“Los Titanes —seis hombres y seis mujeres— se rebelaron contra su padre, Urano, tomaron el control del universo y gobernaron bajo el mando de Cronos… hasta que Zeus los derrocó.
En Durango, en cambio, Los Titanes cantan ‘El Prostipirugolfo’.
La mitología, como la política mexicana, siempre termina en traición, venganza y canciones que nadie pidió”.
REFLEXIÓN
El timing es impecable. De bisturí.
Alejandro Gertz Manero deja la Fiscalía General de la República, cruza el Atlántico como flamante embajador de México en el Reino Unido y, casi al mismo tiempo, aparece el libro de Julio Scherer Ibarra: Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder. En política no hay casualidades. Hay avisos. Y este viene con acuse de recibo.
Quien crea que se trata solo de un pleito de egos se equivoca de género. Esto no es un drama personal; es una guerra de poder con capítulos atrasados. Vanidades hay, sí, pero también cuentas pendientes. Ninguno de los protagonistas es una víctima inocente, y el libro de Scherer será diseccionado por todos los aludidos. Pero sobre todo por uno: Alejandro Gertz Manero, cuyo rencor hacia Scherer no se oculta ni se disimula; se administra, así sea a la distancia…
El libro podrá ser interesante, incluso certero en algunos pasajes. La venganza —lo saben bien ambos— se cocina lento y se publica con prólogo. Las personas mencionadas (hasta ahora: Olga Sánchez Cordero, Gertz Manero, Jesús Cuevas) ya preparan la defensa estándar: Scherer miente, exagera, acomoda los hechos. El clásico “yo no fui”, pero con pasta dura.
Scherer acusa una confabulación entre Olga Sánchez Cordero y Gertz Manero para perseguirlo mediante un modus operandi extorsivo. Y, de paso, le deja un golpe seco a Andrés Manuel López Obrador al recordar que el tabasqueño le advirtió que, al dejar el gobierno, “lo iban a buscar”.
La frase es clave. López Obrador no prometió respaldo. Avisó abandono.
Y eso dice mucho más del expresidente que del autor. Scherer nunca fue amigo; fue funcional. Basta comparar ese desdén con el celo con el que sí protegió al director de Segalmex cuando apareció un faltante superior a los 18 mil millones de pesos. En la 4T, la lealtad no se gana: se utiliza.
No sé si el libro de Scherer se venda más que los del propio López Obrador. Lo que sí es evidente es por qué se comprará: no por la prosa, sino por el morbo político. Para buscar las fracturas de la 4T, las cloacas internas y el prometido duelo de titanes. Una furia que puede salpicar a muchos… excepto, hasta ahora, a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Y ahí está el dato incómodo: este duelo le conviene a Palacio.
Primero, porque los golpes se los dan entre ellos.
Segundo, porque las corruptelas del sexenio pasado empiezan a salir narradas por los propios protagonistas.
Tercero, porque ese fuego cruzado le permite depurar, desplazar o empequeñecer figuras de la 4T sin ensuciarse las manos.
La venganza es el motor. Ni Scherer, ni Gertz Manero, ni los demás mencionados saldrán limpios. Ninguno tiene expedientes inmaculados. Y como el odio es mutuo, vendrán los bandos, las filtraciones, los documentos selectivos y los “trascendidos” casuales.
Esto apenas empieza. Va a escalar.
Y cuando escale, no solo aparecerán más nombres, sino más cifras. Scherer ya habla de casi 27 mil millones de pesos. Sería ingenuo pensar que ese es el techo.
El libro llega a librerías el día 11 de este mes. Pero la verdadera historia no está en sus páginas. Está en lo que se van a empezar a aventar unos a otros.
Porque cuando los titanes de la 4T se pelean, no cae el régimen: se desnuda. Y eso, para algunos, puede ser peor.
Giro de la Perinola
En esta historia nadie gira por azar.
Gira el que tiene algo que esconder y empuja el que necesita que otros caigan primero.
Scherer lanza el libro cuando Gertz ya no está para responder desde el poder, pero sí lo suficientemente lejos para no mancharse. Gertz se va a Londres cuando la Fiscalía ya no le sirve como escudo, pero sí como archivo. Olga Sánchez Cordero guarda silencio, que en la 4T suele ser sinónimo de negociación en curso.
Y mientras los titanes se despedazan, la perinola cae siempre del mismo lado: “toma todo...“, pero no para el lector, sino para quien gobierna hoy.
Sheinbaum no pelea, observa. No filtra, deja filtrar. No acusa, deja que se acusen.
La 4T no se rompe por la oposición.
Se astilla por exceso de memoria.
Y esta vez, la venganza no viene de fuera. Viene encuadernada.



