España tiene obligaciones humanitarias con todos y cada uno de los migrantes marroquíes que enfrentan la hazaña de abandonar su país. El territorio español de Ceuta ha recibido a miles de personas y la mayoría quedó varada frente al cierre de fronteras. Una escena dolorosa ilustra lo que significa dejar Marruecos. Desde lo alto de la cuesta, un militar arroja una piedra a la cabeza de un joven que, más abajo, escala para volver a su país. La imagen fija un instante y también una pregunta sobre qué debemos a quien huye.
Brian Barry, filósofo y politólogo, profesor en la Universidad de Essex, dedicó buena parte de su obra a la justicia global. Distinguió dos deberes que solemos confundir. El primero es el deber de humanidad. Lo explica con la metáfora del niño que se ahoga en un estanque. Quien pasa cerca está obligado a rescatarlo aunque su ropa quede arruinada, porque la muerte del niño sería algo muy malo. De ahí que Europa tenga una obligación hacia África, y España hacia Marruecos. Bajo esta lectura, salvar al migrante es un acto de socorro. Loable, urgente, pero revocable, sujeto a la voluntad de quien lo presta.
Barry no se detuvo ahí, y conviene no detenerse tampoco. Junto al deber de humanidad situó el deber de justicia, que tiene otra raíz y otra fuerza. Para Barry, los recursos naturales son objetos de derechos iguales. Nadie hizo mérito para poseerlos, porque nadie los creó. Contra Nozick preguntó qué virtud habría en llegar primero, o peor aún, en descender de alguien que llegó primero. Contra el principio de soberanía permanente sobre los recursos, sostuvo que lo que un país detenta por obra de sus antepasados, la conquista entre ellos, es un privilegio sin justificación. Para él la igualdad es el punto de partida, y solo un argumento válido podría apartarnos de ella.
Aquí la distinción deja de ser académica. Lo que España debe a Marruecos no se agota en el socorro al migrante que ya está varado. Hay una deuda anterior. El protectorado, el reparto colonial y la explotación de los recursos de aquel territorio configuran buena parte de la crisis que hoy empuja a miles hacia el norte. Quien empobreció una tierra no cumple con dejar caer una moneda al que huye de ella. La caridad mira hacia adelante y olvida. La justicia mira hacia atrás y reconoce.
Ceuta misma encarna la paradoja. Es un pedazo de la costa africana bajo bandera europea, sostenido precisamente por aquello que Barry impugnó: haber llegado primero, haberse quedado, haber heredado el privilegio. La frontera que un joven intenta trepar para volver a su país divide dos versiones de un mismo continente. De un lado, la promesa del socorro. Del otro, la memoria de la extracción.
Vale la pena preguntarse entonces qué clase de deber invocamos cuando hablamos de Ceuta. ¿Alivian una emergencia o saldan una cuenta? ¿La respuesta europea se mide en cupos de ayuda humanitaria o en términos de restitución? Y si aceptamos, con Barry, que los recursos de la tierra no admiten dueños por conquista, ¿qué queda del argumento que convierte una frontera en un título de propiedad?
