La clase política mexicana se supera a sí misma cada día. Si bien siempre se han caracterizado por el modo lujoso de vivir, la corrupción, el abuso del poder y los conflictos de interés, la actual generación de políticos parece haber rebasado cualquier límite de la ética o el pudor.

Hace unos días Samuel Garcia, gobernador de Nuevo Léon, hoy envuelto en escándalos públicos por supuestos desvíos de fondos públicos, salió, ufano y sonriente, con su camiseta de la selección mexicana, a decir que a partir del inicio del Mundial él entraría en “modo party”, en una suerte de guasa con la intención de sonar “cool” y de “caer bien” pero que trasluce un desdén por el servicio público y por su responsabilidad al frente de su estado. ¿Podrán el resto de neoleoneses ponerse “en modo party” durante un mes, dejar de trabajar y dedicarse a beber y ver los partidos del Mundial?

Sin embargo, el que sin duda descolla entre los cínicos es el impresentable senador Adán Augusto López. De nuevo, con su acostumbrada actitud altiva y dispuesto a desafiar a los reporteros, reiteró ayer que él “no da declaraciones”. En otras palabras, que no está obligado a rendir cuentas a los mexicanos en relación con la supuesta cancelación de su visa de turista para viajar a Estados Unidos.

Adán Augusto, seguro de que nada ni nadie puede tocarle, pues cuenta con la protección de los dioses del Olimpo, jamás se ha tomado la molestia de abordar el asunto sobre su enriquecimiento, sus notarías en Tabasco, sus lazos con la Barredora, el financiamiento ilegal de la campaña de Andrea Chávez, y ahora, sobre la aparente investigación en su contra en Estados Unidos.

Gerardo Ferández Noroña, por su parte, también hace de las suyas. Con sus aires de superioridad moral que no parecen convencer ya ni a propios ni a extraños, tampoco ha declarado ni dado mayor información sobre el crédito que obtuvo para adquirir su casa de más de diez millones de pesos de predio ejidal en Tepoztlán.

El descaro es indignante. Se sienten arropados por un manto protector que les excluye de cualquier obligación de rendir cuentas. Gastan como quieren. Hablan cuando les conviene. Viajan de lujo cuando y como desean (menos a Estados Unidos) mientras sus gobernados sufren las consecuencias de la violencia, del mal gobierno, de la extorsión, del crimen organizado y de la irresponsabilidad de una clase política que goza sin remordimientos de cuantiosos beneficios aportados por el poder público.