La UNAM está bajo acecho. Hordas de pensadores cercanos tanto a las derechas como a las izquierdas del espectro político aprovechan el terrible manejo de una tercera empresa para sugerir absurdos clasistas. La derecha apela a la desaparición de la UNAM y cuestiona su presupuesto, su autonomía y su dinámica de gratuidad, mientras que las izquierdas sugieren corrupción y la necesidad de que otras personas tomen decisiones dentro de la máxima casa de estudios. Los fanáticos se atreven a decir que la gente vota como vota por culpa de la UNAM y que esa escuela es autora de la Cuarta Transformación, cuando de aquellas facultades, justamente, emanan ahora los principales analistas y críticos serios.
Parte del problema es que nadie se atreve a nombrar a su sobrino aspirante, al hijo de sus amistades que hizo trampa en ese examen y en cada uno que puede, a los hijos de sus colegas que estarían dispuestos a usar la IA o internet para responder una admisión y entrar a la principal universidad pública de México. El hecho es que el origen de las personas deshonestas que se atreven a la trampa está en el hogar y en las enseñanzas de ética, en esos momentos en que a los jóvenes se les permite actuar con ventaja.
Distintos fenómenos contemporáneos tienen algo en común con el fraude que cometieron aspirantes a la UNAM cuando resolvieron sus exámenes sin honestidad, y es la urgencia de obtener una recompensa inmediata, con el mínimo esfuerzo, sin el largo tiempo que toman los procesos, esos mismos que son los verdaderos forjadores del carácter. Las liposucciones y el Ozempic ofrecen cuerpos atléticos fáciles, sin años de esfuerzo, disciplina y ejercicio. Las empresas de bots ofrecen seguidores y conversaciones sin que sea necesaria la genialidad para el crecimiento orgánico en redes sociales; esas mismas empresas ofrecen pagar por ampliar el alcance.
Están también las carillas dentales de porcelana sobrepuestas que resuelven años de malos hábitos con un blanco perfecto; la renta de vientres que permite comprar bebés sin pasar por los malestares de un embarazo; la comida de cadenas que ofrece algo basto con rapidez; los productos prefabricados que solo necesitan agua y tienen todo lo demás ya hecho. La cultura de la inmediatez premia los grandes logros en breves lapsos, pero también exige grandes soluciones rápidas a problemas profundos que no se resuelven de un plumazo con la desaparición de una institución.
La misma inmediatez que ha puesto sobre la mesa soluciones absurdas y ataques contra el rector Leonardo Lomelí Vanegas ofreció, en otros tiempos, una defensa férrea a los investigadores que publicaron libros que criticaban la reforma judicial, por ejemplo.
Hoy apelo a la coherencia y a la sensatez. Los dispuestos a engañar a todo un sistema son el verdadero problema, son los dispuestos a la corrupción, los que quieren pagar mordidas en vez de aprender el reglamento de tránsito y obedecerlo. Negarnos a mirar que el problema está en casa es hacernos los tontos ante un sistema que ha permitido el esparcimiento del cinismo como máxima del Manual del Buen Mexicano Chingón, ese que chinga antes de que se lo chinguen.
En realidad, es a la UNAM a la que debemos defender de los aspirantes fraudulentos, de los políticos que quieren matar la autonomía para apropiarse de una institución más, del clasismo que se niega a reconocer espacios que permiten la movilidad social de los que se esfuerzan. Hay que defender a la UNAM de los fanáticos, de las empresas estafadoras, del juicio superior de moralidad que cargan esos que quieren hacer de un error, un sepulcro. De ellos. De los que tienen la memoria muy corta y critican a su alma mater con la ferocidad que tan sólo tienen los perfectos en el mundo de la perfección. De los papás que creen que no deben educar a sus criaturas, pues aquello es labor de profesores, de los que no vigilan a sus adolescentes haciendo un examen, de los que les ayudan a hacer trampa. Esos que van a las escuelas a reclamar a los maestros por ser exigentes con sus nenes. De todos los que amenacen la autonomía, gratuidad y libertad en la Universidad. Pues claro…, siempre será más fácil señalar a una institución antes que fijarse en la educación y formación de la integridad en el hogar.



