“El mundo no cambia cuando enfrenta la verdad; cambia cuando acepta que la verdad duele.”

Octavio Paz

“El monstruo que se destruye desde fuera rara vez renace con libertad desde dentro.”

Reflexión

Este 3 de enero de 2026 podría quedar inscrito como el día en que la frontera entre intervención y guerra abierta dejó de ser una línea borrosa para convertirse en un hecho consumado. Son momentos en los que conviene volver a La caída de los gigantes, de Ken Follett; a John le Carré y El espía que surgió del frío; o incluso a Clandestino, de Manu Chao, por aquello del Estado debilitado y las fronteras que se diluyen cuando el poder colapsa.

Donald Trump afirmó que fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa, y los extrajeron de Venezuela tras una operación militar de gran escala. Hubo explosiones en Caracas, ataques a infraestructura militar y una respuesta inmediata del gobierno venezolano denunciando una “agresión militar” y decretando estado de emergencia. Si el hecho se confirma plenamente, no estamos ante un episodio aislado, sino ante el punto de ebullición de tensiones acumuladas durante meses.

Venezuela es un régimen que nunca terminó de caer. Desde el chavismo, el país ha vivido una combinación persistente de autoritarismo, erosión institucional y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Maduro, con particular desparpajo en los últimos años, se ha llenado la boca invocando la Carta Democrática mientras la ha violado una y otra vez. Oposición perseguida, elecciones vaciadas de credibilidad, millones de venezolanos expulsados por la miseria y el miedo. Nada de esto justifica automáticamente una intervención extranjera ni una captura extraterritorial, pero explica —y conviene no olvidarlo— por qué el conflicto no surge de la nada.

El chavismo construyó su longevidad mezclando control interno con una narrativa de resistencia al “imperialismo”. El resultado fue un régimen cuya legitimidad dejó de depender de su población y pasó a anclarse en la existencia de un enemigo externo, real o conveniente, particularmente Estados Unidos. Gobernar ya no era convencer; era resistir.

Lo ocurrido hoy es algo más que un operativo militar: es un acto de política mundial. Estados Unidos llevaba meses escalando su presión sobre Caracas: interdicciones marítimas bajo el argumento del narcotráfico, despliegue militar visible y una retórica cada vez menos ambigua sobre la “amenaza” que representaba el régimen de Maduro. Desde Washington, la acción se presenta como una victoria contra el narco-terrorismo y el cierre de un ciclo autoritario. Conviene decirlo sin rodeos: ninguna potencia ejecuta una operación de esta magnitud por accidente ni únicamente por drogas. Hay cálculo estratégico, demostración de fuerza y una puesta en escena global muy propia del trumpismo.

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Estamos, guste o no, ante una alteración profunda de las reglas del juego. Un Estado soberano atacado en su territorio, sin declaración formal de guerra y sin mandato multilateral explícito. ¿Ruptura del orden internacional o su versión más descarnada? La vieja tensión entre soberanía y “responsabilidad de proteger” vuelve a aparecer, esa tesis moral que siempre se aplica de forma selectiva y según el tamaño del actor que la invoca.

La comunidad internacional tendrá que definirse. ONU, organismos regionales, gobiernos que durante años oscilaron entre el silencio prudente y la condena tibia. ¿Respaldar, condenar, normalizar? Cada postura tendrá costos. Pero quizá lo más delicado no esté fuera, sino dentro de Venezuela.

Porque la reacción interna será todo menos ordenada. El chavismo no desaparece con la extracción de su líder. Durante años, el régimen armó, adoctrinó y organizó a decenas de miles de milicianos bolivarianos; conserva lealtades dentro de las Fuerzas Armadas y cuenta con redes de inteligencia —incluida la cubana— que no se disuelven por decreto. La captura de Maduro, al parecer sin derramamiento de sangre, apunta más a la desmoralización del aparato de poder que a una ocupación. Pero cualquier intento de imponer un nuevo orden sin desmovilización, reconciliación y reconstrucción política está condenado al conflicto. Guerra urbana, insurgencia, resistencia violenta: escenarios plausibles, no exageraciones.

El efecto dominó regional tampoco es menor. América Latina entra en una fase de realineamientos incómodos. Gobiernos que evitaron durante años confrontar a Caracas deberán explicar su silencio. Otros, que apostaron por salidas internas graduales, verán cómo su narrativa pierde peso. Migración, comercio, cooperación militar: todo se reacomoda.

Y ahí aparece la paradoja central. El remedio puede convertirse en la enfermedad. Una operación diseñada para cerrar un ciclo autoritario puede intensificar la polarización global, reforzar nacionalismos, justificar nuevas represiones y legitimar liderazgos que prosperan en el caos. Incluso sin botas estadounidenses sobre el terreno, la escalada erosiona principios del derecho internacional que costó décadas construir.

Así que no: ni salvación automática ni catástrofe predeterminada. Si el anuncio de Trump se confirma como definitivo, el problema venezolano deja de ser un asunto interno para convertirse en un detonante sistémico. Muchos celebrarán el fin de una de las dictaduras más longevas de la región. Pero son pocos los escenarios que garanticen una transición pacífica, legítima y duradera sin un proceso político incluyente.

Porque derrocar un régimen es relativamente fácil. Construir una sociedad de derechos, después de años de miedo, polarización y heridas abiertas, es otra historia. Y suele ser la más difícil.