LA POLÍTICA ES DE BRONCE
En el contexto del primer año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, puede decirse que se consolidó como un agente del cambio, como un catalizador de procesos. A estas alturas, nadie puede considerar a Trump simplemente como un ególatra, como un empresario metido a político que actúa por impulsos o improvisación. Nada de eso. Es un personaje que ejerce la política y el poder con una meta clara y, a veces, con una sinceridad brutal.
En un año, Donald Trump sacudió al neoliberalismo, inaugurando una nueva era de proteccionismo y colonialismo. Una nueva versión corregida y aumentada de: “América para los americanos”. Quitó a Nicolás Maduro del poder en Venezuela; no se contiene al presionar diplomática y económicamente a Colombia, Cuba y México. Además, es claro al declarar sus intenciones de apropiarse de Groenlandia.
Debilitó a los organismos multilaterales, particularmente a la ONU y a la OTAN, así como a los principales foros económicos. Cambió las relaciones comerciales no solo en el continente americano, sino prácticamente con todas las regiones económicas del mundo, perjudicando incluso a sus aliados históricos en el Lejano Oriente, como Japón y Corea del Sur.
Cambió el orden geopolítico al establecer un nuevo papel de Estados Unidos en su relación con Rusia, China y otras naciones con armamento nuclear.
En su primer mandato, Donald Trump tenía como lema “Primero América”; en el segundo: “Hacer a América grande otra vez”. Donald Trump ha tenido éxito en sus objetivos, al menos en el plano de la política y la retórica. Ha desplegado una política antimigrante que raya en el fascismo; no hablo de manera figurada, basta recuperar la vestimenta y actuación de los agentes migratorios en contra no solo de los inmigrantes, sino también de ciudadanos estadounidenses.
Acabó con el discurso progresista, es feroz contra el Partido Demócrata y cualquier intento de disidencia, incluso dentro del bando republicano; asimismo, no duda en arremeter contra las instituciones, los medios de comunicación, los intelectuales y las universidades que cuestionan sus políticas. Todo esto para dar respuesta a su electorado más fiel: la América profunda, blanca, clasista y racista; así como para responder y retribuir a sus principales aliados políticos y financieros.
Para Donald Trump, su equipo y sus seguidores, este primer año se ha ido como un suspiro; sin embargo, para los personajes, instituciones y naciones que han sido objeto de sus presiones, chantajes y ataques, ha parecido una década.
A partir de este momento, el factor tiempo empieza a jugar un papel mucho más relevante. Como están las cosas, a Donald Trump le quedan tres años en el poder. Parece mucho, pero para un proyecto y una personalidad como la de Trump es apenas un suspiro. Mientras que para los opositores políticos, incluidos algunos republicanos, se trata de resistir, aguantar en silencio o alzar la voz de manera prudente y estratégica.
Algunos sostienen que se debe mantener una posición constante, pública y en ascenso, no dejarle pasar una; otros consideran que lo mejor es actuar de la manera más discreta posible, ceder en todo y, como se dice de manera coloquial, patear el bote durante tres años. Ya veremos cómo la política y el tiempo se entrelazan en el extraño mundo de Trump.
Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.


