después de los aduladores?
Porque los aduladores son extraordinariamente eficaces para acompañar ascensos. Son útiles para construir relatos. Son hábiles para fabricar unanimidades artificiales. Son expertos en alimentar egos y consolidar liderazgos personalistas. Pero casi siempre resultan inútiles cuando llega el momento de resolver problemas reales. Los aplausos no equilibran presupuestos. Los elogios no fortalecen instituciones. La propaganda no sustituye a la educación. La obediencia no reemplaza al conocimiento. Las consignas no corrigen errores estratégicos.
Tarde o temprano llega el momento de reconstruir.
Y reconstruir exige exactamente lo contrario de aquello que hizo prosperar a los aduladores.
Exige escuchar.
Exige debatir.
Exige aceptar discrepancias.
Exige admitir errores.
Exige recuperar el valor de la crítica honesta.
Exige volver a distinguir entre lealtad y servilismo.
Exige recordar que las instituciones importan más que los individuos y que las naciones son demasiado importantes para depender exclusivamente del carácter, el humor o las obsesiones de un solo hombre.
Por eso, la discusión que comienza a abrirse en distintos países trasciende nombres y partidos. En Estados Unidos ya no se trata solamente de Donald Trump. Se trata también de qué harán quienes aspiran a conducir el país después de él. Gavin Newsom, Xavier Becerra, los gobernadores demócratas, antiguos liderazgos nacionales como Barack Obama, figuras con enorme influencia social como Michelle Obama, organizaciones civiles, universidades, sindicatos, empresarios y medios de comunicación enfrentan una responsabilidad histórica que va mucho más allá de una elección. La verdadera tarea consiste en reconstruir confianza, fortalecer instituciones y demostrar que existe una alternativa seria a la política de la confrontación permanente.
Lo mismo ocurre en Europa. Lo mismo ocurre en América Latina. Lo mismo ocurre en numerosas democracias donde la polarización se ha convertido en una forma cotidiana de gobierno. El desafío ya no consiste únicamente en derrotar a determinados líderes. Consiste en evitar que sobrevivan las condiciones que hicieron posible su ascenso. Porque los hombres pasan.
Los movimientos permanecen.
Los gobiernos pasan.
Las consecuencias permanecen.
Las campañas terminan.
Las fracturas sociales permanecen.
Y las heridas provocadas por años de propaganda, enfrentamiento y simplificación no desaparecen automáticamente cuando cambia un nombre en una boleta electoral.
Por eso, el mundo después de los aduladores será necesariamente más complejo que el mundo que ellos ayudaron a construir. Exigirá menos consignas y más reflexión. Menos fanatismo y más criterio. Menos obediencia ciega y más participación ciudadana. Menos culto a la personalidad y más respeto por las instituciones. Menos cámaras de eco y más contacto con la realidad.
No será una tarea sencilla.
Nunca lo es.
Las sociedades tardan años en reconstruir la confianza que otros destruyen en meses. Las instituciones requieren décadas para consolidarse y apenas unos cuantos años para deteriorarse. La credibilidad pública es difícil de conquistar y extremadamente fácil de perder.
Sin embargo, la historia también ofrece motivos para el optimismo. Alemania logró reconstruirse después de una devastación moral y material casi absoluta. Japón hizo lo propio. Europa transformó siglos de guerras en espacios de cooperación. Numerosas sociedades lograron corregir errores que en su momento parecían irreversibles. Los pueblos pueden aprender. Las instituciones pueden fortalecerse. Las democracias pueden renovarse.
Pero nada de eso ocurre por inercia.
Ocurre cuando suficientes personas comprenden que la verdad sigue siendo más útil que el aplauso.
Que la crítica honesta sigue siendo más valiosa que la adulación.
Y que ningún líder, por poderoso que parezca, es más importante que la realidad.
Porque los aduladores siempre prometen que el líder resolverá todos los problemas.
La historia demuestra exactamente lo contrario.
Tarde o temprano los líderes pasan.
Los aduladores desaparecen.
Las consignas se desgastan.
Los aplausos se extinguen.
Y entonces llega el momento más difícil de todos: reconstruir la realidad.
Porque después del fracaso de la sicofancia política, el desafío ya no consiste en encontrar un nuevo líder.
Consiste en volver a encontrar la verdad.
Opinionsalcosga23@gmail.com
En X: @salvadorcosio1



