Para la mayoría, las vacaciones significan descansar, pasear y pasar tiempo en familia. Pero para muchas niñas, adolescentes y mujeres de todas las edades, estos días no traen paz. Al contrario, significan pasar más tiempo con quienes las lastiman. El hogar, que debería ser el lugar donde más protegidas se sientan, se convierte en el sitio más peligroso.

Cuando no hay escuela ni trabajo, las mujeres y niñas quedan más aisladas. Ya no ven a las maestras, amigas o compañeras que podrían notar que algo anda mal o ayudarlas a pedir ayuda. El silencio se vuelve más pesado y el miedo crece. Es muy doloroso pensar que, mientras unos descansan, ellas viven días de angustia, aguantando insultos, golpes o abusos dentro de sus propias casas.

Esta realidad nos obliga a entender que la violencia no es un problema privado que se queda entre cuatro paredes. Cuando una niña o una mujer sufre en silencio, toda la sociedad pierde un poco de su humanidad. No podemos normalizar que el miedo sea parte de la rutina diaria de nadie, ni aceptar que el lugar que debería darles paz sea el que les cause daño.

No podemos mirar hacia otro lado ni pensar que la violencia descansa en vacaciones. Cuidarnos entre todos y todas significa estar atentos y atentas a los gritos, a los cambios de ánimo de la vecina, la prima o la amiga, y no dejarlas solas.

Como cada Día Naranja reflexionemos acerca de la importancia de que juntas y juntos impulsemos un cambio profundo para que cada hogar sea realmente un espacio de paz, respeto y libertad que toda mujer merece.

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Jennifer Islas. Política y conferencista.

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