Sería cómico si las decisiones fallidas de Trump y su régimen no estuvieran causando ya estragos alrededor del mundo, con consecuencias que pueden incluir una depresión económica, hambrunas y hasta un conflicto que pueda escalar a una tercera guerra mundial.
Tras un nuevo rompimiento en las negociaciones para un nuevo acuerdo económico entre Canadá y EU, Trump respondió con una acción que no deja de sentar un antecedente peligroso: el renombrar el Lago Ontario a “Lago Estados Unidos de América”.
Insisto, las pataletas de Trump serían algo gracioso si no fuera porque su propia ciudadanía ya reciente el décimo año de crisis en Estados Unidos (seis de Trump y cuatro de Biden), que entre guerras, pandemia y problemas económicos, no parece ofrecer nada a la mayoría de sus ciudadanos más que apretarse más y más el cinturón y el privilegio de morir por Israel en algún peligroso frente en Asia occidental, Europa o África.
Con más de 40 billones (trillones, en el sistema que utilizan) de dólares en deuda y con la máquina de imprimir dinero siendo usada y abusada por Trump, Scott Bessent y el resto del régimen, la economía estadounidense y el otrora todopoderoso petrodólar dan muestras cada vez mayores de debilidad. ¿Han visto, por cierto, cómo le está yendo a nuestro “super peso”?
Y en medio de una situación que no cambiará para bien en, al menos, dos años y medio, ¿cuál es la única solución de Trump? Cambiarle los nombres a mares, lagos y dentro de poco quizás también al sol, a la luna, al resto de los cuerpos del sistema solar y hasta a la galaxia. Pobre mundo.
