México goza de muchos deportes nacionales; ninguno reconocido por la FIFA.
Uno es el clásico de “me meto tantito en la fila porque ya casi abren”.
Otro es el de “ahorita te deposito” con prórroga indefinida.
Y por supuesto está el favorito de la temporada: jugar todos contra todos en la vida cotidiana, pero sin VAR, sin reglas claras y con mucho contacto prohibido.
En nuestro país no hacía falta que empezara el Mundial de futbol para ver tácticas agresivas. Vivimos de por sí en una fase permanente de eliminatoria.
El mexicano promedio puede pasar la mañana indignado porque la Selección no tiene defensa, y por la tarde impedir que alguien se incorpore al carril porque “no es justo que se meta”. La coherencia, como el juego limpio, es opcional.
Lo curioso es que nos gusta pensar que el problema del país está arriba: los árbitros corruptos, la federación incompetente, el sistema que no funciona. El análisis es sofisticado, casi técnico. Siempre hay un responsable estructural.
Nunca somos nosotros. Nosotros apenas hacemos jugadas pequeñas. Un empujoncito aquí. Un atajo allá. Un “no te preocupes, así lo arreglamos”. “Si quieres no facturamos y ambos contentos”.
Nada que cambie el marcador. Corrupción recreativa. Corrupción amateur. Corrupción de fin de semana. Pero acumulada con disciplina de club profesional.
En México no siempre nos golea el sistema. A veces nos goleamos entre nosotros mismos.
El tráfico es el mejor ejemplo de la Copa Mundial de la convivencia. No hay equipo favorito. No hay defensa. No hay mediocampo. Hay puro juego sucio. Si alguien pone direccional para cambiarse de carril, se activa automáticamente una defensa en zona que consiste en impedirlo a toda costa. No por estrategia vial, sino por principio moral: si tú avanzas, yo pierdo.
Y así se juega aquí. No para llegar más rápido, sino para que el otro no llegue primero. El resultado es una especie de partido eterno empatado en cero… pero con todos molestos.
El servicio al cliente es otro torneo paralelo, pero sin reglas claras de competencia. Uno entra pensando que va a comprar algo y termina disputando un repechaje emocional de tres horas con operadores que siempre “van a escalar el caso”.
La compra de cualquier cosa por internet se ha convertido en una eliminatoria compleja: reseñas, contra reseñas, sospecha de fraude, verificación de identidad, confirmación por mensaje, y aun así nadie garantiza que el balón llegue al área correcta. Porque aquí la confianza es un jugador lesionado desde hace años. Y sin confianza no hay juego colectivo posible.
Nos hemos acostumbrado tanto a la desconfianza que ya ni la notamos. Se ha vuelto parte del estilo de juego. Uno no coopera, uno “se cubre”. Uno no confía, uno “se protege”. Uno no colabora, uno “se anticipa al engaño”. Y así vamos construyendo una liga donde todos juegan a no perder… aunque eso signifique no ganar jamás.
Lo más interesante es que cada Mundial soñamos con lo mismo: que México por fin juegue distinto, que haya disciplina táctica, que haya mentalidad ganadora, que haya juego limpio. Pero nadie se detiene a pensar que el problema no es solo la Selección. Es la cultura del juego.
Porque en un país donde el día a día es un partido sin reglas claras, sin árbitro confiable y con jugadores que se empujan entre sí fuera de la vista, es difícil esperar que el espectáculo internacional sea otra cosa.
Holanda no juega mejor futbol porque nació con talento divino. Juega mejor porque en su vida cotidiana no convierten cada interacción en una trampa.
Aquí, en cambio, la convivencia diaria es un entrenamiento constante de viveza. El que se adelanta gana. El que respeta pierde tiempo. El que confía es un idiota. El que se deja, paga. Y así vamos educando generaciones enteras en una lógica simple: no es mejor el que juega bien, sino el que se aprovecha más y mejor del otro.
Por eso el Mundial nos ilusiona tanto. No porque creamos que vamos a ganar. Sino porque durante un mes y fracción podemos fingir que jugamos bajo reglas que sí se respetan. Aunque sea en la pantalla. Aunque sea por ratos. Aunque sea en otro país.
Y luego se acaba el torneo. Se apaga la televisión. Y volvemos a nuestro campeonato real: el de todos contra todos, sin VAR, sin fair play y con un talento nacional profundamente desarrollado para estorbarle al de al lado.
El verdadero deporte nacional no es el futbol. Es sobrevivir al otro. Es hacerle la vida un infierno en el proceso. Y en ese torneo, lamentablemente, llevamos décadas entrenando sin descanso.



