“La obediencia es la coartada perfecta.”

Elias Canetti

“Los crímenes que más se repiten son los que mejor se administran.”

Michel Foucault

Lo verdaderamente perturbador del caso de Antonio Cabrera no es que hoy se pidan 29 años de cárcel.

Lo perturbador es que haya podido llegar hasta aquí sin que nadie lo detuviera antes.

Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, no fue un desliz histórico ni una anomalía moral. Fue el modelo operativo. Durante décadas abusó, drogó, manipuló y acumuló poder bajo sotanas, silencios y una obediencia convenientemente mal entendida. Cuando Joseph Ratzinger llegó al papado y la evidencia se volvió imposible de negar, Maciel fue apartado. Excomulgado. Neutralizado. Pero nunca juzgado en México. Aquí, como tantas veces, el expediente se archivó por “prudencia”.

Después vino la narrativa de siempre: la purga, la refundación, el “nunca más”. Se nos dijo que Maciel era una excepción vergonzosa, un error ya corregido. Que la orden había aprendido. Que los abusos pertenecían al pasado.

Mentira podrida.

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Antonio Cabrera no es un rezago incómodo del macielismo. Es su heredero funcional. Sacerdote formado en ese ecosistema, cercano al fundador, que no solo siguió activo tras el escándalo, sino que prosperó. Maestro de la Universidad Anáhuac. Director del Centro Anáhuac de Desarrollo Estratégico en Bioética. Referente moral. Formador de conciencias. Todo mientras, según la acusación, abusaba sexualmente de un menor durante años.

Conviene detenerse en el detalle, porque no es menor: bioética.

No es ironía. Es cinismo institucional.

Porque el verdadero escándalo no es solo el abuso. Es que nadie considerara incompatible que un presunto violador de menores dirigiera espacios dedicados a la reflexión moral. Nadie preguntó. Nadie investigó. Nadie incomodó al sistema. El sistema no falló: funcionó exactamente como fue diseñado.

La Fiscalía del Estado de México —y hay que decirlo— hizo esta vez lo que durante décadas no se quiso hacer. Detuvo a Cabrera el 12 de junio y solicitó una pena de 29 años de prisión. También pidió una reparación del daño de 152 mil pesos, una multa, una amonestación pública y “tratamiento educativo”. La desproporción es obscena: décadas de abuso y silencio frente a una reparación simbólica que no repara nada.

Cabrera tiene 68 años de edad. De ser condenado, terminaría su sentencia a los 97. La pregunta no es si la pena es excesiva. La pregunta es cuántos años decidió esperar el sistema para que el castigo llegara cuando ya no incomodara a nadie.

Porque Cabrera no actuó solo. Actuó dentro de una red perfectamente identificable:

• Una orden religiosa con historial documentado de encubrimiento.

• Una universidad privada que lo colocó en posiciones de autoridad moral.

Jerarquías eclesiásticas que prefirieron proteger el prestigio institucional.

• Autoridades civiles que durante años optaron por mirar hacia otro lado.

No fue un monstruo aislado. Fue un engrane.

Por eso, este caso no puede cerrarse con una sentencia. Si Cabrera termina en prisión —como debe ser—, el mensaje será incompleto si no se investiga a fondo a los Legionarios de Cristo, a sus estructuras educativas, a sus mecanismos de protección interna y a quienes, por acción u omisión, permitieron que la línea siguiera intacta.

Maciel abusó. Cabrera, presuntamente, también. Entre uno y otro no hay ruptura: hay continuidad.

Que nadie vuelva a hablar del “juicio en el más allá”. Los delitos se cometieron aquí. La impunidad también. Y es aquí donde deben pagarse.

Giro de la Perinola

México ocupa uno de los lugares más vergonzosos del mundo en violencia sexual infantil. También es protagonista en el consumo de pornografía infantil y en plataformas de explotación sexual digital. El problema no es exclusivo de la Iglesia, pero la Iglesia —y en particular los Legionarios—, lleva décadas perfeccionando una especialidad: confundir fe con obediencia y silencio con virtud.

Mientras eso no se rompa, la línea no desaparece. Se hereda.