Vivimos en un mundo obsesionado con la apariencia. Caminamos por la calle, navegamos por las redes sociales, vamos a reuniones, y parece que el físico de los demás es de dominio público. Se lanzan comentarios sobre si alguien subió de peso, si está demasiado flaco, o si su rostro luce cansado. Casi siempre se hace desde una supuesta “preocupación” o como un simple comentario al pasar. Estas palabras no son inocuas. Alimentan inseguridades y transforman los cuerpos en campos de batalla emocionales, especialmente en adolescentes.

Cada silueta carga con una historia invisible. Detrás de una fluctuación de peso o de un cambio físico puede haber una batalla, un proceso de duelo, problemas de salud mental, desajustes hormonales o simplemente el paso del tiempo. Nadie conoce el contexto ajeno. Opinar sobre el físico de otra persona es un acto de soberbia que reduce toda la complejidad de un ser humano a su físico. Es momento de entender que “si no es tu cuerpo no tienes porque opinar, que si nada bueno tienes que decir es mejor callar”.

La verdadera empatía comienza por el silencio respetuoso. Necesitamos mudar la conversación hacia las ideas, los sentimientos y las acciones que realmente nos definen. Dejemos de juzgar, aprendamos a mirar a los ojos para conectar con la esencia. Urge transformar cada entorno en un refugio seguro, un espacio donde nadie se otorgue el derecho de examinar la anatomía ajena desde un pedestal de falsa perfección. Para construir esa sociedad más libre y compasiva, juntas y juntos impulsemos un entorno donde la norma sea el respeto absoluto y la aceptación mutua.

Jennifer Islas

Feminista, política y conferencista

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