REFUTACIONES POLÍTICAS
El pensamiento crítico contemporáneo ha tenido que acuñar nuevas categorías para explicar la aparente paradoja de las democracias de fin de siglo: regímenes formalmente abiertos a la competencia electoral, pero materialmente clausurados al cambio social.
Pensadores como Chantal Mouffe, Jacques Rancière y Slavoj Žižek, acompañados por sociólogos como Colin Crouch con su noción de posdemocracia, desentrañaron este fenómeno bajo el concepto de pospolítica. En su núcleo analítico, la pospolítica designa la sustitución del conflicto ideológico y la soberanía popular por una gestión tecnocrática, consensuada y supuestamente neutra de los asuntos públicos. No supone la desaparición del aparato estatal, sino la neutralización deliberada de lo Político con P: la cancelación de la disputa distributiva y la proscripción de cualquier proyecto antagónico que cuestione los consensos del capital global.
Bajo este prisma teórico, la experiencia mexicana entre 1988 y 2018 constituye un caso paradigmático de gatopardismo pospolítico. Durante tres décadas, la narrativa oficial y la academia ensalzó la transición democrática como una gesta cívica intachable sustentada en la creación de árbitros electorales independientes, leyes de transparencia y una vistosa alternancia en el Poder Ejecutivo. Sin embargo, detrás de ese andamiaje procedimental operó una rigurosa clausura: modificarlo todo en las formas institucionales para que nada cambiara en la estructura real del poder económico.
A partir de la fractura de 1988 y la posterior firma del TLCAN, las decisiones sustantivas sobre salarios, régimen fiscal, soberanía y política energética fueron sustraídas de la deliberación democrática y popular. Se elevaron al rango de dogmas técnicos incuestionables dictados por la ortodoxia financiera y jurídica. Para blindar este consenso frente a la voluntad popular, se erigió una densa red de órganos constitucionales autónomos y se sobreestimó el arbitraje de tribunales no electos como la Suprema Corte de Justicia, configurando una auténtica jaula de hierro diseñada para descalificar cualquier disenso estructural como una ocurrencia antitécnica o una amenaza a la certeza jurídica.
Así, desde el poder económico y la nueva academia, se perfeccionó la alternancia sin alternativa que denunciaba Mouffe: los relevos en el gobierno durante los años 2000 y 2012 no alteraron un solo milímetro las coordenadas macroeconómicas. La contienda interpartidista devino en una disputa gerencial entre facciones que compartían el mismo horizonte ontológico (PRI y PAN), cuya apoteosis fue el Pacto por México, donde las cúpulas partidarias firmaron la defunción de la controversia ideológica para consumar la entrega de los sectores estratégicos del país.
Pero, como a toda estrategia de poder, no le bastó su aplicación institucional, sino que era necesario trasladarla al campo de la enseñanza, a la formación de una nueva convicción política que terminó cambiando los libros de texto de Derecho, Ciencia Política (ahora Administración Pública), Sociología y Economía en las Universidades.
El saldo de este consenso tecnocrático no fue la modernidad incluyente prometida, sino una profunda precarización de la vida pública, la concentración extrema de la riqueza y la degradación del debate a un moralismo, que redujo los agravios estructurales a meros problemas de opacidad o corrupción individual.
La pospolítica mexicana asumió que sofocar el conflicto equivalía a erradicarlo. No obstante, al cerrar los canales institucionales para dirimir la confrontación legítima entre visiones opuestas de Nación, el régimen tecnocrático no pacificó a la sociedad; únicamente incubó la fuerza de ruptura que terminaría por fracturar su ficción consensual.
Por ello cuando hoy en día, la pospolítica y el neoliberalismo ya no son el paradigma dominante de la vida pública en México, y se vive un renacimiento de la Política (con P), los viejos actores del gatorpardismo reclaman con estridencia la reivindicación de la Democracia sin demos, del “Pueblo sin Atributos” como diría Wendy Brown.
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