El mal del proteccionismo que busca imponer en Estados Unidos, Donald Trump, y que es seguido por otros gobiernos —particularmente el de México—, es que pone en riesgo la viabilidad comercial y económica con costos altísimos para la sociedad.

Con la experiencia que lo respalda en comercio internacional, Kenneth Smith, quien fuera jefe de las negociaciones por parte de México del T-MEC, lo explicó con contundencia: “El gobierno de Estados Unidos se jacta de haber recaudado 131 mil millones de dólares en aranceles. Traducción: los ciudadanos estadounidenses que importan mercancías desembolsaron esa cifra. Los aranceles son un impuesto al consumo estadounidense, ya sea que se lo traguen las empresas importadoras o que trasladen el costo al consumidor final. La idea de Trump de que al cerrar su economía sustituirá la caída de importaciones con producción nacional y generación de empleo es totalmente ficticia. El viraje al proteccionismo no generará un auge manufacturero en EE.UU. La única manera de competir con éxito frente a China es fortalecer la integración en Norteamérica a través del T-MEC y así aumentar la competitividad regional”.

El diagnóstico es aplicable también a México. El país ha comenzado a recorrer el mismo camino, cerrando la economía bajo la promesa de que podrá producir todo con empresas nacionales y un marco legal discrecional que favorece a las compañías afines al gobierno.

No es soberanía, es proteccionismo

Con un discurso que apela a la “soberanía económica”, Claudia Sheinbaum ha delineado una política comercial basada en el proteccionismo y en la rectoría absoluta del Estado en sectores estratégicos.

La narrativa se vende como defensa del interés nacional frente a las presiones externas, en especial de Estados Unidos y de las multinacionales. Sin embargo, lo que en apariencia es un escudo,puede convertirse en un lastre que frene la competitividad, limite la inversión extranjera y agrave la precariedad económica del país.

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El proteccionismo que propone para justificar restricciones a las importaciones y el fortalecimiento artificial de las empresas estatales, no es una idea nueva. Fue el sello de la economía cerrada de los años setenta que dejó como herencia rezago tecnológico, industrias ineficientes y un mercado interno incapaz de sostener el crecimiento.

Hoy, la “Cuarta Transformación” busca revivir ese modelo, pero lo hace en un mundo donde la integración y las cadenas globales de valor son indispensables para aspirar al desarrollo.

Uno de los principales riesgos de este viraje es el deterioro de la relación con los socios del T-MEC.

Las medidas restrictivas en sectores como la energía y los alimentos ya han generado fricciones con Washington y Ottawa, que acusan a México de incumplir los compromisos de libre competencia. Un giro más profundo hacia el proteccionismo podría desatar paneles de controversia, sanciones económicas e incluso, represalias comerciales que afectarían a las exportaciones hoy concentradas en el mercado estadounidense.

Competencia no es voracidad

El argumento de que el Estado debe proteger a la industria nacional frente a la voracidad extranjera ignora un hecho elemental: la competitividad no se decreta, se construye. Cerrar la puerta a la competencia solo prolonga la dependencia de subsidios, el atraso tecnológico y el encarecimiento de productos para los consumidores.

Si el proteccionismo de Sheinbaum se consolida, el ciudadano común lo resentirá en el bolsillo: alimentos más caros, energía ineficiente, servicios limitados y empleos menos competitivos.

La retórica de soberanía económica suele disfrazar una realidad incómoda: el proteccionismo se convierte en instrumento político. Favorece a grupos empresariales cercanos al poder, perpetúa monopolios estatales y otorga rentas extraordinarias a burocracias ineficientes. Lejos de democratizar la economía, concentra privilegios y restringe la innovación. En ese escenario, México corre el riesgo de repetir ciclos de simulación y corrupción de décadas pasadas.

Otro elemento preocupante, es la falta de experiencia en el frente negociador del T-MEC, donde perfiles inexpertos en puestos clave, debilitan la posición de México en un terreno altamente técnico.

La militarización de las aduanas es otro reflejo del enfoque equivocado: se privilegia el control político sobre la capacidad profesional. Existen casos excepcionales, como el trabajo de la Agencia Nacional de Aduanas en el puerto de Lázaro Cárdenas, que logró decomisos millonarios y reforzó la supervisión. Pero esos resultados puntuales no sustituyen una política comercial clara, coherente y eficaz.

La disyuntiva

El nearshoring y la relocalización de cadenas de suministro ofrecen laoportunidad para consolidar al país como plataforma de manufactura y servicios, sin embargo, se diluye con la insistencia de levantar muros al comercio y cerrar la economía bajo pretextos nacionalistas.

La pregunta es si el país quiere regresar al espejismo del nacionalismo económico de hace medio siglo o prefiere apostar por una integración inteligente al mercado mundial que respete la competencia, fortalezca el Estado de derecho y genere desarrollo sostenible.

Lo primero alimenta discursos y lealtades políticas; lo segundo exige visión, pragmatismo y capacidad de gobernar con responsabilidad.

El proteccionismo no solo amenaza a la economía, también erosiona la democracia. Un Estado que controla la producción, los precios, las importaciones y las exportaciones termina controlando la vida de los ciudadanos.

Lo que hoy presentan como soberanía económica puede transformarse en autoritarismo económico. México está a tiempo de evitarlo, sin caer en el chantaje Chino y colaborando con el vecino, pero cada día que avance en esa dirección, el costo de corregir será más alto y el daño, más profundo.

X: @diaz_manuel