Emmanuel Todd anticipó hace años que la decadencia de Estados Unidos no se explicaría únicamente por factores económicos o militares, sino por algo más profundo: la pérdida de su capacidad para producir ciencia, formar investigadores y sostener una élite intelectual capaz de generar innovación avanzada.
En La derrota de Occidente, Todd va más allá y advierte que la relativización de los valores comunes y la erosión de la identidad colectiva terminaron por romper el vínculo emocional entre la nación y su proyecto histórico. Una fractura que, a su juicio, no se observa en países como China o Rusia, donde el Estado ha apostado deliberadamente por construir cultura, cohesión e inversión universitaria orientada al talento estratégico.
Los datos comienzan a darle la razón. El más reciente CWTS Leiden Ranking, elaborado por el Centre for Science and Technology Studies de la Universidad de Leiden, marca un punto de inflexión en el liderazgo científico global. Por primera vez en décadas, las universidades chinas superan a las estadounidenses en indicadores clave de producción científica y visibilidad académica, medidos a partir de bibliometría y bases de datos como Web of Science.
Según el CWTS Leiden Ranking 2025, las universidades con mayor producción científica e impacto en investigación son las siguientes:
- Universidad de Zhejiang, China.
- Universidad Jiao Tong de Shanghai, China.
- Universidad de Harvard, EU.
- Universidad de Sichuan, China.
- Universidad Cent S, China.
- Universidad de Ciencia y Tecnología de Huazhong, China.
- Universidad Sun Yat-sen.
- China Universidad Xi’an Jiaotong, China.
- Universidad de Tsinghua, China.
- Universidad de Toronto, Canadá.
El descenso de instituciones emblemáticas como la Universidad de Harvard —que pasó al tercer lugar en volumen de publicaciones— no implica una caída en su calidad intrínseca, pero sí evidencia una transformación estructural del mapa académico mundial. Mientras Estados Unidos mantiene niveles elevados de investigación, su ritmo de crecimiento resulta claramente inferior frente al avance acelerado de sus pares chinos. La hegemonía científica que acompañó al liderazgo estadounidense durante la segunda mitad del siglo XX enfrenta hoy una competencia real y sostenida.
La universidad que simboliza este desplazamiento es la Universidad de Zhejiang, ubicada en Hangzhou, que encabeza actualmente la producción científica global según el Leiden Ranking 2025. Ocho de las diez instituciones con mayor volumen e impacto de investigación pertenecen hoy a China. El sudeste asiático se consolida así como un nuevo eje del poder intelectual, resultado directo de décadas de inversión estatal masiva en ciencia, tecnología y formación de investigadores.
Conviene subrayar un punto clave: el ranking de Leiden no evalúa reputación ni calidad docente, sino exclusivamente producción científica, impacto de citas y colaboración internacional. Es precisamente en ese terreno —el de la ciencia dura, medible y transferible— donde China ha logrado superar a Estados Unidos. No porque Harvard investigue menos que antes, sino porque el ecosistema científico chino crece a una velocidad que Washington no ha sabido o no ha querido igualar.
A este escenario se suma un factor político. Diversos análisis, incluido un reportaje reciente de The New York Times, advierten que los recortes al financiamiento federal durante la administración de Donald Trump debilitaron la infraestructura científica estadounidense. Menos recursos implican menos capacidad para atraer talento, sostener laboratorios, formar nuevos científicos y competir en un entorno global cada vez más exigente. Phil Baty, de Times Higher Education, ha hablado incluso de un “nuevo orden mundial” en la educación superior, en el que Occidente mantiene un lugar de vulnerabilidad frente a competidores con estrategias más coherentes y de largo plazo.
El problema de fondo no es únicamente el ranking sino la confusión de prioridades. Trump mantiene el chip de los años 50 apostando a guerras, intolerancia y poderío armamentístico, pero el poder ya no se define solo por el músculo militar, sino por la capacidad de producir conocimiento estratégico y ante eso, Estados Unidos parece atrapado en guerras absurdas mientras pierde terreno en lo esencial. Bien se dice que no se trata de trabajar mucho más sino de trabajar mejor y estratégicamente. Hoy, el verdadero campo de batalla está en la ciencia que combate el cambio climático, en la investigación que permite resistir catástrofes, en la protección frente a la guerra biológica, la guerra digital, la guerra de datos y, sobre todo, la guerra por el dominio de los cerebros.
A pesar de esto, la competitividad global ha desplazado el valor simbólico de las licenciaturas y va mudando hacia el mercado de las competencias, no tanto al de los títulos universitarios. Tener un título garantiza poco, pero a nivel país, formar talento capaz de producir investigaciones científicas que resuelvan problemas como el calentamiento global, la resiliencia ante catástrofes, e inclusive, la protección frente a las otras guerras como la guerra biológica o la guerra digital, guerra de datos e información hasta la guerra del dominio de cerebros, será en definitiva lo que defina el poder de un país. Estados Unidos se aferra a guerras absurdas mientras va perdiendo en lo principal, y México... ni siquiera figura.



